Aquella luz

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Hace unos días cené con Vicente Gallego y unos amigos de la Universidad Popular de Cartagena. Inevitablemente acabamos hablando de César Simón, de la bondad de su persona y de la excelencia de su obra. Vicente Gallego considera la poesía de César como una de las voces más auténticas y originales de la segunda mitad del siglo XX, valoración que comparto absolutamente. Los dos tuvimos la suerte de ser amigos de César, aunque en épocas distintas, y los dos admiramos su obra. Yo quise hacer una edición que reuniera toda la poesía de César Simón, pero encontré más obstáculos que ánimos a mi intento y ahí sigue sin publicarse reunida en un solo volumen.

En el año 2006 Vicente Gallego publicó en Renacimiento una bien seleccionada antología de la poesía de César Simón (Una noche en vela). Recoge en ella, como no, uno de los poemas que más me impresionaron de César. Es éste:

Aquella luz

En la gran choza estábamos, de tejados de arcilla,
por donde se deslizan las frías aguas. Habíamos encendido
leña. Habíamos devorado el conejo
y las olivas, los mendrugos y los canteros,
el vino del cuero, en un silencio de doble fondo,
jalonado por conversaciones o risas no del todo insinceras.
Detrás había una ventana abierta
por donde se tamizaba una luz gris surcada por cornejas.
La muchacha espera mi decisión,
o quizá la ahuyentaba, mientras el pino ardía.
Estaba abierta la puerta de la cocina
a la entrada de yeso, con las huellas impresas de las mulas.
Ahora sólo viento por el portalón
que arrastraba las plumas de los cardos en el zaguán,
las pajas y las telas de arañas muertas de hambre
en los grandes silencios oscuros donde sólo se escucha una piedra
-o tal vez una rata- que cae a la cisterna.
La muchacha esperaba y yo esperaba.
Y se oían vibrar las cacerolas metálicas
y se presentían los azogues oscuros de las jarras de aceite
y se olía el humo de los tizones en el hogar,
los yesos mascarados, las cebollas y los ajos marchitos,
de las despensas. Y el retrato del hombre aquel,
allá arriba, que habíamos contemplado
en la penumbra de la estancia desierta.
Y la muchacha esperaba, cuando mi mano le rozó el cabello
y sentí henchirse su respiración y entornarse sus ojos de ansiedad,
mientras se oía el vacío del desván y se filtraban las luces,
formando apenas rayas, bajo las puertas rotas y comidas.
Entonces la muchacha y yo nos pusimos de pie para comenzar ese rito
viejo como enganchar o desenganchar los caballos
o amortajar a los cadáveres.
Ella me miraba de cerca con una mirada infantil y su frente
me parecía bovina, frontispicio de ojos aguanosos y azules,
tan cerca, mientras respiraba profundamente.
Vi entonces tras su nuca por la puerta al zaguán
una rata husmeando y luego, en el gran hueco,
como una sombra, como una luz absorta.
Allá arriba el hombre del retrato, las cazuelas metálicas,
el frío de la estancia mortuoria con las grandes camas,
el rancio olor de la vieja almazara del XVIII.

(De Estupor final)

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