domingo, 19 de mayo de 2019     Síganos en:      

Costa Digital

De Granada a Yecla / Ángeles García-Fresneda
(Hallé consolación en la poesía de Tomás Hernández Molina)

15 de abril del 2019

Imprimir Noticia | Comentar esta noticia

<div>De Granada a Yecla / Ángeles García-Fresneda<br />(Hallé consolación en la poesía de Tomás Hernández Molina)</div>


Dicen que el paisaje es la percepción humana, subjetiva, de ese manto frágil de la tierra que es el suelo. Uno de los peores traumas para cualquier especie animal es la destrucción brusca y acelerada del suelo que habita. Voy de Granada a Yecla, en un viaje que solo dura dos días, para reunirme con los compañeros de Salvemos el Arabí y para constatar la magnitud irremediable del desastre. Es tan lento el devenir geológico, que han tardado ocho millones de años en secarse las lagunas de Guadix-Baza, hijas del brazo de mar que entró por el Estrecho de Dehesas (pueblo famoso hoy por la macrogranja que quieren instalar para cerrar el círculo porcino de La Puebla y Castilléjar); era tan lento el devenir histórico, que en estas comarcas nunca ocurrió casi nada: nuestros padres todavía trabajaban el esparto como en la Edad del Bronce y, en las noches de agosto, el olor de los rastrojos bajo el cielo esplendoroso, casi te hacía rezar.

   No hay consuelo ante la arquitectura tradicional derrumbada junto a las carreteras, las casas señoriales de los centros históricos vacías y agrietadas, los árboles talados, los ríos secos bajo los puentes, las extensiones de monocultivos junto a instalaciones kilométricas donde los animales —amontonados como las piedras— pierden hasta su nombre. No hay consuelo. Por eso busco el lugar más solo de los bares de Yecla para leer a Tomás Hernández Molina, que me ha enviado su último libro todavía inédito — Nadie vendrá se llama— como si supiera que era justo el compañero de viaje que iba a necesitar.

   "Un manto de piedad sobre las piedras", dice de las mimosas amarillas y le canta al almendro común y solitario que "acompaña mi vida y marca el tiempo". Y contempla las cosas arruinadas (sin nostalgia alguna de Itálica famosa), no para crearlas artificiosamente desde su denso, admirable conocimiento de los clásicos, sino para rogarles que lo dejen pervivir en su escritura. Poesía que dignifica nuestra cultura campesina a través de los objetos humildes que han resistido todas las hecatombes de la historia para encarnar la resignación, el amor, el paso del tiempo y la muerte desde la percepción del poeta-personaje o del personaje-poeta Marco M. Félix:
‹‹Poeta en los confines del imperio,
Marco Minucio Félix, desterrado,

    "halló consolación en la desdicha…"

Tomás Hernández Molina, que vive con Almudena frente al mar de La Herradura y riega con vino bueno los recuerdos —Oro será el pasado—, ha llegado, como es lo propio de la edad, a la sabiduría senequista de la inutilidad y la servidumbre de lo superfluo. Es uno de los últimos —y grandes— poetas de la conciencia de una generación que nacimos en una sociedad agrícola (nuestros altiplanos semidesérticos, "Exquisitez de los barbechos", escribe) y vamos a morir en la era de la inteligencia artificial, el fin de la biodiversidad y la indiferencia por los nombres de las cosas pequeñas. Qué buena compañía, querido amigo, tu hondo, conmovedor compromiso moral de dejar escrito lo que hemos sido (ay, esos ángeles de esparto tejidos para el niño de los ojos azules).