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Subterfugios sin Fin/Francisco Cervilla

05 de mayo del 2012

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Subterfugios sin Fin/Francisco Cervilla

A propósito de sus pacientes, Freud escribe que una manera de aceptar y poner en palabras un pensamiento reprimido consiste en presentarlo bajo una forma negativa, como por ejemplo cuando alguien dice que no quiere algo, siendo  realmente eso lo que quiere.

La clínica de la vida cotidiana ofrece multitud de casos. Sólo hay que mirar hacia los gobernantes, blanco fácil. Cuanta más pasión ponen en negar una asunto más hacen sospechar que, en realidad, están considerando lo contrario. Fue tan diáfana la denegación del gobierno anterior, como lo es la del gobierno actual. Unos negando la crisis y otros contradiciendo, punto por punto, todo lo previamente negado.

Existen otras formas montaraces, y tan prepotentes como las dos anteriores. Es el caso del arzobispo de Alcalá, cuya cruzada contra la homosexualidad permite pensar, entre otras eventualidades posibles, en un fuerte rechazo del prelado por sus deseos más íntimos, y que ese infierno que localiza fuera es el que experimenta dentro de sí mismo.

El ser humano tiende a construirse un relato interesado de la vida con el fin de evitar lo que le resulta traumático o insoportable. Tal vez no exista otro modo y  la realidad queda inevitablemente tamizada por el filtro subjetivo del lenguaje. Las palabras introducen la verdad pero también la mentira. Eso funciona inconscientemente para cada sujeto particular.

Otra cosa es el dominio de la vida pública, donde el manejo del lenguaje y el uso de las palabras están sometidos a una voluntad, que de modo deliberado, presenta una narración mentirosa de la realidad. Comprobamos reiteradamente, y en muchas ocasiones con desaliento, cómo las palabras y los comportamientos divergen, cómo el decir y el hacer toman caminos distintos.

Esa perversión del lenguaje en el discurso público no pierde de vista la importancia primordial de las palabras, no por las verdades frágiles que puedan transmitir, sino por lo que las palabras son capaces de producir en las personas: sugestión, miedo, angustia, sumisión, intimidación, alarma, sensación de verosimilitud, apariencia de verdad o mera distracción.

No extraña que los políticos digan que tienen problemas de comunicación, puesto que se pasan la vida eludiendo la verdad, dando la irritante impresión de que sus palabras no dicen lo que quieren decir, y ejerciendo, hay que decirlo, un portentoso malabarismo lingüístico. Los eufemismos se superan. A la desaceleración económica del PSOE para encubrir la crisis, han venido a sumarse gloriosas expresiones del PP como, por ejemplo, la ponderación fiscal para encapuchar la subida del IVA.

Pero la realidad es la realidad, por más torpe, débil o sugestionable que la propaganda política considere a la gente, y por eso junto a la incredulidad ante el discurso político, surge también la certeza de que detrás de ese discurso siempre hay otra cosa.

Hace poco escuché a un conocido diputado, chabacano habitual, decir que criticar a los partidos es peligroso para la democracia. Confunde este señor el interés general con el interés de su partido, cuando no con el suyo personal, del mismo modo que no diferencia la política –noble práctica de la que estamos tan necesitados- de los políticos. Ciertamente es peligroso generalizar, pero qué difícil resulta hoy sustraerse a ese ejercicio respecto a la clase política. Pero aquí nos referimos, claro está, a una determinada clase política, a esa que cuando toca poder lo usa para servir antes al partido que al Estado, intentando convertir las estructuras estatales en una máquina al servicio de su hegemonía, amén de la servidumbre actual al capitalismo desatado, del que se ha convertido, la susodicha clase política, en fiel gerente y administradora. Por más que se niegue, tanto sea en un diván freudiano como fuera de él.