Sarita Lasauria

Historia de una foto

saritalasauriaLa foto anunciada por este digital que va a publicar, uno de los pocos documentos gráficos que existen sobre mi persona, es, obvio, el producto de una intimidad tan preservada que siempre crea morbo que, más que molestar, enaldece a quien lo provoca. Cuando a una le empiezan a sacar hijos extraviados, fotos comprometedoras y turbios pasados es que una vende y esa es la servicia de la fama. Lo mismo le he contestado a una amiga de las del apartado “cuanto peor para ti mejor para ella”, que me ha llamado con esa falsa preocupación que muestran las envidiosas cuando en realidad están que no caben de gozo si se enteran que un escándalo te alcanza, un chiquitín te abandona, te echan del trabajo o te dice que te zurzan la encargada de intendencia doméstica.
A mí, que vengan con fotitos a esta altura de mi vida, como que ni fu ni fa. Aparte, quién dice que no haya sido propiamente servidora la que haya facilitado el documento. Al caso, corre por las redes sociales que en breve se va a publicar una biografía mía, no autorizada, advertencia disculpatoria que suele incluirse, a veces más grande que el título, para que la biografiada arregle cuentas con el petardeo que la rodea, mientras dispara a uno y otro lado como aquello sargentones de Hazañas Bélicas lo hacían, y que tanto nos gustaban a mi primo Merce Daria y a mi, más por el porte Sexta Flota de las soldadesca dibujada que por lo guerrero de la historia que se contaba. Y esto, querid@s, si que es un dato autobiográfico.
La foto, en cuestión, la puedo explicar sin el menor reparo, puesto que es cuando mi tía Mariquecas y servidora nos desplazamos a New York para el homenaje a Audrey Hepburn por las travestonas de Iowa. En ella aparecemos ambas, y una desconocida que decía llamarse Teresón Ford y se autoañadía hermana del actor Harrison Ford. Mi tía Mariquecas está en pose de Margarita Seisdedos con bolso respectivo, y servidora se mira la media a la que se le acaba de hacer una carrera a la entrada del famoso Studio 54. La del traje de leopardo es la supuesta hermana del actor, que recuerdo me esta recomendando, ante mi preocupación (a la que exprese lo de mi media queriendo poner gracejo al asunto y en un incipiente inglés del que ahora me sonrojo como: “Darling, of course, is more long who the Estatuary of Liberty”) un taller en Madison Avenue donde ponían puntos a las medias. Detalle por el que advertí de inmediato lo roñosas que son las famosas americanas cuando se ponen a ahorrar; pues que jamás de los jamases in the life me habría imaginado que las ricas y famosas acudiesen a talleres de zurcir panties y que esto fuese un must have en la Quinta Avenida de entonces.
Supongo, que pueden salir a la luz más fotos de la velada; pues que hasta Andy Warhol, que como siempre estaba por allí, me hizo una instantánea con su polaroid. Recuerdo que al pedírsela, un gorila que iba con él, me espetó con malas maneras que si la quería eran doscientos dólares y que si iba firmada eran mil. Ya sabemos lo pesetero que era el artista. A mi tía Mariquecas, sin embargo, se la regalo con rúbrica y dedicatoria; pero ella siempre tan racial la rompió en sus mismas narices, al considerar que aquel esperpento de la tercera edad con peluca de panocha se la quería trajinar y que ella era la novia viuda de un requeté muerto en Brunete, española, decente, virgen y digna de una copla de Quiroga, León y Quintero. Ahora, con el paso del tiempo, creo que si Mariquecas hubiese sido más amable en su “performance de sicilian mother´s of neon”, pues así la llamó un Warhol alucinado y fascinado con su look, mi tía habría triunfado como musa de la Factory y mi carrera de periodista de investigación habría sido…, digamos sin presunción, que más a la manera de un Truman Capote u Oriana Fallaci. Pero nunca se sabe. Esto es todo y por el momento no tengo más que decir.

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