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Yo, perdonadme, nací en El Altillo (Fragmento de “Cosas que nunca sucedieron”)

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El paseo de El Altillo viene y va en estas memorias del siglo XX, porque por él van los chicos y chicas de cuando entonces, según se ve en este memorialismo fotográfico de los cien años del novecientos que aparece en costadigital.es. Ahora los chicos no van ni vienen, pues que se instalan bajo esos mármoles estatuarios y kitsch del ajardinado y le pegan a la litrona mientras oyen el hilo musical que tiene instalado el ayuntamiento en la zona, que unas veces es bacalao y otras sevillaneo como banda sonora a la crisis: una cosa del siglo XXI.

El Altillo pone escenario a la historia de Almuñécar ( a la Herradura, por ejemplo, la historia se la está dando ese paseo utópico como del sexto sentido): El Altillo es un paseo novelable por entregas, el de La Herradura es el anunció de una Parusía. Siempre en las ciudades o pueblos hay sitios como proscenio donde sus habitantes interpretan sus brillos, aunque su íntima economía sea de ruina. El Altillo es nuestra Plaza de Oriente, nuestra Gran Vía por donde va y viene la romántica resonancia del pasado. Hoy es un paseo IKEA, pero también es la consecuencia del tiempo que trabaja las ruinas para transformarlas.

Yo en ocasiones veía muertos por El Altillo. Pero es que en ocasiones veo también muchas cosas que no cuento. Los muertos es una cosa natural que aparezcan a lo espectro en Shakespeare o Zorrilla; pero los muertos de El Altillo se me aparecían más Fellini; o sea, que debo mezclar mi experiencia memorable de niño con lo cinematográfico de después y el recuerdo es una coctelería fúnebre donde me aparecen muertos a lo Amarcord.

Yo, perdonadme, nací en El Altillo y por eso de doncel me tuteaba con él y sus muertos. Los muertos de El Altillo, al menos aquellos que yo trataba, vienen del XIX, que fue un siglo que en Almuñécar tuvo mucho empaque por el natural Seijas Lozano, que fue ministro y del que se dijo fue hasta amante bandido de Isabel II, y algún que otro exiliado; pues que la fortaleza de Almuñécar y sus moros impusieron la marca de destierro a esta plaza. Almuñécar, y a lo mejor por ese carácter de olvido, es muy de transito en eso de venir y perderse apellidos; y deben ser contados, por pocos, los que quedan de la repoblación tras la llamada Reconquista, pero también se van perdiendo algunos más recientes. O sea, que en esas ocasiones en las que veía muertos, me perdía mayormente con la cosa de los nombres, pues que los había que no me eran familiares. Aparte, que El Altillo ha sido como un paseo escaparate para los alcaldes, que siempre lo han cambiado mucho de aspecto y género, y eso confundía bastante mis diálogos con el más allá.

- Usted, señora, de qué año es.
- De cuando el cólera.
- Pues va usted muy aligerada de ropa.
- Es que lo que tenemos las difuntas de eso es que nos quemaban la ropa, por el contagio mayormente.
- Y tú, niño, ¿de quién eres?
- Yo de por aquí cerca, es que se me ha perdido un coche de juguete rojo por algún arriate y no lo encuentro.
- Pero, ¿tú estas muerto?
- No, es que en ocasiones les veo a ustedes. Son cosas que me pasan.
- Ya te encontraba algo raro, pero pensaba que eras del grupo ese que hablan de una fuente con una ninfa y la sombras fresquita de los plátanos en verano.
- Esos serán muertos más recientes y servidor (decía yo en redicho) solo converso con muertos del XIX o anteriores. Pero, ¿de qué época es usted?
- Uff…, entonces, rey mío, esto era una explanada de tierra a la que llamábamos la puerta de la mar. Precisamente por esa puerta árabe que está detrás de nosotros.
- Pero si eso es una entidad bancaria.
- Eso será lo que ves, mocoso; pero las difuntas de mi época vemos lo que hay que ver, que para eso hemos visto mucho.
- Pues no sabe lo que se vio después y lo que se ve ahora
- Y tu qué sabes, si estás vivo, doncel. Cuando una está muerta se ven más cosas.

altillomoleskine4A mí que, una muerta de los tiempos del cólera, me llamase doncel me gustaba mucho. Y siempre que me tocaba la ocasión de ver un muerto árabe, judío, cristiano o del tiempo de los franceses preguntaba por aquella señora algo polvorienta en sus velos podridos. Y eso, y todo, a que a las muertas de este jaez hay que tratarlas con algo de distancia, pues que se ponen de conversación y no hay quien las pare en la defensa de aquel paisaje donde vivieron y en los recuerdos. Y es que a los difuntos les pasa mucho defender su nostalgia, su época y su cólera mortal. No son nada hegelianos en el sentido de que todo parece pasar y nada permanecer y mucho menos goethianos en aquello de que todo lo domina un ser mudadizo que en nosotros muda. Ellos, mejor que nadie, deben saber de mudanza, pues han hecho la segunda más trascendental de este mundo: la de irse para siempre. Pero a lo que importa, que la muerta de sudario ligero y polvoriento me llamaba doncel, rey mío, mocoso, y a mi se me olvidaba lo de mi coche de juguete y seguía de palique con la martinica aquella hasta que la tata, algo amoscada de temores sobrenaturales, me reprendía por mi soliloquio de niño raro. Luego en casa, mi madre y mi abuela abroncaban mi parloteo con muertos, ya que las tatas duraban lo que servidor en encontrar difunto en El Altillo con quien conversar, que solía ser a diario.

Así, fui haciéndome una fama de niño introvertido y extraño. Una leyenda de romántico y gótico, que se me quitó, o me quitaron, cuando el sexto sentido me caducó y por más que los buscaba no veía un paisano muerto por ninguna parte. Doña Manuela, que era una vecina, decía que eso les pasaba a muchos niños solitarios y que se llamaba el amigo imaginario, y que lo que necesitaba era tratarme con más niños de mi edad y con el tiempo se me pasaría. Pero siempre he sabido que no fui el primero en buscarlos, y sí ellos quienes me salieron al paso, hasta que un día, supongo se hartaron de aquel niño, he dicho redicho, y no me aparecieron más.
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Ya digo, que El Altillo me gustaba, pero, aparte por mis contactos con el más allá, por las ferias de verano, cuando a un lado y otro del bulevar central se instalaban puesto de turrón, de tiro o aquellos que escondían entre el serrín que contenían sus bateas bisutería barata similar en brillo a los tesoros de los libros de aventuras. No he entendido nunca aquello del serrín, pero alguna explicación debía tener. Y ya que los espectros me habían abandonado me entregué a indagar sobre los feriantes, cuyas vidas me parecían prodigiosa en su ir y venir entre dulcerías y joyones de La Isla del Tesoro. Pero eso, si lo cuento será otro día.

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4 Respuestas a “Yo, perdonadme, nací en El Altillo (Fragmento de “Cosas que nunca sucedieron”)”

  1. TRES PEÑONES Dice:

    diciembre 1st, 2010 a 8:42 pm

    Yo tambien, como tu .naci en el altillo; y recuerdo aún entre sueños aquellos deliciosos buñuelos de Josefa en saltados en un mimbre que hacían las delicias de mis desayunos domingueros, del silbato del sereno en las noches de invierno, él murmullo de las gentes qué salían de la última función del circo que se instalaba en la playa, el silbar del viento que entraba por las rendijas de las ventanas de madera y que hacía que no pudiera conciliar el sueño. Y aún recuerdo cuando a mi padre le pedía una y otra vez, que me leyera el cuento de Sarra y Da nauta que aún casi recito de memoria, no entiendo porque, aquel cuento me hacia conciliar el sueño.
    El altillo fue también el jardín de mi infancia y si pudiera me gustaría darle al play de la vida y volver hacia el principio.
    Pero ¿los sueños, sueños son?

  2. Asopiram Dice:

    marzo 10th, 2011 a 6:18 am

    “El Altillo 15″ años tiene, y, se olvidó de sus muertos y sus risas de amapola. Ahora bebe de la licuadora, oro que mana del cielo, en la noche faraona.

    Tiene cuerpo de mujer y es muchcho de persona. ¡Que equivocado que estaba
    cuando besó a Juanita, soñando con Pilurín! Y ahora, al cumplir sus años dice que, desde “El Altillo 15″ ve como se le van los años, sin saber ni lo que hacer…

  3. Luisa Dice:

    febrero 14th, 2012 a 9:01 pm

    Unos sueñaron, otros tuvieron pesadillas. El Paseo fueron esas dos cosas juntas…Depende delo “color” de quien lo mire y lo vivió.

  4. maria dolores Dice:

    julio 24th, 2013 a 1:53 pm

    Yo no naci en el Altillo, pero en ocasiones veo otros altillos, de pertenencia a otras gentes, gentes que solo ven lo que fue y que aunque me miran, se que no me ven. Y me gustan esos altillos, los veo a traves del papel porque por desgracia no tengo esa genialidad que tu inocencia te regalaba, supongo que algun dia dispuse de ese regalo y probablemente lo malogré con mi estupido apego a la realidad, esa realidad que no existe. Y ya ves me perdí todas esas vivencias con los muertos creyendo que hacia lo correcto. Que estupida, he perdido el tiempo entre tanto vivo, pero bueno, que se le va ha hacer, lo menos jugue a eurovision con mis amigos ( o vecinos mejor dicho) yo siempre crei que era la ganadora, y me enfadaba tanto si no lo era que mis amiguitos me votaban. Sin embargo, ahora desde la distancia, he de reconocer que Cati era la mejor, porque ella quizá cantara peor que yo, pero era única, tenia algo que la hacia especial, porque sino seria a la unica que recuerdo con vivida imagen?. La llamabamos la calurosa, porque ella era pura expresion se levantaba las faldas en cada actuacion y las ladeaba a una y otra banda arriba y abajo venga dale que…. dale. y bailaba, era chiquitita y morena. Creo que la envidiaba, porque les decia a los demas que se levantaba la falda para que la votaran, ya empezaba yo
    a perder la poca inocencia que me venia de naciomiento. y a saber como decir lo justo en el momento adecuado para conseguir algo pretendido, quiza alguien me diera de comer del arbol del bien y del mal. Pues que mala leche. pero eso ya es otra historia.

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