Juzguen ustedes mismos

loshuesosdedescartesPor la tarde me gusta sentarme a leer en la terraza. La cubre ya la sombra y salvo en días muy tórridos, siempre corre algo de brisa. Ayer estuve leyendo en esa terraza hasta bien entrada la noche. Quería ver el remate, la conclusión, de un libro excelente que había empezado a leer días atrás. Los huesos de Descartes de Russell Shorto. Esa misma mañana había visto en el Librillo de apuntes de Ramón Buenaventura que él también lo estaba leyendo y que había buscado otros textos de Shorto en Internet. Para Buenaventura, como para mí, era un autor desconocido.

Los huesos de Descartes es un libro estructurado en torno a dos relatos paralelos. De una parte, la inverosímil historia de los restos mortales del filósofo francés, en especial de su cráneo. De otra parte, indaga en el pensamiento del cartesianismo. Su origen, su evolución, y cuánto de Descartes pervive hoy en día en la sociedad y en nosotros mismos. De ahí el subtítulo que Russell Shorto pone a su obra: ‘Una aventura histórica (la del cráneo de Descartes) que ilustra el eterno debate entre fe y razón’ (la esencia del cartesianismo).

La peripecia del cráneo del filósofo la usa el autor como metáfora de la pervivencia y la importancia del cartesianismo todavía hoy. Los restos de Descartes, el cuerpo, se perdió probablemente en los avatares de la Revolución francesa, pero el cráneo, metáfora icónica del pensamiento, se conserva en el Museo de las Ciencias de París. Sobre el hueso superior se talló un poema en latín y a los lados del cráneo aparecen las firmas de algunos de los propietarios de la reliquia. Toda una historia detectivesca de la que se sirve Shorto para irnos contando, en otro plano del relato, la evolución del cartesianismo, como ya dijimos.

Pero un día cualquiera, en su simplicidad rutinaria, está lleno de muchos acontecimientos en los que, afortunadamente, apenas reparamos. A veces se cruzan algunas situaciones que parecen preparadas con intención y son, sin embargo, producto del azar. En un descanso de la lectura vi una película sobre el famoso extraterrestre de Roswell. Sí, aquel hombrecillo de lejanas galaxias y ojos grandes y asustados, cuya vivisección fue televisada en medio mundo a mediados de los noventa. Javier Sierra, nuestro documentado narrador de lo esotérico, fue uno de los defensores acérrimos de la veracidad del descubrimiento. En realidad, cuenta la película, se trataba de un maniquí relleno de frambuesa, sangre de pollo y tripas de cordero, hecho por un figurinista londinense jubilado.

Cuando volví a la terraza para terminar la lectura del libro de Shorto, pensaba en esos dos cuerpos, el de Descartes y la fascinante historia contada por Shorto, y en la patraña del maniquí que dio, y da, de comer a tanto falsificador.

Dos ventanas para ver el mundo, pensaba. Una nos lleva a la búsqueda de la verdad y al placer del pensamiento; la otra a la mentira descarada que cada fin de semana vende Iker Jiménez, ‘el asombrao’, desde el reclamo de una televisión que se dice progresista y se pretende veraz y objetiva.

Como le gusta decir al ‘asombrao’: ‘Juzguen ustedes mismos’.

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