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Costa Digital

Pedro Sánchez o cuando la táctica es estrategia

22 de enero del 2020

Autor: José María Sánchez Romera


Ya tenemos Gobierno, Presidente y Ministros, en plenas facultades legales en tanto que otorgadas las debidas atribuciones por el Parlamento al investir a Pedro Sánchez como cabeza del Ejecutivo. Nos han dicho de forma reiterada que un gobierno con funciones ejecutivas íntegras es imprescindible para el funcionamiento normal del Estado, idea que no comparto, pero que se aleja del objeto de estas líneas. En todo caso, ya está operativo el ansiado Gobierno salido de un respaldo, minoritario, raspado y precario, del Congreso de los Diputados.

    El gran debate de la investidura ha sido la credibilidad del candidato a la Presidencia, su ya acreditada virtud (?) para cambiar de criterio casi en simultaneidad con el final de la más rotunda de las afirmaciones. Como no podía ser de otro modo la oposición ha hurgado sañudamente en las contradicciones de Pedro Sánchez para desacreditar su discurso, un discurso tan contradictorio respecto del anterior, como lo será en el futuro el actual en relación con otro que considere el Presidente más acorde con sus intereses políticos más inmediatos o acuciantes. El socialista casi ni se ha molestado en tratar de desmentir o justificar su enésimo bandazo más allá de un tórpida explicación referente a la realidad parlamentaria salida de las urnas. Ese argumento es fácilmente rechazable con la mera constatación de la amplitud de diputados que quedan fuera de ese acuerdo y con los que fácilmente podría haberse logrado la investidura de un gobierno más estable parlamentariamente que el actual y que podría gobernar con consensos más transversales. El candidato simplemente ha optado por unos determinados apoyos políticos pensando tal vez que los puntos de acuerdo pueden ser más fáciles de alcanzar (memoria histórica, política fiscal, territorial, laboral, feminismo…). Todo hace pensar que vamos a las ya conocidas recetas de gasto y legislación de fuerte carga ideológica que no tienen precisamente buenos precedentes ni en nuestro país ni fuera de él. Cosa distinta es que los resultados respondan después a lo diseñado por la teoría. En todo caso hay que reconocer que la izquierda tiene una habilidad asombrosa para elaborar teorías “biensonantes” cuyos resultados prácticos son muy negativos, pero que luego se apuntan en el debe de alguien distinto al que decidió llevarla a cabo. Si lo resultados de la teoría son recurrentemente malos, puede que la teoría sea equivocada, pero si en política los fracasos son huérfanos, en la izquierda la habilidad para eludir su paternidad raya en lo artístico, este mérito hay que reconocérselo sin ambages, en paralelo con el escaso activismo del centro-derecha para no dejar al oponente que se escape del cepo.

    Los partidos de centro-derecha han sido especialmente duros con Pedro Sánchez recordando sus solemnes afirmaciones en campaña,  señaladamente las de no pactar con los comunistas ni con el separatismo, tan flagrantemente incumplidas en tiempo récord que desde luego como mínimo causa asombro por su falta de pudor. Ciertamente la crítica de la oposición es lógica y políticamente intachable (para qué está si no la oposición) y es evidente que en la situación inversa los partidos que ahora conforman el bloque gubernamental habrían hecho lo mismo. Pero de otros tiempos se recuerdan virajes políticos que se llevaban a cabo con cierta pausa, lanzando mensajes poco explícitos pero indicativos de que se preparaba esa mutación de rumbo o apuntando necesidades políticas que trataban de ir llevando a la opinión pública a entender el cambio de criterio. Pedro Sánchez, es, sin embargo, descarnado, rotundo en su rectificación, carente del menor disimulo y además, como dijo la diputada separatista de ERC, le importa un comino, ya está acostumbrado a que la crítica que soporta tenga siempre el mismo origen, su labilidad política. Sin detenerse a construir un puente, salta de una orilla en la que ordena a la fiscalía detener como sea a Puigdemont, al otro lado del río para sentarse de tú a tú con el separatismo, declarar en fin de la judicialización (como si sólo dependiera de él) y recibir a su inhabilitado Presidente como si el Tribunal Supremo y las juntas electorales no le hubieran retirado su acta de parlamentario. Pero esa ha sido la constante en el devenir político de Pedro Sánchez. Fue aupado por los popes socialistas a la Secretaría General del Partido en aquel momento de desconcierto causado por el “postzapaterismo”, por ser precisamente un moderado, un socialdemócrata, un joven político de centro-izquierda que proyectara una imagen más modulada del socialismo tras su abrupta salida del gobierno en 2.011. Apareció como candidato del PSOE a la Moncloa con una enorme bandera de España, pero tras un resultado catastrófico, que él calificó como histórico (¡), en las elecciones, no tardó en mostrarse como un radical cuando cegó a Mariano Rajoy toda posibilidad de formar gobierno con su nihilista “no es no” y salió aún más radicalizado de su traumática defenestración de la Secretaría General del partido. Del mismo modo que ahora, tras negar un tiempo que se prestase a toda componenda parlamentaria que le permitiera llegar a la Presidencia del Gobierno merced a un pacto de fuerzas tan heterogéneas como el que ha conformado ahora, en la legislatura salida de las urnas del verano de 2.018, no titubeó en desbancar a Rajoy tomando como pretexto una frase de una Sentencia que ni siquiera era firme. Advierta por cierto el lector que una resolución judicial, consecuencia de una de las piezas del caso GURTEL, dio apoyo para derribar un gobierno que había ganado las elecciones y acababa de aprobar unos presupuestos. Sin embargo desde cierto sector leguleyo con notable eco mediático se está discutiendo si un condenado por delito de desobediencia puede ser privado a su escaño autonómico pese a que ello está expresamente previsto en las leyes.

    La conclusión que debemos sacar de todo lo anterior es que Pedro Sánchez no es lo que se llama en sentido coloquial un mentiroso, es simplemente un político oportunista en su más prístina manifestación, aunque tampoco se le puede llamar maquiavélico porque tal adjetivo está reservado a habilidades de mucho mayor fuste que el simple cambio de opinión en función de las conveniencias. Por tanto haremos mal todos en excitarnos y montar en cólera con los “loopings” políticos del Sr. Sánchez, Sánchez no cambia de idea, no cambia de política, ésa es su política, su política es cambiar en función de lo que entiende que son sus intereses, como los antiguos reyes, las cosas eran buenas si así placían al monarca. Y mal harán sus actuales socios en creer que con ellos va a proceder de otra manera. La mesa bilateral con el separatismo catalán saltará por los aires tan pronto crea que le conviene dar un manotazo sobre ella, igual que cualquier mañana los ministros de PODEMOS pueden desayunarse con su cese en el BOE si cree que eso es lo que le conviene. Puede que Casado reciba ese día la llamada que no le devolvió la noche de las elecciones o que una mañana le conteste a Arrimadas en el Congreso que su idea de los 221 diputados constitucionalistas le parece una gran necesidad para España. La ejecutoria política de Pedro Sánchez no es el cambio permanente de táctica sino que el cambio permanente es su estrategia.  Ello no lo hace imprevisible sino todo lo contrario y por eso, esto deberán entenderlo bien sus adversarios y sus siempre circunstanciales aliados, todo es posible en y con Sánchez.


José María Sánchez Romera.

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