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Otro verano

TheRomanspringofmrsStoneComo cada verano, en éste también las sopas frías serán el sustento principal de mis comidas y en alguna mañana, una única como suele acontecer, se me volverá a aparecer aquella pareja que vi una mañana de allá por los setenta y que me recordó a la cinematográfica de Dos en la carretera, que nada menos eran Audrey Hepburn y Albert Finney. Ese día será la banda sonora la música de esa película y, por supuesto, un visionado rápido de alguna de sus escenas. Es como un ceremonial de mi particular liturgia cinéfila y sentimental: un recordatorio de lo inexorable del tiempo, pero también de lo flexible que es nuestra memoria que tan pronto hurta o devuelve aquello que un día nos conmovió profundamente y que genera cierta voluntad enérgica revitalizadora. Por supuesto, soy consciente de lo sobrenatural del encuentro y de mis poderes visionarios en ese terreno. No olvidemos que de pequeño veía muertos en El Altillo y de aquello me queda una capacidad para adivinar las derivadas caídas de la Casa Usher.
Digamos, que el pasado verano fue vintages, con todo aquel montón de fotografías del siglo XX que algunos momentos llegó a convertirse en obsesión y otros en añoranza abstracta. También la experiencia me devolvió momentos y hasta alguna postura vital que creía perdidas, y en el espacio algunos jarrones con instalación de flores de un jardín recoleto y sábanas antiguas de hilo rescatadas de algún baúl olvidado, estudiadamente colocadas sobre los divanes más descansados de la memoria. Las hubo sobre alguno real en un amanecer de fuerte olor a salitre y nardo: en una tremenda celestía cuando las sombras interiores temblaban a la luz de velas. Era, entonces, la imagen proustiana que recobraba la memoria de cuando, perdonarme, nací en El Altillo. Fue un verano creativo con su julio de azules de poniente, el calcinado agosto con el aire colmatado de chicharras y la sombra de parrales y primer escalofríos de septiembre. Meses con el recuerdo desnudo que llama desde el desconocido umbral de tu consciencia y al abrir la puerta te lo encuentras vestido con todas esas miradas de las que pensabas que jamás volverían a tener aquella alegría que le conociste en aquellos otros veranos de nuestra vida. Pero realmente eran ellos y, aunque en fotografías, estaban otra vez sus voces en el aire.
Por el momento desconozco como se escribirá este verano de 2011, cuando uno ya es señora Stone a cualquier alzamiento de la líbido. Curiosamente la Stone (La primavera romana de la señora Stone) en su última secuencia se abandona a la suerte arrojando las llaves de su lujoso apartamento romano a un ragazzo de la vita, a un chapero mendicante de apariencia peligrosa: el único curiosamente que la ha protegido invisiblemente durante toda la película. Tiremos, pues, la llave a este verano y que suba lo que tenga que subir.
“Avanzar retrocediendo, incluyendo en ese devenir todos los sustratos del pasado”. Como si dijéramos un palimpsesto de veranos. De todos los veranos en este que avanza sobre la resaca inevitable de todos los demás.

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