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Los charlatanes

charlatanLos de mi infancia abrían su carromato a la entrada del mercado, junto a la fuente, y la mañana era una fiesta y todos acudíamos a ver y oír al charlatán. Nos fascinaba, creo yo, su habilidad para exhibir, con una sola mano un abanico de artefactos polivalentes e inverosímiles mientras con la otra sostenía el micrófono protegido por un pañuelo blanco y muy pegado a los labios. Detrás de él una mujer o un niño, con precisión de ayudante de prestidigitador, sacaba de los embalajes los utensilios que el charlatán empezaba a ponderar. El jadeo al hablar, el ritmo acelerado de la respiración, convertía la descripción del pelapatatas en un hecho esotérico.

Los rasgos definidores del charlatán eran la acumulación y una retórica propia. Al exprimidor (manual, claro), para toda clase de frutas que sostenía entre los dedos de una de sus manos, se añadían una navaja sacacorchos, unos mondadientes de plástico, lavables, en forma de espadas multicolores, un pelador de pepinos y tomates, un rallador de cualquier cosa menos hierro y… un peine. Siempre un peine. ‘Y además, decía el charlatán, a la señora se le obsequia con un magnífico peine de auténtica concha de tortuga de carey’ y mientras, con una genuflexión exagerada, entregaba el menaje de cocina a la agraciada y con la mano del micrófono recogía, discretamente, las monedas de la transacción.

Charlatán no era una palabra despectiva, era un oficio. Ya no existe. No hay oficio de charlatán ambulante. Pero han vuelto otros charlatanes con menos gracia, con menos arte, y desde luego mucho más embusteros. Véase el estupendo blog El retorno de los charlatanes.

Los charlatanes insulsos de ahora venden en la radio, sin dar la cara, sin capacidad de prestidigitación acumuladora alguna y sin retórica. Los dos que oía esta mañana en la radio venden unas piedras semipreciosas que, dicen ellos, eliges una de estas piedras multicolores según la dolencia del día, la colocamos en una pulsera y adiós dolores, desde los del alma hasta el reúma. Los charlatanes de ahora, sin gracia alguna, apoyan la estafa con el aval de prestigiosas universidades norteamericanas, dicen ellos, pero jamás dicen cuáles, y con documentados estudios científicos del eminente profesor hindú Ka Cha-trán, que en realidad de llama Pepe Pérez y comparte piso e investigación con otros esotéricos en las Ramblas.

Unos insulsos, ya les digo.

El glamour de Bibiana

Iba a escribir sobre la última gracia de la ministra Aído, no digo cuál, no sea que antes de publicar esta entrada en el blog, ya haya dicho otra, y acabo hablando de glamour.

Les cuento por qué. El debut lingüístico de la joven ministra, su primer traspié, fue aquello de las ‘miembras’, quizá emulando a otra ilustre del partido, Carmen Romero, esta sí, filóloga, con aquello de las ‘jóvenas’. Los problemas del género lingüístico y los complejos de ahora dan para mucho. El abuso de sustantivos abstractos, como ‘ciudadanía’ (hombres y mujeres, jubilados y niños), o algunos más horrorosos aún, como ‘colectivo’ que es como llaman a los autobuses en algunos países de habla hispana. ¿Y por qué no hablar de personas que es lo más sencillo y lo más próximo? Pero no vamos a tratar ahora del género y su confusa utilización gramatical.

La palabra ‘glamour’ procede precisamente de ‘grammatica’ que es como se llamaba al arte de escribir correctamente. ‘Gramma’, ‘letra’, y ‘tekné’, ‘técnica, arte’. Apareció en Escocia a principios del siglo XVIII con el significado de ‘magia, hechizo’. Luego la haría popular Walter Scott en sus novelas. En ellas la palabra ‘glamour’ aparece asociada a uno de los significados que tuvo en la Edad Media, el de persona experta en ciencias ocultas (¿no tienen bastante con las ciencias visibles?), por estar incluidas en los estudios de la Gramática, la astrología y la magia. Pero en su origen, el ‘glamour’ era más distinción lingüística que de atuendo o belleza.

En el mismo siglo XVIII, el doctor Samuel Johnson llamó a estos estudiosos de lo oculto ‘grammaticaster’, con el significado de ‘pedante’, ‘gramaticastro’. Antes de su significado actual, ‘glamour’ fue en Norteamérica, a mediados del siglo XIX, un grado intermedio entre la escuela primaria y la secundaria.

Con el significado actual de ‘encanto sensual que fascina’, eso dice el DRAE, se empieza a utilizar a finales del siglo XIX. En la próxima edición del Diccionario de la Academia aparecerá glamour, que no figura en las ediciones anteriores en papel. La Academia señala que la palabra llega a nuestra lengua a través del francés, e indica su procedencia del inglés.

De esta manera, el último dicho de la ministra me llevó al primero, que era una elucubración gramatical, y la gramática trajo el glamour. Suceden estas cosas algunas mañanas.

José María Romera dedica algunas palabras al empacho de lo ‘glamouroso’ en estos días, en su blog: http://romera.blogspot.com

Las metáforas del cuerpo

capitular

El lenguaje, la vida, está lleno de metáforas. Nuestro cuerpo también, aunque hayamos perdido la memoria de ese origen y su significado primero.

Muchas de las partes de nuestro cuerpo deben su nombre a comparaciones externas, a referencias con otras realidades. La cabeza fue en su origen un ‘copete’, un ‘penacho’ con el que la cubríamos o adornábamos. Kapúchala parece que fue en sánscrito el nombre de esa protección o adorno para la cabeza.

La relación entre ‘cabeza’ y algunas palabras que provienen de ella, bien mediante cultismo, ‘capital’, ‘capitel’, ‘capítulo’ o a través de derivación, ‘caudal’, ‘caudillo’, ‘cabildo’ es evidente. Un ‘capítulo’ era la letra o adorno con que se marcaba el comienzo de cada una de las partes de un libro, y el ‘cabildo’ era la reunión de monjes o canónigos para escuchar la lectura de un libro o una parte, ‘capítulo’, del mismo. En otras es también visible esta relación aunque sea en otra lengua, ‘capicúa’, ‘cap i cua’, ‘cabeza y cola’ en catalán.

Pero en otras ocasiones la semejanza de significados puede no resultar tan obvia. Así, ‘cabal’ es ‘lo que está completo’ de pies a cabeza, y ‘cabotaje’ es navegar sin perder de vista los cabos o salientes de la costa. De la misma manera que ‘acabar’ es terminar algo hasta su fin (ad caput). Y ‘capitán’ o ‘capataz’ los que están al frente, a la cabeza.

Cadete’, a través del francés cadet también tiene que ver con cabeza, cap det, ‘joven noble que servía como voluntario’. ‘Capricho’, a través del italiano capo ricio, es lo que por su fealdad o despropósito nos pone ‘el pelo de punta’ y se aplicó en su origen al mundo del arte. Así lo usó Goya.

En otras palabras, la huella de ‘cabeza’ está algo más escondida. El ‘bacalao’ quizá se llamé así por la palabra del gascón cabilhau y el ‘occipucio’ es lo que está ‘detrás de la cabeza’ (ob caput), como el ‘precipicio’ es donde caemos de cabeza (prae caput). Un ‘bíceps’ es un músculo con ‘dos cabezas’.

Un cuerpo lleno de metáforas.

El origen

corominasLa manera en que los diccionarios se han ido colocando en ese estante de mi izquierda, no es consecuencia de una decisión previa, sino de una manera, unas costumbres, a la hora de trabajar.

Cuando busco información sobre cómo van cambiando las palabras, en sus formas y en lo que empezaron significando y lo que son ahora, comienzo siempre por el diccionario de Corominas. La primera vez que oí ese nombre fue en un viaje. Un amigo habló de la enorme tarea que suponía hacer un diccionario de esa envergadura para un hombre solo. Ni siquiera la Academia, decía él, se había atrevido a hacerlo. Y es verdad. Los seis tomos del Diccionario crítico-etimológico de Corominas sigue siendo el diccionario etimológico del español. Sorprende en este diccionario no sólo el rastreo del origen de las palabras, sino la exhaustiva documentación sobre sus cambios y variedades en distintas lenguas románicas. El conocimiento de cuantos artículos y filólogos se han ocupado de esa misma palabra.

Por eso el Corominas ocupa el primer lugar en ese estante. Si la palabra procede del latín, cosa que ocurre con el setenta por ciento de las nuestras, busco información sobre ella en el Serrano Munguía, un diccionario de latín ordenado por campos léxicos.

Un campo léxico nos ofrece siempre una sutil red de relaciones imprevistas. Pondus llamaban los romanos a las pesas de la balanza. De ese trozo de metal deriva una amplia familia de palabras. Desde ‘pensar’, que es pesar sosegadamente nuestras ideas, hasta ‘compendio’ que es lo que ahorramos, y lo contrario de ‘dispendio’, lo que malgastamos.

Hay muchas más palabras que tienen su origen en esa pieza de metal romana: pondus. Y ése es casi siempre el descubrimiento de un campo léxico.

La última consulta en esta aproximación inicial a la palabra es un diccionario de etimologías indoeuropeas. Yo manejo el de Edward A. Roberts y B. Pastor. Y en él aparecen relacionados con ese pondus original, la ‘pensión’ que fue ‘cantidad pesada en dinero’ o el ‘apéndice’ (‘ad pendo’) ‘que cuelga junto a’, o ‘despensa’, ‘provisión de comestibles’.

Siguen a este diccionario los clásicos: Covarrubias, Autoridades y las ‘Etimologías’ de Isidoro de Sevilla.

Los diccionarios

perezdeayalaEn cierta ocasión escuché decir a una persona que él no consultaba el diccionario casi nunca. No entendí, al principio, que pudiera haber cierta jactancia cultural en semejante afirmación. Por eso le pregunté, y me contestó que no le hacía falta.

Lo que supuse que quería decir aquel abstemio del diccionario, es que en líneas generales, en sus lecturas, en sus conversaciones, rara vez se encontraba con palabras cuyo significado desconociera o que no pudiera deducir con mayor o menor precisión, por el contexto. Puede ser, pero…

Por el contrario, tuve un amigo y compañero de trabajo, era profesor de inglés, y si en el otro mundo hay diccionarios, él tendrá el mejor, al que siempre que entraba yo en la sala lo veía sentado frente al voluminoso ejemplar del Collins y algún que otro diccionario. Algunas veces hablamos de nuestra común afición a los diccionarios y del viejo Samuel Johnson que casi ciego, agobiado por las deudas y enfermo, escribió, por encargo, allá en el siglo XVIII, el primer diccionario canónico de la lengua inglesa: el Johnson. Una obra monumental para un hombre solo.

Los dos comportamientos, el del abstemio del diccionario, y el de quien invertía sus ratos libres, los huecos entre clases, para hojear diccionarios, nos remiten a las dos actitudes y aprecios que podemos tener hacia estos libros. Concebidos como una herramienta que sólo hay que utilizar en casos de avería, o como una representación del mundo y sus transformaciones.

Ramón Pérez de Ayala, el interesante novelista asturiano cuya obra editó Andrés Amorós, enriqueciéndola con notas sobre personajes y sucesos de la época, tiene entre sus novelas una muy curiosa. Por cierto, la mejor obra de Pérez de Ayala, quizá sea un librito breve, Tres novelas poemáticas de la vida española. José Luis Garci hizo recientemente una versión muy visual y con una estupenda recreación de escenarios de uno de esos relatos, Luz del domingo.

Pero el libro a que me refiero ahora se llama Belarmino y Apolonio. En la novela se nos cuentan las disquisiones patafísicas de esos dos buenos colegas. Uno es filósofo, el otro, zapatero. Un día acuerdan llamar a la realidad, al mundo, el diccionario, y al diccionario, el universo. Y así se entablan diálogos como los siguientes: ‘¿Y cómo anda hoy el diccionario?, pregunta Apolonio. ‘Revuelto’, contesta Belarmino. O: ‘Acércame el universo, por favor’.

La semana que viene hablaremos de algunos de esos diccionarios (universos), que miro ahí, en el estante de enfrente, al alcance de la mano.

Sisa

lord-raglanDetenerse a mirar las palabras es casi siempre un ejercicio de sorpresas. El otro día veíamos la relación, a primera vista improbable, entre un ‘presidiario’ y un ‘presidente’. Pero las dos tienen, como vimos, un mismo origen y compartieron un significado común, ‘estar sentado al frente’ (prae-sedere).

Sisa’, dice Corominas en su imprescindible Diccionario, puede ser tres cosas. ‘Impuesto que se cobraba sobre géneros comestibles acortando las medidas’. La costumbre, luego ley, pasó de la Corona de Aragón a las Cortes de Castilla donde fue adoptada a finales del siglo XIII. Este impuesto de la ‘sisa’ estuvo vigente en España hasta 1845.

También ‘sisa’ es, dice Corominas, parte que se defrauda al dueño al hacer una compra por cuenta de éste’. De la ‘sisa’ de pan o de carne, la palabra pasó al vestido: ‘Corte que se le hace a la tela para que ajuste mejor una prenda de vestir’. Las tres acepciones proceden de la misma palabra, la francesa assise, ‘impuesto’, y ésta del latín ad-sessum, ‘estar sentado al lado de alguien’. Que eso es también un ‘asesor’, aunque ahora te atienda por internet o a través del móvil.

Fitzroy James Henry Somerset Raglan perdió el brazo derecho en la batalla de Waterloo, donde fue ayudante de campo de Wellington. Años después dirigió la desastrosa guerra que británicos y franceses sostuvieron contra los rusos en Crimea (1854). Se le acusa de ser el responsable, aunque no único, de la derrota de Balaklava. Por ninguno de estos dos hechos de armas ha pasado a la historia. Su nombre va asociado a un tipo de ‘sisa’. La manga raglan. Para disimular la falta del brazo, su sastre ideó una manga que arrancara desde el cuello de la prenda, no desde el hombro. Y así la manga ranglan fue una moda y el nombre del general inglés recordado.

Sosegar’ (*sessicare) es ‘hacer sentarse a alguien para que descanse’, y una ‘obsesión’ es algo que se sienta en nuestra cabeza, que está siempre delante de nosotros (ob-sideo).

Arreglar, ordenar, limpiar el lugar donde uno vive, su sede, se decía en latín vulgar *assedeare. De ahí pasó a la limpieza personal, ‘asearse’.

El ‘deseo’, y la ‘desidia’ también tienen que ver con estar sentados e inactivos pues se consideraba a la ociosidad como la madre de todos los vicios, especialmente los de la carne.

Ya lo advirtió Catulo:

El ocio, Catulo, te perjudica,
por el ocio te exaltas y en exceso te excitas.
El ocio, antes que a ti, arruinó a reyes
y ciudades felices.

Clásicos en la tele

Fotografía de Luis Magán en elpais.com

Veía un avance televisivo sobre la última película de vampiros. La sueca Déjame entrar. De pronto oigo que una muchacha le dice a un niño: ‘Debo irme y vivir o quedarme y morir’. Y pensé en la manera en que una frase trasciende el momento para el que fue escrita. La dice Romeo cuando, después de toda la noche hablando con Julieta, ve que empieza a amanecer. ‘Debo irme y vivir o quedarme y morir’. La frase se sitúa en el peligro que corre Romeo si es descubierto en casa de Julieta. Pero yo no recordaba las palabras por el texto de Shakespeare sino por alguno de los libros de Juan Gil-Albert, el sutil y finísimo ensayista y poeta, epígono de la generación del 27. La escribió desterrado en Méjico y la dotó de un sentido nuevo que no tenía en Romeo y Julieta. De todas maneras, Shakespeare da también a la frase un sentido de trascendencia, de fatalidad, que los amantes desconocen. Aquella será, sin saberlo ellos, su despedida y Romeo se irá para morir.

En ese mismo día, por la noche, Iñaki Gabilondo entrevista a su hermano Ángel, el flamante ministro de Educación. Iñaki Gabilondo le dice a su hermano que él siempre habla de usted a sus entrevistados, pero que en esta situación no sabe qué hacer. Su hermano, obviamente, le pide que le hable de tú.

Y recordé, sorprendido de la insistencia de los clásicos en la tele ese día, otra cuestión de protocolo romana. La cuenta Aulo Gelio en sus Noches Áticas. ¡Qué pena que nos hayan dejado esa imagen de los clásicos como libros intocables, incomprensibles y aburridos! Esto dice Aulo Gelio: ‘Reglas y normas que han de observarse entre padres e hijos al sentarse, al recostarse en un banquete y en otras ocasiones similares dentro y fuera de casa, cuando los hijos ostentan cargos oficiales y los padres son simples privados; disertación al respecto del filósofo Tauro y ejemplo tomado de la historia de Roma’.

Y cuenta como el gobernador de la provincia de Creta viaja en compañía de su padre a Atenas para conocer al filósofo Calvisio Tauro. Sucedían estas cosas, impensables ahora. Llegados a la casa del filósofo, lo encontraron sentado tranquilamente a la puerta de su alcoba y hablando con unos amigos. Tras saludar al gobernador – o procónsul según dice Tácito, que recoge la misma situación -, un criado ofreció la única silla disponible mientras iba a por otra. Pero, ¿quién debía sentarse en ella, el padre por edad y respeto, o el hijo por jerarquía y rango? Tauro, el filósofo, tuvo claro que debía ser el padre quien ocupara la silla, pues aquella, dijo, era una reunión de amigos y no un acto oficial. Lo mismo que decidió Iñaki Gabilondo con su hermano Ángel en lo referente al tuteo.

La tele se había puesto clásica aquel día.

Presidio

carcelLas tierras cercanas al mar, oasis ahora de soles y palmeras, siempre fueron un lugar inseguro para vivir. A las amenazas de la piratería se unía la insalubridad de las charcas, la despoblación continua y el aislamiento. Las personas se escapaban en cuanto podían y adonde podían. Los moriscos, al norte de Marruecos, la ‘huida allende’ se llamaba esa fuga. Por eso se solía animar a los repobladores de estas zonas con exenciones fiscales y se protegían las costas con torres de vigilancia y guarniciones de presidio.

Y fue esta última palabra, ‘presidio’, la que me llevó a recordar curiosas asociaciones de palabras cuyo origen es el mismo y cuyos significados acaban distanciándose tanto con el tiempo que es difícil suponer en ellas una familia común. Así, ‘presidio’ no tiene nada que ver en su origen con cárcel y sí con palabras tan distantes ahora por sus significados como ‘enseres’, o ‘sisa‘, ‘asesor’ o ‘deseo’.

Todas ellas proceden del verbo latino sedere, ‘estar sentado’. De este verbo derivan algunas palabras cuya relación con el significado primitivo (‘estar sentado’) es más o menos evidente. Así ocurre con ‘sede’, ‘sedentario’, ‘sedimento’, ‘asiento’ y algunas otras. Pero son más las palabras que derivan del mismo verbo (‘sedere’), cuyos significados aparecen muy diferentes del original.

Nuestro verbo ‘ser’ no procede del latín sum, ‘yo soy’, sino de sedere (se-d-er), ‘estar sentado’.

En los inventarios de herencia o testamento solía diferenciarse entre los objetos que estaban presentes a la hora de confeccionarse el listado, de aquellos otros que habían desaparecido por venta, pérdida, etc. ‘Estar en ser’ o ‘tener en ser’ se refería a los objetos presentes. Al sustantivar la frase, ‘estar en ser’ o ‘tener en ser’ se convirtió en ‘enseres’.

Si al verbo sedere le anteponemos algunas preposiciones como de-, dis-, in-…, se multiplican los significados a la vez que se distancian unos de otros.

Y eso es lo que ocurre con ‘presidio’ (prae- sedere), ‘sentarse delante’, que en su origen era lo que ponemos delante para protegernos, una fortaleza con soldados que la defiendan. Como los soldados se resistían a ir a estos lugares de peligro, se empezó a enviar a reos que conmutaban la condena por años de servicio en estas plazas fuertes o presidios. Y entonces ocurrió el cambio de significado. Esto sucedió a principios del siglo XIX. Todavía la edición del Diccionario de la RAE de 1791 no recoge la acepción actual de la palabra, pero en la edición siguiente, de 1803, sólo aparece este significado; ‘plaza o lugar destinado para castigo de los delincuentes’.

Diarios personales

escribirLeo estos días un libro sobre la Alemania nazi. Me interesó porque se documenta en diarios personales de aquellos años. Entre ellos los de Víctor Klemperer, primo del director de orquesta Otto Klemperer, uno de los análisis más penetrantes de aquella época.

Me gusta leer libros de memorias y diarios personales. Creo que era Marcel Proust quien decía que a veces un pequeño detalle nos dice más acerca de cómo es una persona que toda su obra literaria. Los diarios, los libros de memorias, suelen ser ricos en esta clase de detalles. Las cartas de Byron a sus amigos de Londres pidiendo que le envíen grandes cantidades de magnesia carbónica para sus estrictas dietas de adelgazamiento.

Algunos diarios nos sorprenden por su capacidad de comprensión del ser humano. Los de Ernst Jünger sobre la Primera Guerra Mundial (‘Tempestades de acero’) y sobre la Segunda (‘Radiaciones’). Recuerdo su paseo nocturno por un París bajo el toque de queda. La extrañeza del pájaro en una ciudad enjaulada. Resultan aburridas las disquisiciones reiteradas sobre sus sueños.

Otros diarios decepcionan porque no encuentras en ellos la grandeza que esperabas. Los de Tolstoy que no fui capaz de terminar. Los de Zenobia Camprubí, una mujer admirable en todo, incluida su altura intelectual, son demasiado domésticos; otros, como los ya mencionados de Tolstoy, demasiado comunes y llenos de propósitos, arrepentimientos y reproches: el juego y las mujeres, sus dos grandes flaquezas.

También los hay falsos, como los esperados de Goebbels, un tostón que parece escrito desde un atril. Mucho más interesantes las ‘Table talks’ (‘Conversaciones de sobremesa’) de Hitler recogidas por Hug Trevor-Roper. Solía, el genocida, charlar amablemente con sus íntimos y algunas de sus secretarias, por las noches, después de una frugal cena. Se pavoneaba de sus conocimientos y opinaba sobre todo. Desde el antisemitismo más atroz hasta sus observaciones sobre la certidumbre de la ciencia. Stalin tenía esa misma costumbre de las charlas de sobremesa en el Kremlin pero eran mucho más ruidosas y llenas de vodka.

Hay diarios de relectura porque siempre encuentras en ellos una mirada única, una observación sobre la realidad que te suena a confidencia compartida con el autor. Así son los de César Simón, por ejemplo. En un mismo párrafo la voracidad de la vida se detiene para describir la sutileza de la luz en un instante único.

Muchas de estas aportaciones personales, referencias a lecturas o personajes, se acaban convirtiendo en fuentes de información sobre una época. Las ‘Noches áticas’ de Aulo Gelio serían un ejemplo de esta modalidad del diario. Una más de las muchas que encierran en su mundo íntimo y sorprendente.

Las manos

mano-fractalLas manos aparecen en muchas palabras. Por ejemplo, en mantener. Uno de sus lexemas: MANU + TENERE, ‘tener a alguien o algo en nuestra mano’, ‘mantener’. Pero el cromosoma aparece en manu-tención.

Y es que mano pertenece a una amplia y variada familia. Comparte el cromosoma ‘man-‘ con palabras relacionadas con ‘lo que cabe en una mano’, manada, que es también un puñado de tierra o cereal. Ése es su primer significado. Luego presentaría conjuntos más amplios: ‘hato de animales’, incluso ‘conjunto de gente’, con uso despectivo.

También se emparenta con manejar, ‘llevar bien un asunto’ y de ahí ‘llevar bien un caballo’ y luego un coche de caballos y más tarde ‘conducir’ en Hispanoamérica. Los romanos llamaban MANNULUS al caballo poney porque era pequeño y fácil de manejar
.
Con las manos se pueden hacer muchas cosas. Michel de Montaigne lo describió con precisa belleza:

¿Y qué me decís de las manos? Con ellas pedimos, prometemos, llamamos, despedimos, amenazamos, suplicamos, negamos, rechazamos, preguntamos, admiramos, enumeramos, confesamos, nos arrepentimos, tememos, nos avergonzamos, dudamos, informamos, ordenamos, incitamos, animamos, lloramos, atestiguamos, acusamos, absolvemos, injuriamos, despreciamos, desafiamos, nos enojamos, halagamos, aplaudimos, bendecimos, humillamos, nos burlamos, nos reconciliamos, aconsejamos, pensamos, exaltamos, celebramos, nos regocijamos, compadecemos, nos entristecemos, nos desanimamos, nos desesperamos, nos asombramos, nos escandalizamos, callamos. No hay movimiento que no hable un lenguaje inteligible.

Todavía vemos en las farmacias al mancebo o ‘encargado’, que en la antigua Roma era un esclavo, (MANU CEPO). El femenino, manceba lo define el Diccionario de la Academia como concubina en una muestra más de sexismo lingüístico. Lo contrario de mancebo era emancipar (EX MANU CAPERE), ‘liberar’. Mansos son todos aquellos que ‘se han acostumbrado a la mano’ (MANUS SUESCERE). Entre ellos la raza de perros mastín, (MANSUETINUS) ‘doméstico’.

Según nuestras manos podemos ser clasificados como manialbo, maniblanco, manicorto, manigordo, manilargo. Y si somos manirrotos acabaremos manivacíos. También cuando nos cansamos de un abuso o de una situación injusta enseñamos nuestros puños al poder, (MANU FESTARE), y nos manifestamos.

Un manípulo era cada una de las treinta unidades de las que consta una legión romana. Y manipular es hoy en día tanto ‘preparar los alimentos’ como ‘adulterar las ideas’. Los manuales se llaman así porque eran ‘manejables’, y entregamos el cuidado de nuestras manos al manicuro o manicurista, como se dice en Cuba y en España. Maniobra y manufactura son el resultado de las manos del ser humano.

Mañas y maneras tienen que ver con mano. Sin embargo un manómetro no mide el peso o el tamaño de la mano, sino ‘lo poco denso’. Del griego manós. Los manteles solían ser de cuero y se usaban para limpiarse las manos. Algunos todavía no han olvidado este viejo uso.

Pero mano es también una palabra iluminada por la metáfora. Por eso sus significados son muchos. Tenemos buena o mala mano y nos preocupan las personas con manos de mantequilla porque ‘dejan caer las cosas con frecuencia’. Describen con rotundidad una reflexión ética: tenemos las manos limpias o sucias. En la Edad Media el vasallo besaba la mano de su señor en señal de sumisión. Este gesto pasó al amor ‘cortés’ y se impuso el besamano a las señoras.

Sería muy largo expresar todas las acepciones y frases hechas en las que interviene esta palabra. Pero no queremos que al lector se le caiga este artículo de las manos. Así que ya es hora de dar de mano.