Todos los artículos de: Tomás Hernandez

Extrañezas ortográficas

Para Nebrija el asunto de la ortografía estaba claro: ‘que assí tenemos que escrevir como pronunciamos e pronunciar como escrivimos’. Pero casi dos siglos después el licenciado Bravo (Breve discurso en que se modera la nueva Ortographía de España, 1634) no estaba muy conforme con esta simplificación, como recoge Casares:

‘Deste dictamen de los Ortographos modernos de escribir como se pronuncia, se ha ido deslizando a otros más duros sin comparación: porque en la palabra Christo… aviéndose escrito siempre con h, ya la van abreviando y escribiendo Cristo sin ella. Y esta novedad la tengo por indecente…’

Dejando al margen las indecencias ortográficas del licenciado Bravo, la propuesta de Nebrija tampoco es de gran ayuda. Incluso tomada al pie de la letra puede dar lugar a actitudes como las del filósofo Jesús Mosterín que propone una escritura fonológica (fonémica), o la de aquellos que postulan una ortografía del andaluz, por ejemplo, que recuerda el habla de los personajes más castizos de las obras de los hermanos Álvarez Quintero.

El libro de Mosterín, Teoría de la escritura, es interesante por muchos aspectos, pero el resultado es éste:

‘Si keremos comunikar nos por eskrito unos kon otros, si keremos leer i eskribir, emos de azeptar todos el someter nos a una normatiba komún, a una ortografía… Pero el ke nezesitemos una ortografía no signifika ke la aktualmente bixente sea la únika posible ni la mexor’.

Lo que dice es cierto, pero escrito así nos hace sentirnos extraños con nuestra propia lengua. Y eso no parece un buen hallazgo.

El problema es que no en todas partes decimos (pronunciamos) igual ni todas las personas pronunciamos lo mismo. En algunos lugares se usa la ‘s’ en lugar de la ‘z’, y llaman ‘poso’ a un manantial hondo de agua; en otros se cecea y llaman ‘pozo’ a los restos de té o de café. Sólo el contexto puede resolver en estos casos la ambigüedad ortográfica y de significado.

Así que ni etimología a la manera del licenciado Bravo Grájera, ni extrañeza ortográfica como propone Mosterín. ¿Qué hacer entonces? La Academia tiró por el camino de en medio: un poco de todo (etimología, fonética y gramática) para la redacción de sus normas ortográficas, como veremos con algunos ejemplos en próximos días.

Del fetichismo de la ortografía, II

Se queja Casares en el libro mencionado de que la ortografía se ha convertido en un fetiche social y de cultura, mientras se abandona la precisión de las palabras y la gramática. ‘Diríase, en fin, que en la materia que tratamos (la ortografía) impera una tácita consigna, parodia de cierta frase histórica: ‘Sálvese la ortografía, aunque perezca la gramática’.

Y argumenta luego:

‘Basta, en efecto, una leve distracción ortográfica en una carta particular o en un borrador hecho a vuela pluma para deslucir la reputación intelectual mejor asentada. ¿Cómo es posible –se oye decir- que se tenga a Fulano por un hombre ilustre cuando me consta que escribe ‘automóvil’ con bé? Ante una acusación de este calibre toda fama palidece, toda admiración se entibia y hasta el amor, ‘más fuerte que la muerte’, se bate en retirada; personalmente puedo dar razón de un simpático idilio, malogrado en flor por un quítame allá esa hache’.

Critica también, con varios ejemplos, ‘esta exagerada sensibilidad en materia tan convencional y mudable como es la representación gráfica de los sonidos’ y arremete contra la falta de reacción ‘aun entre aquellos profesionales de la pluma, frente a los solecismos, barbarismos, y demás faltas graves del lenguaje’.

No pueden ser de más actualidad estas palabras escritas hace tanto tiempo.

Casares propuso también una reforma para simplificar la ortografía y participó en la contienda entre fonetistas y etimólogos sobre este asunto.

De eso hablaremos en próximas entradas si, como dice Casares, ‘los lectores me favorecen con su atención’.

En la fotografía, Wenceslao Fernández Flórez, Gregorio Marañón,
Ramón Menéndez Pidal y Julio Casares. Fuente: Libroscocina.

Del fetichismo de la ortografía, I

Tomando estas notas para la continuación de la entrada anterior volví, claro está, al librito de Julio Casares, Nuevo concepto del diccionario de la Lengua y otros problemas de lexicografía y gramática. Conseguí, a muy buen precio además, un ejemplar de la primera edición publicada por Espasa-Calpe en 1941. Es el volumen V de sus Obras Completas.

Casares sostenía que el ‘orden alfabético es un arbitrio ingenioso, pero no es un criterio racional’ para la confección de un diccionario. En efecto, se preguntaba, cómo podemos encontrar en un diccionario alfabético una palabra (significante) cuyo significado sabemos pero no con qué palabra se dice. Así, continúa, un amigo le comenta un día que sabe que existe una palabra para designar a la persona nacida en un barco durante una travesía, pero cómo encontrarla en un diccionario alfabético. Como dice el propio Casares, en los diccionarios al uso ‘para poder buscar una palabra hay que empezar por haberla encontrado’. Sin embargo en el diccionario que él publicaría al año siguiente, 1942, basta con ir a la palabra ‘nacimiento’ o ‘embarcación’ para encontrar ‘naonato’: ‘Dícese de la persona nacida en una embarcación que navega’. Desde su publicación, el Diccionario Ideológico de este lexicógrafo y lexicólogo granadino sigue siendo una obra imprescindible y continuamente editada en sus casi setenta años de existencia. Casares se refería a esta obra durante los veinte años de su redacción como un diccionario metódico.

Con esa misma actitud metódica, quiere Casares aplicar a la ortografía un criterio racional. Y así la tercera parte de ese libro del año 1941 está dedicada a esta materia. Al usarlo ahora para la redacción de estas notas encuentro en sus páginas frases subrayadas a lápiz, llamadas de atención mediante asterisco en los márgenes, signos de interrogación, o sea, la manera en que leí ese apartado y las cosas en él que me interesaron, las preguntas que me suscitó, o aquellas opiniones con las que me sentía especialmente identificado.

El primer capítulo de la Parte Tercera del libro lo dedica Casares a llamar la atención sobre algunas situaciones en las que prevalece lo que él llama, el ‘fetichismo de la ortografía’. Lo que viene a decir, en esencia, es que damos más importancia a las faltas de ortografía como manifestación de desidia cultural que al atropello continuo de la gramática, lo que genera ambigüedad, y a la perversión de las palabras, lo que conduce al engaño.

De cómo dice Casares que sucedía en su tiempo y de cómo este fetichismo de la ortografía se manifiesta ahora, y de la vigencia, por tanto, de las observaciones del lexicógrafo granadino, nos ocuparemos en la próxima entrada.

De ortografía

Escribir es una operación muy compleja, pese a la rutinaria facilidad con que lo hacemos una vez que hemos aprendido. La escritura es una abstracción mediante la cual representamos sonidos con símbolos gráficos que llamamos letras y con los que urdimos palabras y conceptos.

Estos sonidos se definen por las partes de la boca que intervienen al pronunciarlos (labios, dientes, alveolos…) y por la manera en que expulsamos el aire por la boca. De golpe, rozando en labios y dientes, por la nariz, etc. También por la vibración o no de nuestras cuerdas vocales que son una membrana muy fina, muy parecida a la de los gatos, como me enseñara un día mi buen amigo el doctor Ferrón.

Las normas para escribir bien estos sonidos agrupados en palabras se conocen con el nombre de ortografía y la RAE publicará en estos días la última edición que recoge estas normas. Hay algunas novedades de las que ya han hablado los medios de comunicación.

Hace años dediqué algún tiempo a intentar comprender las dificultades ortográficas que encontraba en los trabajos de mis alumnos. En algunos casos la duda era de fácil explicación, pero en otras ocasiones sorprendía. ¿Por qué ‘vandido’? ¿Por asociación con ‘vándalo’ y no con ‘banda’ que es de donde procede?

Las explicaciones al uso no daban respuesta. Que a escribir se aprende leyendo, sin duda; mediante ejercicios de dictado, también; corrigiendo los errores con repeticiones de la palabra o incluso memorizando las complicadas normas ortográficas de la RAE.

Leí entonces, no recuerdo en dónde, que un alumno dedica un mínimo de seiscientas horas de su vida escolar al aprendizaje de la ortografía. Muchas horas, ¿verdad?, para tan pobre resultado a veces. Solíamos, solemos, descargar el fracaso en los desconcertados alumnos como se hizo siempre. Sobre todo, desde el uso intensivo de la comunicación a través de teléfonos móviles y de Internet, se nos alarma con que ese lenguaje acabará contaminando la ya deteriorada ortografía escolar. Puede ser. ¿Y qué? En tanto que esa nueva e hipotética ortografía del futuro no genere confusión y sirva para decir lo que pensamos o lo que sentimos, será tan válida como cualquier otra. Así ha sido siempre. Aunque quizá ahora las cosas sucedan muy deprisa.

Así que ese no era el problema. Si una persona dedica tantas horas de su vida a un aprendizaje y no lo consigue, puede ser porque el asunto a estudiar sea muy complejo, la ortografía lo es, ya lo dijimos al principio, o el método de estudio no es el más apropiado.

En esas pesquisas ortográficas de aquellos años me enteré de que hubo, hay, otros métodos de aproximación a la ortografía. Incluso existen simplificaciones ortográficas radicales como la propuesta por el profesor Jesús Mosterín. Supe del enfrentamiento en la Academia entre etimologistas y fonetistas para la elección de un método u otro, allá por los años cuarenta del pasado siglo y que recoge Julio Casares en su libro ‘Nuevo concepto del diccionario de la Lengua’, donde dedica un suculento e irónico estudio a la enseñanza de la ortografía.

De eso hablaremos.

Escenarios

Escenario es una palabra bastante reciente. Corominas data su aparición por primera vez en el Diccionario de la Academia de 1843. También Serrano Munguía da su aparición en esa fecha. Pero en la excelente página web de la RAE http://www.rae.es/rae.html aparece ya en el Suplemento de la edición del Diccionario de 1837. Escenario: Escena; ‘el sitio en que se hacen las representaciones dramáticas’. La definición de 1843 es más concisa. Escenario: ‘Escena, por el tablado etc.’

Corominas y Serrano Munguía recogen su significado primitivo de ‘choza’, ‘tienda hecha de ramas’. Por eso San Isidoro de Sevilla dice que la escena se llama así ‘porque representa el aspecto de una casa’.

En la última edición del DRAE disponible en la página de la Real Academia, la cuarta acepción de escenario es: ‘Conjunto de circunstancias que rodean a una persona o un suceso’. Por eso decimos ‘el escenario de la infancia’, o el escenario o la escena del crimen’.

Pero ahora hay un abuso de la palabra escenario con ese significado de ‘conjunto de circunstancias’. No creo que pase un sólo día sin que la oigamos en los noticiarios o la leamos en los periódicos varias, muchas, demasiadas veces.

Encuentro en Google muchas frases donde la palabra escenario aparece en el ámbito de la educación.

Tomo algunas sólo como ejemplo entre las que leí. ‘El nuevo escenario de la educación superior’, dice un titular. O sea, las nuevas circunstancias de acuerdo con la acepción cuarta del DRAE. ‘La escuela como escenario de participación’, es decir: ‘La escuela como lugar, o si se quiere, sistema, ocasión para la participación’. Menos confuso y pretencioso que escenario.

El lenguaje político que también tiende a la pretensión, a la confusión y a la pedantería lingüística está lleno de escenarios. ‘Participación juvenil en el escenario político’, leo. ‘Participación juvenil en las actividades políticas’, me traduzco. O esta referencia: ‘Informe Semanal analiza el escenario político tras la sentencia del Tribunal Constitucional’. Sustitúyase ‘escenario político’ por ‘circunstancias políticas’ y verá que bien se entiende. Es abrumadora la presencia del escenario en el lenguaje político. Basta con teclearla en Google, como dije.

En algunas ocasiones, el uso de la palabra escenario es tan caprichoso que el mensaje no se entiende. ‘El escenario es noviembre. Los golpistas de Honduras manejan un escenario clave’. Escenario quiere decir aquí, claro está, fecha. ¿Para qué esa absurda sustitución?

Leo, con pasmo, este titular de un trabajo académico: ‘Nuevo escenario de socialización del lenguaje: el chat y los adolescentes’. Y a continuación su título original en inglés: ‘Las nuevas tecnologías de comunicación y sus efectos en el lenguaje escrito de los adolescentes’. ¿Era preciso el escenario que más parece andamio?

Y la última y mejor: ‘Camps vuelve al escenario de la Gürtel’. ¿No suena al escenario del crimen?

Cura ut valeas.

Cien años de Residencia

Se cumplen este mes de octubre cien años de la fundación de la Residencia de Estudiantes (1 de octubre de 1910) germen de lo que se ha dado en llamar la Edad de Plata de la cultura española. En junio se conmemoró el centenario con un ciclo de conferencias y mesas redondas en la sede de la Residencia. Hay cumplida y sobrada información estos días en Internet. Las dificultades económicas e ideológicas para su fundación, el ideario de pedagogía krausista, sus conocidísimos residentes ilustres, sus más importantes conferenciantes e invitados. Lo mejor de la ciencia (Einstein, Madame Curie) y de las humanidades (Paul Claudel, Henri Bergson) hablaron en sus salas y pernoctaron en las habitaciones de los residentes, hechas a imitación de las dependencias universitarias de Oxford y de Cambridge, y desde cuyas ventanas Juan Ramón Jiménez veía las cabras ramonear en la Colina de los Chopos.

El primer director de la Residencia fue el malagueño Alberto Jiménez Fraud y hay también abundante bibliografía y referencias a él en Google. Así me entero de la muerte estos días de su hija Natalia Jiménez de Cossío.

Menos conocida es la historia del padre de Jiménez Fraud, Enrique Jiménez. Seminarista en Jaén a mediados del siglo XIX, abandonó la querencia clerical y volvió a su pueblo, Alcalá la Real. Allí las desamortizaciones religiosas y la desaparición de la Abadía y del convento de Mínimos, dejaron sin trabajo a una clase intermedia entre el campesinado y la burguesía rentista, que se había ocupado hasta entonces de los trabajos de la burocracia local.

Con unas monedas que le pudo reunir su madre, Enrique Jiménez salió de Alcalá y deambuló de trabajo en trabajo hasta asentarse en Málaga. Allí prosperó en diversos negocios, se casó y enviudó. No conozco sus habilidades comerciales y se sabe poco de su biografía, pero debió de irle bien porque en uno de sus viajes a París para comerciar con seda, conoció a Henriette Fraud, una joven francesa de Lyon por la que el director de la Residencia desde 1910 a 1936, Alberto Jiménez Fraud, lleva apellido francés y mestizaje de culturas, lenguas y maneras, como él mismo deseara para los demás, haciendo de aquellos pabellones de la Residencia en la calle Fortuny, el lugar de encuentro de las ciencias y las letras, como dos perspectivas de una misma realidad, y un intercambio de lenguas y humanismo.

Todo porque un día un exseminarista de Jaén, sin profesión, dejó su pueblo pensando, como así fue para él, que el mundo era ancho y ajeno.

Las noticias sobre Enrique Jiménez se las debo a mis amigos Domingo Murcia, cronista de Alcalá, y a su pariente Francisco Martín Rosales. Bienvenidas sean cuantas nuevas lleguen acerca de este emigrante y aventurero a la fuerza que supo ver la fineza intelectual, dicen, de Henriette Fraud.

Fotografía: Flores y palabras, blog de Elvira Coderch

Un madrigal

Tenía algunas palabras anotadas en los folios que se van amontonando en este rincón de la mesa, para hablar de ellas según iban apareciendo: ‘traccionar’, ‘escenario’, ‘poner en valor’, y otras curiosas y peregrinas expresiones machaconamente usadas.

Pero se cruzó este precioso madrigal:

Madrigal del poeta y la bañista

Brilla el sol, flor amarilla,
que se desmaya en su cuello,
mientras lame el mar su sello
en el sobre de la orilla.
Qué delicada puntilla
va de la rodilla al pecho
y vuelve, encaje deshecho,
de su pecho a la rodilla
mientras finjo, en mi sombrilla,
que escribo (el mar, al acecho).

Su autor es Blas Muñoz.

El madrigal es una composición, un género literario, que ha de ser breve, sutil, ingenioso. Pero además ha de tener un poso de pensamiento y emoción. Liviano, pero no frívolo. El madrigal de Blas Muñoz es perfecto, como dijo el jurado del premio Fray Luis de León.

A Blas Muñoz lo conocí hace muchos años. En Valencia. Nos reencontramos hace un par de inviernos gracias a amigos comunes, y gracias a Internet seguimos en contacto. Por eso supe de este madrigal. Por eso sigo sabiendo de tan viejo amigo.

Dije que el madrigal ha de ser breve, sutil e ingenioso. Las dos primeras metáforas, el sol, ‘flor amarilla / que se desmaya en su cuello’, y la playa como un ‘sobre al que pone sello el mar’, son originales, e imprevistas.

La aparición de la bañista se ofrece desde la sutileza y la sugerencia, no desde la descripción.

El pensamiento, la actualidad del poema, su guiño irónico, su hondura, está en los versos finales: ‘mientras finjo en mi sombrilla / que escribo (el mar, al acecho)’. Recordé, leyendo este madrigal, como le pasará a algún otro quizá, el poema de Gil de Biedma, ‘¿A qué vienes ahora, juventud, encanto descarado de la vida?’.

El madrigal de Blas Muñoz es tan rico que podríamos leer también: ‘mientras finjo en mi sombrilla / que escribo el mar, al acecho’. Tendría un sentido nuevo, igualmente coherente con sólo quitar el paréntesis final.

Para el juego conceptual, para la síntesis de las ideas, se usa el cruce de palabras (quiasmo), describiendo la ascensión y caída del encaje, de la rodilla al pecho; del pecho a la rodilla.

Y en ese mundo casi gongorino de desmayos y encajes, la rabiosa actualidad de la sombrilla playera.

Perfecto.

Fotografía: Isabel Huete, De puertas adentro

Elogio de lo mínimo

tricliniumEl significado de las palabras suele heredarse y mantenerse en el núcleo de la palabra, en el lexema. El periodista Alex Grijelmo llamó a estos lexemas de manera metafórica y ocurrente, los cromosomas del lenguaje. Pero hay algunas palabras sin ese cromosoma y que, sin embargo, tienen significado.

Com- es un prefijo que indica ‘compañía’. Y la terminación –er es un morfema verbal, ten-er. Pero si unimos el prefino com- y el morfema –er, nace una palabra llena de significado, sin cromosoma (lexema): ‘comer’. ¿Qué ha pasado?

No comemos reclinados en un triclinium como los romanos, pero sí casi los mismos alimentos que ellos, y algunos más. Y otros que ya no tomamos, como las ubres de cerda que tanto alababa Marcial, o el garum. Una de las más conocidas de esas salsas de pescado se hacía en estas costas, el garum sexitanum. Pero sí hemos heredado de los romanos el vocabulario alrededor de la mesa y la comida.

Edere es la palabra latina para el verbo ‘comer’. Por eso, un amigo, médico, llama a su siesta alicantina postprandial, pues el prandium era la comida romana, de la misma forma que la merienda, dice San Isidoro, era ‘lo que se come después del mediodía (postmeridie edenda) y está cerca de la cena’. ¿Cómo se transformó el verbo latino edere en el castellano ‘comer’?

A la mesa casi nunca nos sentamos solos. Compartimos mesa y comida, es un acto con otros. Por eso al latín edere se le antepuso el prefijo con- para indicar esa idea de ‘compañía’. Y así com-edere, comere, ‘comer’ (en compañía de alguien).

Sólo el portugués y el castellano heredaron este sentido de compañía a la hora de comer. Las demás lenguas románicas usaron manducare. Manger, mangiare, mânca, en rumano. En inglés, una lengua no románica trufada de latinismos, pervive edere, to eat.

Esta idea de compañía que subyace en com-er, está presente también en compañero, com-panarius, derivado de panis. La persona con quien compartimos nuestro pan es, por eso, nuestro compañero.

Así añadimos al pan la compañía. Un origen olvidado pero que aún late en esas tres letras así dispuestas: cum-(edere), cum-(panis).

De actualidad

crisis1Algunas palabras, ha ocurrido siempre, se ponen de moda, se usan a batiburrillo y en cualquier ocasión y luego desaparecen. ¿Nos acordamos ya del ‘obsoleto’ que tanto le gustaba a Felipe González. ¿O de ‘a nivel de’?, aquella ubicua expresión que se utilizaba para todo. Ahora tenemos ‘de cara a’. Cada vez que oigan, lean, o estén a punto de decir ‘de cara a’, sustitúyanlo por ‘para, por…’ y verán que bien queda sin necesidad de usar esos modismos del ‘quiero y no puedo’ lingüístico. ‘Están concentrados de cara al partido del sábado’. ‘Están concentrados para…’

Probablemente la palabra más oída, dicha, repetida estos días sea la palabra ‘crisis’.

Hasta mediados del siglo XIX (1852) no recoge el Diccionario de la Academia el significado actual de la palabra crisis: ‘Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes’. En el Diccionario de Autoridades (1726), crisis tiene proximidad con ‘crítica’, pues eso significa, ‘juicio que se hace sobre alguna cosa’. A finales de ese mismo siglo (1780) ‘crisis’ es un tecnicismo médico y significa ‘Mutación considerable que acaece en alguna enfermedad, ya sea para mejorarse o para agravarse más el enfermo’.

En su origen, ‘crisis’ remite a la labor agrícola de separar el grano de la paja, ‘cerner’. Del verbo latino cerno, ‘cribar’. De ahí como se ha dicho, pasó al significado metafórico de ‘juzgar’, ‘separar lo bueno de lo malo’, de ahí a la medicina y luego a su significado actual de momento culminante en una situación grave.

Dice Corominas que la palabra crisis fue muy usada por los culteranos en el siglo XVII, abuso del que hicieron burla los llamados conceptistas. No he encontrado ejemplos, pero mientras buscaba la historia de esta palabra, ‘crisis’, vi que Baltasar Gracián la usa en un significado poco frecuente y que no aparece en los diccionarios, ‘primor del intelecto’. Así, comentando un epigrama de Marcial, dice que su mérito está en la ‘crisis’ con que lo termina, o sea ‘su agudeza’. El hispanista Otis H. Green explica en un libro de homenaje a Gracián, que el escritor aragonés probablemente tomara este significado de ‘artificio’, ‘sutileza del pensamiento’ que da a la palabra ‘crisis’, de un libro de Gabriel de la Gasca (1631).

De la raíz indoeuropea de la palabra ‘crisis’ proceden cinco familias de significados. 1. Cribar, acribillar, ‘poner como una criba’, ‘agujerear por todas partes’. 2. Crimen, ‘separar de la sociedad’ y discriminar. 3. Cerner, cierto, certificar, decreto, secreto. 4. Crítica, crisis, hipócrita y, por último, (5) las palabras derivadas de escribir.

Esperemos que la palabra crisis pase pronto de actualidad y sea sólo una cuestión lingüística.

Apariencias engañosas

juliocesarOcurre con algunas palabras que son bastante parecidas en su forma y sin embargo sus significados y su procedencia nada tienen en común. ¿Cómo no suponer semejanzas entre cera/acera? Sin embargo, la primera es palabra griega, kerós, ‘cera’, y también ‘tablilla untada de cera para escribir sobre ella’. Y la segunda, acera, es latina,  facera. La palabra latina facera deriva de facies, ‘aspecto’, ‘apariencia’, y en el siglo XIII se empezó a llamar así a la fachada de una casa, ‘hacera’, para luego designar cada una de las dos filas de casas que forman una calle, y por último reducir su significado sólo a las orillas de la calle, las aceras.

A veces estas palabras se mimetizan tanto que acaban siendo iguales aunque procedan de diferente origen y tengan significados muy distintos. Se les conoce con el tecnicismo de homónimos. Es lo que sucede con la palabra amante. Hay un amante que ama y otro que ata. El primero procede de amans, ‘el que ama’, el segundo tiene su origen en la palabra griega imántos, que se transformaría también en amante, ‘cabo grueso usado en los barcos’.

Mientras rastreaba la relación entre grada/agradar, me encontré, pasan esas cosas, con la pareja de palabras cesárea/César. Antes de seguir, remito a Maikelnai’s blog (‘La verdadera historia sobre la cesárea de Julio César’), donde hay un relato más completo. Resumiendo: César no nació mediante una operación de cesárea y por la tanto no puede atribuirse el origen de la palabra al nacimiento del general romano. Ninguna mujer en aquella época habría sobrevivido a tan brutal intervención entonces, y Aurelia, la madre de Julio César, vivió los triunfos de su hijo. ¿Por qué entonces se dio por cierta esa relación entre el apellido César y la cesárea? Quizá algún antepasado de César viniera al mundo mediante esa operación y de ahí la familia, la gens Julia, tomara el nombre. Difícil de demostrar parece.

El estupendo Online etymology dictionary (www.etymonline.com) añade la versión de Plinio, según el cual el patronímico Caesar deriva de caesaries, ‘cabellera’, porque el futuro dictador nació con mucho pelo en la cabeza. Eso dice Plinio.

Sea como sea, cesárea nada tiene que ver con el nacimiento de Julio César, sino con el verbo latino caedo, caesus, ‘cortar’.

Recuerdo haber leído, pero no dónde, que la palabra agradar remite a la idea de grada, ‘escalón’, porque aludía al ritual de ascender las gradas para llevar ofrendas a las dioses. Una sugerente interpretación. Lamentablemente grada viene de gradus, ‘escalón’, y agradar, de gratus, ‘bien acogido’, ‘bienvenido’.

En muchas ocasiones, en muchísimas más, la apariencia formal nos remite a un origen común, como sucede con altar/alto, secreto/secretario, ‘el que guarda los secretos’. En otras, sin embargo, la relación no es tan evidente, como puede suceder entre palabras como alumno, adolescente y altar, que comparten un común origen, el verbo latino alo, ‘alimentar’.

Siempre me ha parecido una pérdida que en la enseñanza se haya desaprovechado una aproximación a la lengua desde esta perspectiva y se dedique mucho más tiempo en la programación a aspectos funcionales y estructurales, necesarios, claro, pero no únicos.