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Costa Digital

EL DISCURSO DEL MÉTODO y 2

26 de junio del 2019

Autor: José María Sánchez Romera



Con este artículo, producto junto con el anterior de una serie pensamientos acumulados, se pretende la continuación de la puesta en debate de algunas ideas con las que contribuir a la mejora de nuestra ciudad, muy lejos en su intención y contenido de proponer una especie de programa de puntos concretos en lo que serían unos objetivos de gestión municipal. Ahora damos vuelta al título de la obra de Descartes para ponerlo en el orden original. En ambos textos se trata de exteriorizar unas pocas nociones, muy elementales, que quieren ser un esbozo de gobierno local orientado a la austeridad y los consensos esenciales, que articule un proyecto de ciudad desde tales principios y a partir de ahí reparta mediante la diversificación de sus fuentes de ingresos, el esfuerzo de los ciudadanos para mantener su administración. Sea como aquí se propone o con otros parámetros, sería importante confluir en acuerdos básicos de modelo porque media ciudad no puede hablar de espaldas a la otra media y viceversa. Para ese encuentro hay espacio suficiente partiendo de las legítimas discrepancias y creo que eso es lo que demandan los tiempos y la realidad que nos ha tocado vivir. Pero qué hacer, cómo hacerlo, esos son las grandes cuestiones.


    Qué hacer. Démosle la vuelta, qué no hacer. Debemos pensar en dirigir la ciudad mediante una gobernanza integradora, evitando lo que pueda resultar sectario. En términos de buena gobernanza se trata integrar a los demás desde las propias ideas, no hay que renunciar a aplicarlas, en términos sectarios se trata de segregar deliberadamente alresto imponiendo de forma extrema y totalitaria mis principios y hacer de la política de discrepancia perpetua el eje de una estrategia y no de una gestión. Una perspectiva liberal nos diría que lo bueno es una administración orientada a dejar libertad de iniciativa a los particulares sin trámites innecesarios ni burocracia paralizante. En la comprensión de otra parte de la misma realidad también se nos aparecen problemas en los que no se puede dejar todo al albur de lo que a cada uno le depare la suerte. La cuestión está en determinar cuales son las demandas sociales realmente merecedoras de la intervención públicapara diferenciarlas de las estructuras puramente políticas que se cobijan bajo esa denominación de políticas sociales. Y a partir de ahí, observando de forma realista los medios de que se dispone, establecer las prioridades. Sea cual sea nuestra ideología, distinguir lo que es necesidad social delo que resulta mera estructura política es bastante sencillo, eso no es una cuestión que se defina de forma ideológica, otra cosa es lo que a cada uno le impongan sus conceptos de estructuracióndel poder, si se da prioridad al control social creando organismos políticos o si el gobierno lo que debe es facilitar que la iniciativa ciudadana esté limitada solo por aquello que pueda afectar negativamente al interés común. Qué es mejor o peor, pues se dice por ahí que “por sus frutos los conoceréis”. Deliberadamente no voy a pasar de plantear esa dicotomía, aunque creo que se me entenderá bastante bien.


Un reflejo esencial de todo lo anterior es cómo se define hoy en día una ciudad por sus criterios de crecimiento y de la organización de sus espacios. Ello va a determinar sus vías de comunicación, que a su vez articulan las relaciones sociales, la interacción económica y a la vez imagen que se proyecte al exterior, adquiriendo esto último gran importancia al ser, en nuestro caso, una villa turística. Es evidente que Almuñécar necesita mediante un nuevo PGOU redefinir bastantes de sus conceptos urbanos con todo lo que ello arrastra pues condiciona la vida ciudadana. Nuestro plan de ordenación urbana vigente data de 1.987 y es obvio que en treinta y dos años cambian demasiadas cosas como para que siga siendo un instrumento eficaz de desarrollo. Dicha norma ha atravesado en su vigencia crisis económicas, crisis de la construcción, cambios de hábitos sociales, un incremento de los elementos de transporte y también crisis políticas que dejan su impronta en el modo en que se gestiona el urbanismo. Durante muchos años, incluso desde antes de 1.987, la construcción ha sido un motor económico que ha tirado de todos los sectores comerciales y profesionales. Al llegar la crisis de 2.008 causada fundamentalmente por la burbuja de precios causada por la actividad urbanística se produce un desplome del sector tan traumático que a fecha de hoy, en el año 2.019, y pese a un remonte palpable en muchos lugares de España, aquí no ha existido el menor indicio de recuperación. La profundidad de la crisis con esa especial incidencia en la construcción ha llevado al sector desde un dinamismo casi frenético a su práctica desaparición. La cuestión es que esto no es un problema, es el problema, porque Almuñécar tiene escasas fuentes de recursos explotables al margen de esa actividad económica y en estos años no ha sido sustituida por ninguna otra de manera mínimamente eficaz. Y en esa tesitura se necesitan dos cosas: revitalizar el sector y crear otros negocios que ayuden a elevar el PIB de Almuñécar. Nos centraremos en el primero porque el segundo pasa por diseñar un plan que sirva para atraer inversiones que ahora no es del caso abordar.


Resulta de lo más trivial plantearse el motivo por el cual Almuñécar ha sido un destino querido y buscado por muchas personas de fuera de nuestra localidad para vivir aquí de forma permanente o por temporadas. El clima, el mar, la proximidad a grandes poblaciones, la propia ciudad en fin. Por consiguiente el crecimiento urbano más allá del mayor o menor acierto de cada decisión concreta, tiene que ver con el normal deseo humano de habitar un lugar que combina las características que hemos expuesto. Es fácil concluir entonces que Almuñécar tiene unos valores intrínsecos que invitan a habitarla y que por ello debemos preservar y potenciar, lo que nos lleva a recordar que no siempre hemos sido tratados con justicia por otras administraciones que nos han causado un daño reputacional considerable de graves repercusiones en diversos órdenes. La constatación anterior no excluye, por supuesto, que hagamos introspección y asumamos también una importante cuota de autocrítica porque muchas cosas no se han hecho bien y han tenido, y dejado visibles, sus consecuencias. No son tampoco desdeñables en lo negativo ciertas campañas mediáticas y políticas en las que corrupción y construcción estuvieron indisolublemente ligadas y que sin negar su fundamento, al generalizarsede forma indiscriminada, han causado un daño casi irreparable. ¿Alguien imagina a la prensa e instituciones alemanas disuadiendo a la gente de comprar coches porque se producen accidentes mortales al circular con ellos, haciendo dudar de los controles de seguridad en las fábricas?. Pues aquí hemos estado años destrozando nuestra imagen, aventando la idea de que políticos y promotores eran las dos caras de una misma moneda corrupta. Hacer pagar a los culpables no hacía necesario destruir un factor económico tan esencial.


Se ofrece pues ineludible concebir un nuevo modelo de crecimiento urbano, acorde con las nuevas circunstancias, más extendido, con más espacios y más abierto, no exento de problemas que también habrá que afrontar. La masificación urbana no es hoy un atractivo para una ciudad turística que  debe aspirar a ofrecer calidad y excelencia. No sería malo explorar la mejora de nuestro parque urbanístico por la vía de la sustitución de lo más obsoleto e inhabitable mediante los correspondientes estímulos fiscales, muy especialmente en el caso de la autopromoción. En todo caso, sólo existe una opción inaceptable, languidecer. En definitiva, habrá infinidad de ideas concretas para la innovación cuyo detalle no es el objeto de estas reflexiones que sólo han pretendido establecer una especie de diálogo entre el pasado y el presente como herramienta para razonar sobre las decisiones que puedan tomarse ya que las mismas van a determinar lo que seremos.


José María Sánchez Romera.

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