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Pasaje a Taormina (Una tarde de 1974)

IsolaBella-Taormina
Aquel día de septiembre, cuando el mar era seda de acero
y los bañistas una orla descolorida de algas en la orilla,
tocaban, en aquella tarde de plomo a medio pulir,
el corazón de la canción de Baarìa.
Mientras, en el cielo de la tarde con los trazos sicilianos de los perfiles de tu piel, se
dibujaba un arcoiris,
cincelándose como colorido tatuaje sobre aquel instante exultante de tu espalda desnuda bruñida de sol y lumbre en la hora de Hércules;
imagen, que por no repetirse, para siempre será de los relojes desconchados y ayunos de movimiento,
sin cualquier hospital que les devuelva el pulso de caracol:
un desolado objeto en el desván donde un niño del futuro
descubrirá su arco desteñido, a la manera de esas miradas de una fotografía vieja
que han sido seriamente decapitadas del color en su segundo universal para ser siempre rehén del recuerdo.

¡Ay!… esta tarde de septiembre, donde la probeta, el compás y el astrolabio han sentido el milagro de acompasar sus pulsos en el alambique de dos cuerpos, sin las leyes de los libros, ni amojamados sermones, derrochando vida sin cumplimentar a la genética y su herencia.
Fue cuando se volvieron locos y salvajes los principios universales y su exacta máquina.
Y mientras, un señor pintado por Miguel Ángel se escapó de la Sixtina, y de sus estrictos abalorios en morado y cera en los altares de las iglesias
volando con pluma de plata por las bóvedas y los campanarios.
Pero, suele suceder con mucha frecuencia, vinieron jueces y guardas a planchar los arrugados lienzos de lino, alisar las tormentas sobre las dunas de las almohadas y limpiar los besos inquietos que delataba el aire, y que hasta entonces no fueron sucios.
Y ya ves que nos volvieron a ser orden y regla y rima, rigor de los números, carne sacramentada y poco más. Fuimos los expulsados del paraíso.

¿Y dónde aquella tarde, aquellos cuerpos sicilianos ungidos de lluvia, salitre, música y vino?
Están en el calendario de los silencios, dentro de un desván olvidándose entre los cachivaches y poniendo ranciedad a aquellas horas en que Sicilia nos emborrachó del vino espeso con el olor y sabor de una tarde en Taormina.
Ya sabes, Baarìa, rehenes de la nostalgia.

Cesarión Stuart

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