Sarita Lasauria

Un cervantino hematoma en el corazón

chicoCada vez que anuncio que mi corazón, más que cardiaco, está en trocha de sentimiento y es certera brújula con norte, mis cuarenta mejores hilachas comienzan a prevenirme con insistente insidia derrotista de lo necesario que resulta hacerse de un buen chubasquero para una sentimentalidad desatada como la mía.

Al caso esta semana, tras una ausencia prolongada en este columnario, todas han comenzado su desfile procesional por mi loft, esas íntimas cuya empanada mental tengo por Denominación de Origen. Tanto es así que creí por un momento que servidora había habilitado mi intimidad para que se celebrara un congreso local de políticos del gobierno y la oposición.

Así Olivilla la de Murtas, Nené Piñeiras, Avelina la Chunguita, Beatito del Niño Jesús, mi tía Mariquecas y Niña de Puerta Oscura han querido mostrarse preocupados ante lo que manifiestan les había alarmado de mi ausencia prolongada en el blog. Esto, aparte la envidia que les provoca sea yo materia de estudio en universidad americana a la manera que lo son nuestros clásicos, era que habían apreciado que cuando una opta por el mutismo está en trance de voluntad irrevocable a enamorarme.

Obvio que no admito ingerencias en cualquiera de mis estados sentimentales, por mucho que estos estén en franco naufragio, pero menos aún cuando la nave está a punto de partir y todo es tul ilusión.

Pero lo cierto, es que a punto estoy de volver a ser Pigmaliona, madre redentora a lo Almodóvar, en Teresa de Jesús pasada de éxtasis, y apurando, y llegado el desengaño (que todo llegará), un desquicie a lo Juana la Loca paseando su dolor, tal que la otra hacía por Castilla con el cadáver de su don Felipe, pero en servidora pongamos que por los antros de la noche, si es que va quedando alguno de sublime canalleo.

Y es que hace pocas madrugadas, mientras ejercía mi trabajo de periodista de investigación sobre el botellón, decidí que estaba hasta el coño de oír a tanta pija con bolsa del super abarrotada de litronas, mientras hablaban de los have must de sus armarios y de lo super que era su supertontería, así que me decidí por entrar a un bareto de esos con neones a troche y moche y música con sabor a naftalina techno. Una vez me apontoqué en un taburete con un líquido que el camarero me aseguraba era mojito, el mismo chico se me acerco al momento con un papelillo doblado que tomé por papelina psicotrópica a un pronto, acaso intuyendo servidora que aquello era trueque por poner algo de disculpa al atropello de la presunta bebida caribeña de lo que sólo tenía el nombre. Obvio, que decliné aquello que tome por invitación a la drogadicción. No obstante, viendo que el chico insistía, hay que decir que los decibelios superaban cualquier mesura y el más alto trino de excelsa mezzo, tomé lo que me parecía papelina que resultó ser nota que me enviaba un joven desconocido que en un recado me escribía: cada pajarillo tiene su nidillo.

Ya sé que la frase suene a sinsustancia y que nadie envía semejante gilipollez, ni siquiera en cualquier rede social, pero cuando advertí quien era el remitente de tan simple nota, no atendí a razones. Y puede que aquel continente escaseara de contenido pero en palabras del propio Cervantes era jayán armado, hircino, bien dispuesto, pelinegro, macizo de cuerpo, rollizo, de buentomo, espaldudo, de pared gruesa y tronco duro. Como comprenderán quien rechaza ese texto para definir una carne, y quien rechazaría esa carne tan bellamente explicada.

De esta manera, y antes que pensaran que mi ausencia se relacionaba con declives de talento, tuve que contar a mis queridas arpías que estaba siendo otra vez abducida por Cúpido y que servidora era sansebastiana o, más bien, diana de una maquina de dardos, puesto que quien fue definido cervantinamente es campeón de ese juego. A lo cual, agriaron más si cabe su de por si gesto natural y empezaron su letanía de advertencias.

Al caso la Puerta Oscura era del criterio, siempre con esa gasa misteriosa con la que viste sus palabras quienes son candidatas a eterna adultera de copla y se quedan en clásica couturer de santidades, que lo mejor a cierta edad es que alguien te retire y que una tasca, por mucho postín que tenga, no es lugar para entrar en conocimiento con un señor serio. A lo cual mi tía añadió, en flamencona octogenaria a lo Puro Triana, que los hombres de mi corazón me llamarán siempre madrina. Beatito, arrimando el ascua a su sardina, apuntó que en los tiempos que corren nadie que se postule de genuino metrosexual va por la vida mandando notitas, y mucho menos mediando un camarero. A este aserto Nené, sin armario que lo oculte al ser propiamente el baúl donde la Celia Gámez guardaba el marabú, me advirtió que si al mirar los ojos mece y al andar se balancea no te diré que lo sea, pero sí que lo parece. Avelina, siempre en deprimida y destroyet, dijo compungida que el resultado de cualquiera de mis amores es un caudal de lágrimas capaz de arreglar cualquier plan hidrográfico. Y Olivilla, siempre en directa, concluyó el diagnóstico con un certero: para que luego digas que no somos tus mejores amigos.

Y ahora se preguntarán: ¿qué hace una mujer mundana, aunque intelectual, cuando su círculo de rústicos más íntimo se ensaña de tal manera con la materia de su líbido textual? Pues, antes que chubasquero, ponerme un new look de Dior y garbosa, con luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad acompañada, irme de ronda, aunque estas no son buenas, hacen daño, dan pena y se acaba por llorar. ¿Tienes un pañuelo, por favor…? Sí guapa, y dos. Lo ven, siempre hay un jayan armado, hircino, bien dispuesto, pelinegro, macizo de cuerpo, rollizo, de buentomo, espaldudo, de pared gruesa y tronco duro para que Lasauria siga cantando una copla con la líbido palante. ¡Ah, se me olvidaba! Mi Cervantes se llama Bubu. No les parece absolutamente un have must del Pigalle más vintage.

Be Sociable, Share!

Publicar un Comentario