Moleskine

Unas fotografías de la memoria

Creemos que la cosa durará eternamente, pero todo termina por perecer, según explica la física con la entropía y en poesía Gil de Biedma que en un solo verso sintetizó a Manrique en aquello de los ríos que van a dar al mar. En mi biografía, y creo que en la de todos, hubo un momento de apetencia de eternidad. Fue allá por mi infancia donde concebí mi primera pulsión de felicidad, que es ese estado en el que más o menos queremos ser la pila esa que dura y dura y no el nirvana muerto y cansino de los orientalistas: yo en un momento pensé que la vida se estabilizaría as aeternum en el núcleo familiar más cercano, o sea mi casa, con tatas incluidas y su espacio. Ahora, también algo antes, los muebles rescatados del naufragio y, ya digo, el verso aquel del Cónsul de Sodoma me han demostrado con creces lo contrario, es decir, que “envejecer, morir, es el único argumento de la historia”. Aunque también quise ser David Copperfield, en mi primera lectura del perverso Dickens, y más tarde comprendí que de ser algo habría querido parecerme a cualquier maudit de Stendhal y a Lucien Leuwen en particular. Eso sin nombrar a todos los mitos literarios que caían entonces por mis manos. Uno ha sido, o es, muy mímesis. En definitiva, la muerte es la mímesis última.
Pero de lo que quería escribir es del momento pop de unas fotografías. La primera foto en la que me encuentro pop, en sentido estético, es en una donde aparezco vistiendo mi miopía con aquellas gafas redondas que John Lennon popularizó avanzado los años sesenta. Yo primeaba mucho con una prima o hacíamos el primo, en aquellos veranos largos de cuando los veranos eran largos y cálidos. Un día, con mi Kodak instamatic se me ocurrió que podíamos ser Blow up (luego vería yo a Antonioni en las emociones de una filmoteca y comprendí que a las puertas de la adolescencia no se puede ser trascendental, ni tan estética pasteurizada) y nos retratamos ella en plan erotismo francés y servidor en un beligerante Lennon a lo mayo del 68, pero con el sol andaluz llevándolo por montera. Para mi esas fotos son mi primer pop en incipiente psicodelia. Mas tarde mi prima se hizo bancaria y yo me hice pedante y desde entonces me cuelga una filmoteca con su correspondiente biblioteca de los huevos o del trapecio que me va quedando, pero donde todavía puede balancear a cualquier pinito del oro.
loutotalTambién descubro un momento más estético, icónicamente hablando, entonces, mediados los setenta, la foto es más maudit a la manera del pop de la época. Un Lou más que Bowie, un Warhol más que Bacon. El tiempo y la experiencia estética cambiaría las tornas, y no dejaríamos ahora un lienzo de Francis Bacon por una Marilyn de Warhol; ésta, por otra parte, muy manida en la estética de Ikea y en las decoraciones povera. Los rojos boquerones, es decir de boca, en España han pasado del Guernica de Picasso al horterismo de Warhol: una nieve caspácea incluso con el Vidal Sasoon incorporado. Claro, que también la derecha sigue en su momento León, Quiroga y Ochaita y se llama copla. La copla, por mucha reivindicación que se quiera hacer de su izquierdismo preguerracivilista, y que no viene al caso comentar en el momento pop de la glosa de unas fotografías, es un amaneramiento de los pecados ocultos de la derecha y una pasada de lirismo kitsch de lo popular. Luego se ha querido intelectualizar izquierdosamente a la manera de esa retahílas de novelas históricas que nos invade, pero María Padilla o la Lirios son de derechas de toda la vida por mucho que se les vista de frente popular republicanizadas. Lo que la copla sí ha sido en una reivindicación de lo gay y por ahí si le encuentro algo de batallona y trinchera, pero no hay que sacar los pies del tiesto. En un momento dado la copla fue pop, pero por los cardados de alguna de sus folclóricas y por el erotismo ruralón en salto de cama de Sara Montiel y alguna de sus imitadoras travestis de los setenta. Ya está bien, por el momento.
yoibiza77Luego, hay otra foto donde me encuentro más bonito que un San Luis. Ibicenco en Ibiza de los setenta. Siempre con el short vaquero y la desnudez. Siempre creyéndonos descubrir las flores del mal de Baudelaire y leyendo a Rimbaud. Siempre buscando el amor en el sexo y viceversa. Luego resultó que no era ni lo uno ni lo otro. Entonces se hacía estética de lo natural que era un ruralismo pobre pasado por el luxe y el luxury de San Antonio Abad. Cuando Ibiza era el paraíso pop. Me han preguntado muchas veces quién es Sarita Lasauria, y confieso que nunca he dicho la verdad total sobre el asunto. Allí, en Ibiza, conocí a una chica de Cuenca que impostaba acento francés y decía que se llamaba Madame Gri, que fue en realidad, si es que existió, una musa de los surrealistas. La conquense y apócrifa francesa, vestida ad lib, se paseaba con un efebo enamorado de ella al que chapeaba para mantener la economía de la pareja. Al caso, la Gri, era la primera proxeneta femenina que he conocido, luego hay otras. Más tarde la encontré en el Madrid de la movida, ya sin chapero, y vestida de cieguecita de Sorrento en punk, esto es ciega de flores del mal y trenzas en azul cobalto. Entonces me contó que se iba para New York al homenaje que unas travestis de Iowa le hacían a la Holly de Desayunos con Diamantes. Luego ha habido otras Lasaurias que eran bondadosas, pero ella fue la primera que mezclaba a Santa Hortensia, su patronímico real, con Clara Bow. Mucho más tarde, ya mucho más ajada de imaginación, avejentada de edad y pasada de psicotrópicos, la descubrí de ese cromo en un club macilento de actuaciones de travestis en el Madrid Chueca; cantaba Flor de té vestida con un desflorado traje romántico de guardarropía con olor a naftalina y maquillaje agrio. Era espantosa, más o menos como siempre, pero sin el brillo de la genialidad, de lo cual siempre te das cuenta más tarde y el tiempo hace su comparativa. Se me pegó por si la invitaba a una copa, pero le dije que no la conocía. Hay gente a la que no se puede volver a tratar, ya que nuestra memoria la desvanecerían de glorias pretéritas. Y lo pienso como ejercicio de bondad y respeto hacia ellos mismos.
bailandoenlossetentaEn la otra estampa estoy bailando con una rubia que va vestida de Courrège. Sé que es ese modisto porque lo pone en el reverso de la foto y porque recuerdo que fue un sarao veraniego que le organizamos a una burgalesa que medio arruinada quería vender los trapos de su boutique. Yo aparezco de blanco impoluto como cosa veraniega y casual de cuando entonces. Ya no bailo, ni me visto de blanco, ni le organizaría una fiesta a nadie y menos a una chiquilicuatri vestida de Courrège. O sea, que es una foto donde no me gusto y santas pascuas. De la rubia, supimos luego, que era policía en misión secreta, lo cual pone morbo a la foto pero poco más.

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