lunes, 14 de octubre de 2019     Síganos en:      

Costa Digital

Sarita Lasauria/El mueble bar

12 de abril del 2012

Imprimir Noticia | Comentar esta noticia

Sarita Lasauria/El mueble bar

Lo confieso: me he comprado un mueble bar en un derroche pasional vintage por los años cincuenta  y por un sueño ancestral y peliculero de que un capitán de la marina americana me sirviera un dry martini en noche loca. Pero nostalgias a un lado, tal que está el patio de los precios y la crisis, siempre queda el consuelo de echarte a la bebida en el mueble bar de casa. Ya sé que con mi postura perjudico a los negocios de hostelería y sobre todo traiciono a las barras de mi vida, pero es que estas se han convertido últimamente en la superficie donde una Premium, que llaman ahora los cursis a todo lo que tenga precio de reserva, te supone 15 euros del ala por ponme aquí un jardín frutal en el gin-tonic que te prepara un camarero esculpido en el gym más exclusivo.
De cualquier modo, servidora no está ya para el trote de las barras. Y lo peor: no está para que ningún camarero esculpido en el gym más exclusivo se fije en una más de lo que tarda en poner el mentado jardín frutal; porque eso sí, mucha manzana, mucha fresa y mucho pepino, pero de la Premium ponen simplemente la esencia. Así que, te quedas abstemia y encima con la sospecha, también sospecho eterna, que ya ningún camarero, a no ser un asalta tumbas o un maleducado, te desaloje del señora y te termine por susurrar al oído aquello de acabo a las tres de la madrugada muñeca.
Sin ir más lejos, esta Semana Santa me he encerrado en casa en profunda vigilia de penitentes, horquilleros, costaleros y legionarios que eran mis preferencias en las procesiones. Y me he entregado a mi mueble bar. Y es que de unos años a esta parte ninguno de esos oficios profesionales tienen a una en su punto de mira coquetón y solemne, ni tampoco una es una asalta cunas de acolititos. Al caso, de mi turbada pasión por dichos oficiantes tengo anécdotas sublimes, pero hoy contaré una. Una tarde de Jueves Santo un penitente de una virgen sevillana me requebró al pasar por mi lado diciéndome : “si el jueves santo del año que viene estas aquí te juro que me lio la manta a la cabeza, lo dejo todo y nos fugamos a Gibraltar”. Servidora al año siguiente, y cinco más, corrió a la misma hora y a la misma esquina sevillana y por allí pasaba mi fornido penitente para retrasar la espera hasta el otro año. Sinceramente aquello me provocaba un morbo que ni una legión de dependientes de Abercrombie & Fitch a una lagartona fashionista de hoy . Y debo confesar que durante las horas previas al encuentro, por no decir meses previos, me ilusionaba la idea de que aquel año descubriría la identidad y pasaría la noche en Gibraltar con el apuesto encapuchado que, en literatura muy coplera le imaginaba casado con una marquesona de rancio blasón y de porte a lo madrina que cantaba Juana Reina, y a la que abandonaba por el amor pasional y joven de servidora . Pero el último jueves de aquellos que esperé ansiosa el paso de mi penitente, se me acercó una mantilla con trazas de camionero de Kansas y me espetó: “serrana agárrate del brazo que nos vamos a Gibraltar”. Al momento, comprenderán, quedé petrificada, pero luego con mi proverbial ecuanimidad entendí que las ilusiones y los embelecos de todos aquellos años habían valido la pena pese a que el penitente fuese lesbianón y no de pocos kilates. 
Y miren por dónde, siempre soñando en tener este mueble bar de película para decirle a un capitán de la marina americana que me preparara un dry martini, y ahora que lo tengo, digo el bar no al macizo, aquellos capitanes son ya generales jubilados. Así es la vida: cuando ponemos una ilusión en algo al fin llega y no es éste lo importante sino el camino