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Aparece Liz, aunque no se la espere para nada

lg_sn5658Siempre estaba allí, incluso cuando no se la esperaba fascinándonos con su mirada de profundo violeta. Aparecía y desaparecía (Sabe que a veces aparecen personas que uno no se espera para nada, dice Vila-Matas), pero siempre volvía enmarcada en aquellas televisiones en blanco y negro de cuando nos interesaba Lassie. Luego la veíamos en las fotos de las revistas del colorín y nos fascinaban sus ojos violetas, sus joyas ancestrales, sus tumultuosa biografía sentimental, su modernidad entre lo kitsch y lo esplendoroso. Y siempre estaba allí como un conocido más de carne y hueso, y como a ellos la iríamos interpretando a medida que fuimos creciendo.
Una vez, incluso, se rumoreó, que había estado en Almuñécar interesada por una finca llamada La Galera y cuyo paraje se parecía sorprendentemente a aquel otro donde ella y Richard Burton interpretaron aquella película titulada Castillos en la arena. Hasta ahí podía llegar el amor y acaso la leyenda.
Antes he mencionado que a la Taylor (que familiar suena) la iríamos interpretando con el tiempo, porque, como también he dicho, siempre estaba allí y siempre como un referente por mucho que nos alejáramos de su ruido y pomposidad de cuando fue carne estelar de bombonera embutida en kilos, y nos fascinaran más entonces otros espectros que a la larga demostraron menor enjundia, osadía y encanto.
La Taylor ha sido cine, pero también parte de nuestra existencia. ¿Acaso no la vimos innumerables veces en La Gata sobre el tejado, Gigante, Un lugar en el sol, Reflejos sobre un ojo dorado, Quién teme a Virginia Woolf, De repente, el último verano? ¿No fue de Cleopatra más que la misma en aquel parlamento shakesperiano donde venía a decir “ y yo veré a algún jovenzuelo de voz chillona como hace de Cleopatra y da a mi grandeza la postura de una prostituta? Acaso la ptolomea se habría sentido halagada y envidiosa de la desenvoltura y grandeza de Liz con su apostura regia de dinastía.
Alguien me contó una vez que cuando supuestamente ella vino a Almuñécar para interesarse por esa finca se la vio embozada tras unas gafas negras y grandes, un pañuelo de cabeza puesto a la moda de los sesenta y una figura menuda embutida en unos pantalones de pitillo. Podía ser cualquiera, pero pudo ser la propia Liz buscando aquel paraje donde eternizar un Burton que se le iba de las manos en aquellos días de vino y rosas.
Fue icono de Warhol, e irremediablemente nuestro también, en un retrato que pasara a ser imagen del altar laico de nuestras plegarias. Esas que de vez en cuando nos atrapan melancólicamente al verla aparecer en un dvd que nos lleva a aquellos días del esplendor en la hierba.
Hoy quisiera ser u. gusano de luz y en los entresijos de su carne tumefacta comerme el gen de sus ojos violetas.

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Una Respuesta a “Aparece Liz, aunque no se la espere para nada”

  1. gafas de sol baratas Dice:

    mayo 23rd, 2012 a 4:45 am

    Totalmente de acuerdo, muy buen post

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