Todos los artículos de: Tomás Hernandez

El pensamiento circular

castelao

Mi amigo Paulino Álvarez, orensano de pro, anda muy disgustado con las declaraciones de Rosa Díez sobre la galleguidad intelectual de Zapatero. Al preguntarle a la política para que diera una opinión breve y rápida del Presidente, dijo que si no fuera leonés, sería gallego, refiriéndose al parecer a ese tópico que dice que, si te encuentras con un gallego en el rellano de la escalera, nunca sabrás si baja o si sube, por la natural reserva que se les atribuye.

Estos lugares comunes se aplican a los vecinos. Los gallegos son astutos como los vascos fanfarrones, los andaluces perezosos y los catalanes tacaños. Es conocida la anécdota, la leí aplicada a Chesterton pero he visto que también se le atribuye a Churchill, quien al preguntarle qué opinión le merecerían los franceses, contestó: ‘No puedo opinar, no los conozco a todos’.

Al parecer la gracia de Rosa Díez ha molestado a algunas personas, entre otras, y mucho, a mi buen amigo Paulino. Yo creo que nos estamos volviendo muy susceptibles en lo tocante a nacionalidades e identidad. Ya no se puede decir de una persona que es negra y americana, sino ‘afroamericano’, o de otra que es china, sino miembro de la etnia china, y España es también tabú y se nombra a este pedazo de tierra como ‘el estado español’ o ‘las otras nacionalidades’. Resulta tan artificioso y, sobre todo, tan innecesariamente complicado.

Hace unos días viajé por Portugal y Galicia. Creo que el desconocimiento, un poco altivo, me parece, que tenemos de la vida y de la cultura de nuestros vecinos de al lado -nos separa un delgado tabique que recorre media península- es más preocupante y vergonzoso que estos tópicos jocosos con que los vecinos se han definido, siempre, los unos a los otros.

En Galicia me contaron una viñeta de Castelao, gallego de pro, que ironizaba sobre sus convecinos. Un paisano se encuentra con otro al que acompaña un perro famélico. ‘Hombre’, le dice, ‘¿cómo no das de comer a ese pobre animal?’ ‘Para lo que trabaja’, le contesta el paisano. ‘Entonces’, le sigue recriminando el amigo, ‘¿por qué no te desprendes de él?’ ‘Para lo que come’, le contesta el paisano gallego.

El pensamiento circular. ¿No es envidiable esa maestría? Cómo se puede definir mejor y con más gracia, aunque Castelao no fuera andaluz, que somos los obligados a ser graciosos por ADN, al parecer.

Las lenguas apropiadas

88257159Es común la leyenda de que determinadas lenguas son más apropiadas que otras para determinadas actividades del hombre. Así, dicen, el alemán sería una lengua idónea para el pensamiento, como el inglés para la diplomacia y el francés para la expresión amorosa. Uno de los tópicos más sorprendentes y conocidos es reciente y peculiar por su origen, pues no nació en charlas intrascendentes o especulaciones de aficionado, sino que lo formuló el grupo de expertos conocido como la Sociedad Lingüística de París. En 1866 se prohibió que en sus reuniones se especulara sobre el origen del lenguaje. El argumento para esta decisión era que había tantas leyendas y mitos sobre el origen del lenguaje humano que resultaba imposible decir nada sobre este asunto que tuviera rigor científico. Si hubiéramos pensado lo mismo sobre el origen del universo, acerca del cual hay más mitos aún y más leyendas, estaríamos todavía en la Biblia.

Hay varias teorías sobre el origen del lenguaje. Desde las que lo relacionan con las necesidades de la caza en grupo o con el juego, hasta quienes piensan que fue en la habilidad desarrollada para mentir, para falsear la realidad, donde nació el lenguaje humano. Probablemente unas completen a otras o las descarten con el tiempo.

En cierta ocasión un compañero de curso, en la Facultad, me preguntó si yo tendría inconveniente en ayudarle, pues él nunca había estudiado latín y quería saber un poco, que era en lo que yo podía ayudarle, claro. Por supuesto que me ofrecí, pero le pregunté por su interés por el latín. Entonces me dijo: ‘Yo creo que es una lengua que ayuda a pensar, estructura el pensamiento’. Me sorprendió esa afirmación. Yo esperaba que me dijera que quería acercarse a los clásicos en su lengua original o algo así. Pero no.

El tópico, bienintencionado, de mi amigo procedía de otros tópicos. Por ejemplo, ‘las lenguas llegan a veces a un estado de perfección a partir del cual se deterioran, corrompen y vulgarizan’. No en vano durante siglos se consideró a las lenguas romances versiones imperfectas y degradadas de una lengua superior: el latín.

Esta valoración del latín como lengua superior por ser más antigua entra en contradicción con otro de los tópicos recogidos por el profesor Moreno Cabrera, el que sostiene la creencia de que ‘las lenguas más antiguas han de ser más primitivas que las actuales, al ser la vida de aquellos pueblos menos compleja que la nuestra’. Las lenguas del pasado que mejor conocemos (sumerio, acadio, hitita) y las lenguas de pueblos primitivos de la actualidad muestran que sus características gramaticales difieren poco de las lenguas actuales. Con este primitivismo de las lenguas se relacionan otros tópicos: ‘Hay lenguas de cultura y otras que no lo son’. ‘Las lenguas primitivas son más asistemáticas e irregulares que las lenguas de la sociedad industrializada’. ‘En las lenguas primitivas la gramática está muy poco desarrollada’, o ‘las lenguas de los pueblos indígenas no son adecuadas para expresar los valores de las sociedades occidentales industrializadas’. Ni las lenguas de las sociedades occidentales sirven para expresar los valores de las sociedades indígenas, como concluye el profesor Moreno Cabrera.

En el libro El antropólogo inocente su autor, Nigel Barley, relata las dificultades de una compañera de universidad que fue a la tribu donde estaba Barley a contarles a los nativos el argumento de Hamlet, en la creencia de que los mitos universales son iguales para cualquier cultura. El problema empezó cuando los nativos se carcajeaban del fantasma del padre de Hamlet. Existen las apariciones que son manifestaciones del más allá, pero los fantasmas son ridículos. Además, decían, qué clase de fantasma era ese que se aparecía a un muchacho confuso e inexperto y no a los ancianos del Consejo. Además, el hermano tenía que casarse con la viuda del rey, quién si no va a cuidar de ella. Así que la profesora acabó entendiendo que cada lengua expresa un mundo, y que no hay mitos ni lenguas superiores a otras.

Algunos tópicos

imagesConsulto estos días un libro de cuya lectura disfruté mucho y que encuentro ahora lleno de subrayados hechos por mí y de anotaciones a lápiz en los márgenes. Se trata de una obra del profesor de la Autónoma de Madrid Juan Carlos Moreno Cabrera, La dignidad e igualdad de las lenguas. Creo que lo consultaba después de haber oído decir al furibundo nacionalista en que se ha convertido el señor Laporta, algo sobre el carácter de identidad nacional que imprime una lengua propia. Todo el mundo tiene una lengua propia y algunos más de una, como cuenta Steiner de sus balbuceos lingüísticos en inglés, francés o austriaco, según las circunstancias, o Elias Canetti que aprendió alemán memorizando las largas listas de palabras que le daba su madre y que el muchacho aprendía rápidamente más por sorprender y halagarla a ella que por interés por el idioma. Los suizos tienen lengua propia, el francés, y no se sienten menos suizos, señor Laporta, por hablar una lengua que nació más allá de lo que luego serían sus fronteras.

Recordé que en ese libro, Juan Carlos Moreno Durán se ocupaba de algunos tópicos lingüísticos como el sostenido por el señor Laporta y otros muchos. Y en efecto, al final de La dignidad e igualdad de las lenguas. Crítica de la discriminación lingüística, que es su título completo, encontré un apéndice titulado ‘Cien mitos, prejuicios y tópicos sobre las lenguas’. El número 23 de esos tópicos dice: ‘A una lengua le corresponde siempre una nación y viceversa’. Después de refutar en pocas líneas el lugar común de esta afirmación, concluye: ‘Este deseo (una lengua = una nación) proviene de la idea de la identificación necesaria entre lengua y nación’.

Así que agradezco al señor Laporta haberme traído al disfrute de este estupendo libro que recomiendo a todos los interesados por estos asuntos. Ya sé que es un libro del año 2000 y que hoy en día eso que llaman cultura es fugaz, como las rosas, pero más antiguo es Cervantes y ahí sigue, enseñando todavía.

Así que en próximos días, y con permiso del profesor Moreno Durán, comentaremos algunos de los por comunes no menos sorprendentes tópicos que tenemos sobre las lenguas.

¡Feliz Año!

Hacer de un arroyo un río

rioEso decían en Roma de quienes exageraban: E rivo flumen facere. Y eso hicimos después algunos pueblos europeos, convertir la palabra rivus, ‘arroyo’, ‘riachuelo’, en río. Flumen, la palabra latina con la que los romanos llamaban a sus ríos, desapareció.

Algunas palabras derivadas de río (rivus), tuvieron curiosos cambios de significado muy alejados de la idea original de ‘corriente de agua’.

Así, rival fue en su origen lo que crece o vive en las proximidades de un arroyo, lo cercano a un riachuelo (rivus); luego sería el que vive en la otra orilla, el de enfrente, un rival.

Derivación, además de su significado general de deducción, ‘separar una parte del todo’, conserva todavía en el DRAE ese origen fluvial. ‘Como el agua que se saca de un río para una acequia’, dice el Diccionario que es la derivación. Derivar era separar un cauce en dos, e ‘ir a la deriva’, es navegar a merced del viento o la corriente. En todas estas palabras, rival, derivación, deriva, fluye un ríachuelo (rivus).

Flumen es una palabra que procede del verbo fluo, ‘fluir’. De ese verbo tenemos algunas palabras en español. Una de ellas es fluor, que tuvo en su origen el significado de ‘fluido’, ‘diarrea’. El DRAE no recoge ya ese significado primitivo de fluor, pero lo define como ‘gas de color amarillo verdoso y olor sofocante’.

Lo que fluye, el agua por ejemplo, no es estático. Una corriente de agua avanza, retrocede, se pierde bajo tierra, atraviesa la materia sólida, se desborda de su cauce. Algunas palabras procedentes del primitivo fluo, ‘fluir’, llegadas hasta nosotros recogen esas acciones, otras han cambiado de significado. Influir (in-fluir), ‘fluir en dirección hacia’, pasó a ‘ejercer predominio’. Otras se perdieron, y así no tenemos un verbo interfluir para indicar el hecho de que un ‘río separe dos territorios’, ni un perfluir, ‘pasar un líquido a través de’, ni un prefluir, ‘deslizarse el líquido por delante’, pero sí tenemos refluir, ‘fluir en sentido contrario’, y reflujo como lo opuesto a flujo.

De igual manera no tenemos un verbo subterfluir, ‘deslizarse por debajo’, pero sí un adjetivo, superfluo cuyo origen es un verbo, superfluir, ‘desbordarse’, ‘resultar innecesario’.

Todas estas palabras proceden de los ríos.

Mulato

mulatoSon varias las maneras en que la historia de una palabra puede llegar a nosotros. Hay catálogos alfabéticos, diccionarios etimológicos de mucha y de escasa fiabilidad también, corpus clásicos sobre el origen de las palabras, como las Etimologías de San Isidoro de Sevilla.

Muchos de esos libros son excelentes manuales e imprescindibles diccionarios de consulta. Pero las palabras no nos llegan desde los diccionarios, allí las encontramos cuando nos interesamos por ellas. Las palabras nos llegan en la calle, cuando alguien se interesa por su significado en medio de una conversación, o las encontramos en los libros porque son nuevas para nosotros y nunca antes las habíamos leído, o vemos en ellas un significado que desconocíamos y nos sorprende, o despiertan nuestra curiosidad por algún motivo. Así es como yo creo que los no especialistas entramos en contacto con algunas palabras.

Yo suelo anotar esas palabras en papeles mientras leo, y luego busco su origen y sus cambios y, a veces, las traigo a este blog.

En el folio que tengo sobre la mesa hay estas dos anotaciones.

“VID. Etimología de mulus“. Buscaba, no sé por qué, el origen de algún nombre de animal y me encontré con mulato. Una persona mulata es, en una significación inmediata, alguien de tez morena, pero difícilmente relacionaríamos la palabra mulato con mulo. Sin embargo, el Diccionario de la Academia dice que es voz derivada de mulo, ‘en el sentido de híbrido, aplicado primero a cualquier mestizo’. Tuvo también la acepción de ‘macho joven’, de fuerte, y quizá de ahí se derivara la palabra muleta, ‘palo con travesaño en que se apoya el cojo’.

De igual manera podemos ver en el “auspicio”, otra de las palabras de lectura anotadas en estos papeles, el vuelo de las aves, (avis auspicio) o sea, y dicho literalmente ‘observación de las aves’. Los adivinos sacaban deducciones de la observación del vuelo rutinario de las aves, si se adelantaba o se atrasaba, si huían de un frío temprano o desertaban de una sequía, o leían las enfermedades que traían en sus entrañas desde otros lugares y así podían anticipar epidemias. Todo esto, claro está, no exento de supersticiones e interpretaciones esotéricas.

Así, de esta manera algo caótica y azarosa llegan las palabras a nuestras vidas. Como tantas otras cosas.

Aquella luz

cesar-simon

Hace unos días cené con Vicente Gallego y unos amigos de la Universidad Popular de Cartagena. Inevitablemente acabamos hablando de César Simón, de la bondad de su persona y de la excelencia de su obra. Vicente Gallego considera la poesía de César como una de las voces más auténticas y originales de la segunda mitad del siglo XX, valoración que comparto absolutamente. Los dos tuvimos la suerte de ser amigos de César, aunque en épocas distintas, y los dos admiramos su obra. Yo quise hacer una edición que reuniera toda la poesía de César Simón, pero encontré más obstáculos que ánimos a mi intento y ahí sigue sin publicarse reunida en un solo volumen.

En el año 2006 Vicente Gallego publicó en Renacimiento una bien seleccionada antología de la poesía de César Simón (Una noche en vela). Recoge en ella, como no, uno de los poemas que más me impresionaron de César. Es éste:

Aquella luz

En la gran choza estábamos, de tejados de arcilla,
por donde se deslizan las frías aguas. Habíamos encendido
leña. Habíamos devorado el conejo
y las olivas, los mendrugos y los canteros,
el vino del cuero, en un silencio de doble fondo,
jalonado por conversaciones o risas no del todo insinceras.
Detrás había una ventana abierta
por donde se tamizaba una luz gris surcada por cornejas.
La muchacha espera mi decisión,
o quizá la ahuyentaba, mientras el pino ardía.
Estaba abierta la puerta de la cocina
a la entrada de yeso, con las huellas impresas de las mulas.
Ahora sólo viento por el portalón
que arrastraba las plumas de los cardos en el zaguán,
las pajas y las telas de arañas muertas de hambre
en los grandes silencios oscuros donde sólo se escucha una piedra
-o tal vez una rata- que cae a la cisterna.
La muchacha esperaba y yo esperaba.
Y se oían vibrar las cacerolas metálicas
y se presentían los azogues oscuros de las jarras de aceite
y se olía el humo de los tizones en el hogar,
los yesos mascarados, las cebollas y los ajos marchitos,
de las despensas. Y el retrato del hombre aquel,
allá arriba, que habíamos contemplado
en la penumbra de la estancia desierta.
Y la muchacha esperaba, cuando mi mano le rozó el cabello
y sentí henchirse su respiración y entornarse sus ojos de ansiedad,
mientras se oía el vacío del desván y se filtraban las luces,
formando apenas rayas, bajo las puertas rotas y comidas.
Entonces la muchacha y yo nos pusimos de pie para comenzar ese rito
viejo como enganchar o desenganchar los caballos
o amortajar a los cadáveres.
Ella me miraba de cerca con una mirada infantil y su frente
me parecía bovina, frontispicio de ojos aguanosos y azules,
tan cerca, mientras respiraba profundamente.
Vi entonces tras su nuca por la puerta al zaguán
una rata husmeando y luego, en el gran hueco,
como una sombra, como una luz absorta.
Allá arriba el hombre del retrato, las cazuelas metálicas,
el frío de la estancia mortuoria con las grandes camas,
el rancio olor de la vieja almazara del XVIII.

(De Estupor final)

Y dos

balanzaProbablemente imaginemos a dos personas cantando juntas si leemos u oímos la palabra dueto. Pero quizá no veamos a dos personas peleando si escuchamos la palabra duelo (duo, bellum, ‘guerra entre dos’), ni imaginemos que el número doce tenga algo que ver con nuestro duodeno que, sin embargo, se llama así por tener una longitud de unos doce dedos.

También se esconde el número dos bajo su forma griega bi en algunas palabras como balanza o la catalana bessac. Una balanza (bi, lanx) son dos platillos. El lanx era una escudilla ceremonial romana. Bessac, en catalán, ‘alforja’, son dos sacos (bi, sac).

En la antigua navegación el abastecimiento de la marinería no era problema fácil. El pan, por ejemplo, se ponía duro enseguida. Para evitarlo se cocía dos veces y de ahí el nombre que se dio a ese pan de marinero, bizcocho. Biscuit se le llamaba en las galeras británicas.

Bicéfalo y bíceps significan exactamente lo mismo, ‘que tiene dos cabezas’, aunque la segunda, latina, se aplique sólo a los músculos.

En una bifurcación late la metáfora del utensilio agrario llamado horca (bi, furca), un palo largo que se abre en dos puntas al final. Dos caminos, o dos ríos.

La breva es el primer fruto de una clase de higuera, la ficus bifera, ‘que produce dos veces’; brevas en junio e higos en septiembre. Biga ‘carro tirado por dos caballos uncidos por un yugo móvil’ (bi, iuga), y viga, ‘madero’, proceden las dos del carro romano, el segundo (viga) significando en un principio ‘timón del carro’.

He ahí algunos números escondidos en algunas palabras, como el tres se esconde en trivial (tres, via) o en el instrumento de tortura que fue en su origen el trabajo (tri, palium).

Del número

monosabioUna palabra es como el telón de un escenario. Detrás de ella siempre hay una historia que contar. A simple vista las palabras aparecen como un todo independiente, con principio y fin. Si las abrimos, como se abre una nuez, y miramos dentro, veremos una pequeña parte de la vida y las costumbres del ser humano. También del pensamiento.

Muchas palabras están formadas por un numeral (uno, dos, tres…) y otra palabra: triángulo, ‘tres ángulos’, y su composición y su significado son evidentes.

Pero no siempre ocurre así. Puede que el número uno o su correspondiente griego mono podamos verlo en palabras como monarquía, ‘gobierno de uno solo’. Pero quizá no sea tan evidente en la palabra monje. Monakhós, de donde procede monje, es una palabra griega derivada de monos, ‘solitario’, ‘único’. La congregación de estos solitarios se llamó monasterio (mono, esterión, ‘lugar para estar’), ‘casa común de solitarios’. Monaguillo (monacillo) es un diminutivo de monachus, que es como el griego monakhós pasó al latín. Y monigote, por último, es despectivo aumentativo de mónago, ‘monaguillo’. En todas estas palabras late un número, el uno, el monos griego.

Sólo encuentro dos palabras compuestas donde mono no signifique ‘uno’. Monosabio y kimono.

Sobre monosabio decía Néstor Lújan, gastrónomo, filólogo en su acepción genuina y divertido siempre, que al final del siglo XIX llegó a Madrid una troupe de circo, uno de cuyos números de más éxito fue el de unos monos amaestrados que eran presentados bajo el nombre artístico de ‘los monos sabios’. Iban vestidos con una camisa roja y un pantalón azul, la misma indumentaria obligatoria que usaban los mozos de caballos en las plazas de toros. Del circo, el monosabio saltó al ruedo.

La otra palabra es de origen japonés, kimono, y sería algo así como ‘prenda (mono) de vestir’ (ki).

Quizá sea también visible el numeral latino unus en palabras como aunar (ad, unum), o unánime (unus, ánimum), incluso en anular (ad, nullus) o en universo (unus, versus), el recipiente infinito, la unidad absoluta que encierra todos los mundos y sus cosas.

En otras ocasiones el número se pierde. En francés, y también en inglés, se produjo un curioso cambio de significado en torno a la palabra unio, ‘unión’, derivada, claro está, del numeral uno.

Unio, en latín, significaba ‘unión’, pero también ‘perla grande’, que los griegos llamaban margarités. Por metáfora, supongo, esta perla grande, la palabra latina union-em, se convierte en la francesa oignon y en la inglesa onion, ‘cebolla’.

De las margaritas arrojadas a los cerdos, que menciona San Mateo, hablaremos otro día, aunque también tengan algo que ver con el número uno.

Tribulaciones ortográficas

Lenteji-fuente-de-los-leones

Los habitantes de Lentegí andan en tribulación ortográfica sobre si deben escribir el nombre de su pueblo con ‘g’ (Lentegí) o con ‘j’ (Lentejí). Al menos eso cuenta mi amigo Andrés Cárdenas. El alcalde, dice Cárdenas, incluso aventura una solución tajante: escribirlo con ‘x’, Lentexí.

Esta curiosa duda, el nuevo diseño de la presentación de los blogs que hace Costa Digital, y el otoño, que propicia al recogimiento, me han hecho volver a este blog olvidado y a su origen, hablar de las palabras desde cualquiera de sus perspectivas (procedencia, evolución, cambios de significado, ortografía, pronunciación).

Lo reanudaremos con un complejo problema ortográfico. El mismo que hace dudar a nuestros vecinos de Lentegí.

La duda entre usar ‘g’ o ‘j’ sólo se presenta si esta letra va delante de las vocales ‘e’, ‘i’. Pese a tan poca incidencia, su uso es complicado. Prueba de ello son las diecisiete reglas ortográficas que la RAE establece para su correcta escritura en cada caso. Algunas de estas normas recogidas en la Ortografía de la RAE parecen innecesarias, otras están cargadas de excepciones.

Como la propia Academia aclara en una observación previa, sólo podemos decir que se escriben con ‘g’ las palabras que tienen esta letra en su original latino, ‘gigante’ (gigante), y con ‘j’ aquellas que no tenían esa letra en latín, ‘mujer’ (muliere-m) o ‘jeringa’ (siringa). Pero claro, una norma tan general sirve para poco. El problema está en que las reglas ortográficas de la RAE tampoco ayudan mucho para salir de las posibles dudas.

A finales del siglo XVI, Felipe II mandó componer unas Relaciones topográficas de los antiguos reinos de Castilla. Básicamente Toledo, parte de Murcia, y las actuales provincias de Jaén y Extremadura. Se trata de un cuestionario de unas cincuenta preguntas, la primera de las cuáles es por qué el pueblo lleva ese nombre. Sorprende la cantidad de respuestas en las que los preguntados, los notables de cada lugar, dicen desconocer por qué se llama así y haberlo visto escrito de distintas formas. Así que como vemos, la duda no es nueva.

Lentegí o Lentejí se escribió en su origen como dice el señor alcalde, Lentexí. Lo malo es que quizás acabara pronunciándose como hacen algunos locutores que dicen México (por Méjico), Texas (por Tejas).

Sería peor el remedio que la enfermedad.

Juzguen ustedes mismos

loshuesosdedescartesPor la tarde me gusta sentarme a leer en la terraza. La cubre ya la sombra y salvo en días muy tórridos, siempre corre algo de brisa. Ayer estuve leyendo en esa terraza hasta bien entrada la noche. Quería ver el remate, la conclusión, de un libro excelente que había empezado a leer días atrás. Los huesos de Descartes de Russell Shorto. Esa misma mañana había visto en el Librillo de apuntes de Ramón Buenaventura que él también lo estaba leyendo y que había buscado otros textos de Shorto en Internet. Para Buenaventura, como para mí, era un autor desconocido.

Los huesos de Descartes es un libro estructurado en torno a dos relatos paralelos. De una parte, la inverosímil historia de los restos mortales del filósofo francés, en especial de su cráneo. De otra parte, indaga en el pensamiento del cartesianismo. Su origen, su evolución, y cuánto de Descartes pervive hoy en día en la sociedad y en nosotros mismos. De ahí el subtítulo que Russell Shorto pone a su obra: ‘Una aventura histórica (la del cráneo de Descartes) que ilustra el eterno debate entre fe y razón’ (la esencia del cartesianismo).

La peripecia del cráneo del filósofo la usa el autor como metáfora de la pervivencia y la importancia del cartesianismo todavía hoy. Los restos de Descartes, el cuerpo, se perdió probablemente en los avatares de la Revolución francesa, pero el cráneo, metáfora icónica del pensamiento, se conserva en el Museo de las Ciencias de París. Sobre el hueso superior se talló un poema en latín y a los lados del cráneo aparecen las firmas de algunos de los propietarios de la reliquia. Toda una historia detectivesca de la que se sirve Shorto para irnos contando, en otro plano del relato, la evolución del cartesianismo, como ya dijimos.

Pero un día cualquiera, en su simplicidad rutinaria, está lleno de muchos acontecimientos en los que, afortunadamente, apenas reparamos. A veces se cruzan algunas situaciones que parecen preparadas con intención y son, sin embargo, producto del azar. En un descanso de la lectura vi una película sobre el famoso extraterrestre de Roswell. Sí, aquel hombrecillo de lejanas galaxias y ojos grandes y asustados, cuya vivisección fue televisada en medio mundo a mediados de los noventa. Javier Sierra, nuestro documentado narrador de lo esotérico, fue uno de los defensores acérrimos de la veracidad del descubrimiento. En realidad, cuenta la película, se trataba de un maniquí relleno de frambuesa, sangre de pollo y tripas de cordero, hecho por un figurinista londinense jubilado.

Cuando volví a la terraza para terminar la lectura del libro de Shorto, pensaba en esos dos cuerpos, el de Descartes y la fascinante historia contada por Shorto, y en la patraña del maniquí que dio, y da, de comer a tanto falsificador.

Dos ventanas para ver el mundo, pensaba. Una nos lleva a la búsqueda de la verdad y al placer del pensamiento; la otra a la mentira descarada que cada fin de semana vende Iker Jiménez, ‘el asombrao’, desde el reclamo de una televisión que se dice progresista y se pretende veraz y objetiva.

Como le gusta decir al ‘asombrao’: ‘Juzguen ustedes mismos’.