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Remedos churchillianos / José María Sánchez Romera

03 de abril del 2020

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Remedos churchillianos / José María Sánchez Romera



Qué socorrido se ha vuelto Mr. Churchill en estos días. El viejo león inglés hasta ahora casi un desconocido para la inmensa mayoría de nuestros políticos se ha convertido en una mina retórica para estos tiempos ya bautizados como de guerra por razón de los efectos que tendrá toda esta catástrofe. Con el tiempo comprobaremos si lo que ahora semejan errores o faltas de visión no han sido algo peor. Pero sigamos con el político británico.

Churchill desde mediados de los años 30, contra todo y contra todos, incluido su partido que lo denostaba en privado y lo insultaba en el Parlamento, venía avisando del peligro hitleriano. Advertía las claras intenciones bélicas del “cabo austríaco” (según lo motejó Hindenburg) delatadas no sólo por lo que los servicios de inteligencia conocían (que Churchill consiguió que se le filtrara) y por ellos el gobierno británico, sino por las diversas acciones que  a la vista de todos iba llevando a cabo el Canciller alemán. Obtención de plenos poderes del Reichstag, leyes antisemitas, reocupación por tropas del ejército alemán de la Cuenca del Rühr, desmilitarizada por el Tratado de Versalles, incumplimiento del propio Tratado, anexión de Austria (el Anschluss) y un largo etcétera de actos que evidenciaban la deriva bélica que Hitler imponía a su recién declarado Tercer Reich con su fantasía milenarista añadida. Y Churchill, en la mayor soledad, con enorme coste personal y porque tenía ciertamente un instinto político singular, no dejó de denunciar, pese a los ataques que recibía, lo que a él se le aparecía tan claro y que otros conocían, especialmente los gobiernos de la época liderados por Baldwin como Primer Ministro y más tarde por Chamberlain.

Llegado el 1 de septiembre de 1.939 con la invasión de Polonia y la declaración de Guerra a Alemania por parte del Gobierno Británico, Churchill es llamado como Primer Lord del Almirantazgo (Ministro de Marina) y unos meses más tarde designado Primer Ministro. Desde su nombramiento Churchill desplegó una estrategia motivadora de la población frente al enemigo que se le venía encima y que acababa de aplastar de manera avasalladora a Francia, tenida por uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Esa búsqueda de complicidad no se limitó a la ciudadanía, fue dirigida a todos los partidos políticos británicos en sus intervenciones parlamentarias. En definitiva trató de aunar a la nación, en realidad al Imperio como entonces se denominaban, tras una idea de resistencia a ultranza sin admitir la menor componenda con el enemigo. Radio y Parlamento fueron los vehículos de sus mensajes los cuales pusieron a toda la Gran Bretaña con sus colonias y antiguos dominios tras su liderazgo.

Pero qué hizo Churchill al ver ratificadas todas sus denuncias y advertencias previas a la Segunda Guerra Mundial y por esa razón conducido a la dirección política del país. Pues hizo todo menos mirar atrás, todo menos recrearse en sus proféticas palabras, todo menos decir que nunca se había visto en esa situación y que por ello cometía errores, todo menos echar la culpa a los que lo precedieron en el cargo y en las decisiones. Unió a todo el Parlamento con él, creó un Gabinete de Guerra dando entrada a los partidos allí representados y un gobierno de coalición para sumar en el esfuerzo de guerra. Hizo todo menos buscar excusas, todo menos decir que no había dónde comprar suministros de defensa. Al contrario impulsó la maquinaria de la industria británica y además tejió el vínculo atlántico con la Norteamérica de Roosevelt, concertando el acuerdo de Préstamo y Arriendo para obtener armamento y materias primas de los USA. No sólo eso: defendió la buena fe de sus predecesores y asumió su legado con valentía y generosidad.

No es suficiente con parafrasear a Churchill, impostar poses dramáticas y pedir esfuerzos colectivos si eso no va acompañado de un trabajo eficaz, de la asunción de las responsabilidades correspondientes y la dejación de los cómodos pretextos para encubrir los errores o los contratiempos. Es ineficaz invocar el interés público o el bien común si tras ello aparecen las políticas partidistas. Huelga pedir la unidad si no es para mutualizar las decisiones que deben solventar la situación que padecemos.

Es un fraude invocar a Churchill como si su legado político fuera un viejo recetario de cocina recuperado para lanzar frases altisonantes ante los ciudadanos y salir así del paso. Churchill entre otras cosas elaboraba con cuidado y esmero sus discursos, los redactaba él íntegros, no estaba en manos de avispados asesores ni de los modernos brujos de la comunicación política. Sus discursos convencían por eso, porque salían de su interior y traslucían la sinceridad de quien expresa convicciones verdaderas y no ideas prestadas. Las palabras convencían porque nacían de quien las pronunciaba, no del magín de gurús, asesorados su vez por estadísticos, recauchutados después por gabinetes de prensa. Porque como decía Alejandro Sanz “no es lo mismo”.

P.S.: Pido al lector disculpas de antemano si advierte algún error o alguna imprecisión histórica o toponímica porque no he revisado la precisión de lo expuesto al haber redactado el texto basándome sólo en la memoria.

José María Sánchez Romera.