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En primera persona. Memorias del “Antigua Sexi” / Tomás Hernández

18 de noviembre del 2019

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En primera persona. Memorias del “Antigua Sexi” / Tomás Hernández


    En aquel instituto los pasillos eran un largo barandal que daba a los patios de recreo, sobre las copas de los árboles, nísperos, palmeras, aguacates. En aquel instituto no había pasillos ni clases encerradas y la luz del mar entraba por todas partes.

    Allí haría amigos de lealtad y charlas después de las reuniones (consejos, claustros, seminarios) en la barra de un bar. Sin muchos medios, pizarra, tiza, un proyector, un libro, disfrutamos de celestinas y regentas, Aleixandre, San Juan y leíamos las jarchas de poetas anónimos.

    En la noche del pasado viernes recordamos todo aquello en una sencilla y elegante gala que abre la conmemoración de los cincuenta años del “Antigua Sexi”. Un empeño de locos, la ilusión de unos cuantos que se hizo casa de estudios y ahí permanece, medio siglo después, en las laderas de “Lo Colorao”.

    De allí salió el teatro a las calles del pueblo con Jesús Serrano y su escandalosa “Lisístrata”, Mamen Carballo, Pepe Extremera, Antonio Cantudo que revivió a los clásicos. Aunque a trasmano de todo, a sus aulas se acercaron, generosamente, a hablar de su obra, Antonio Muñoz Molina, que acababa de ganar el Planeta y pidió por honorarios un almuerzo tranquilo en algún lugar apartado junto al mar. Félix Grande, que habló de la poesía y sus dificultades; García Montero, que entusiasmó con sus “Coplas a la muerte de un colega”. Eduardo Alonso, sobre la construcción de una novela, Ángeles Mora, que prefirió leer en el recogimiento del aula, y algunos otros.

    No puedo mencionar aquí, nombre por nombre, la mayor y mejor herencia de todos esos años, el nombre de mis alumnos, uno a uno. Cuando, ya jubilado, los amigos me preguntaban si echaba algo de menos, siempre dije lo mismo, los ratos de charla sobre literatura con mis alumnos en las horas de clase. Cuando algunos de ellos me hablaban de sus incertidumbres sobre qué carrera estudiar, siempre dije lo mismo, una ocupación que te guste mucho y que, además, te paguen por hacerla. Así decía Pedro Salinas que vivía él su trabajo de profesor de literatura. Así la he vivido yo durante veinte años en aquel instituto sin pasillos ni aulas encerradas.

    Recordamos esa noche todas aquellas cosas y a los amigos que ya no están, Pepi Quesada, Gertrudis Jerónimo, Luis Vidal, Herminio Pérez, mi querido Gabriel García Grau cuya casa fue la mía en mis primeros años almuñequeros, mi sabia amiga Concha Jurado, que me invitaba a café en su biblioteca mientras me hablaba, con entusiasmo, de su libro de los libros, “De rerum natura” de Lucrecio y me permitía fumar, raro privilegio. Jesús Serrano y las largas conversaciones. Don Andrés Gaitán, de modales tradicionales y tan admirado por los alumnos, Pepe Lamolda, que llegaba el primero cada mañana y encendía un “ducados” o el sencillo Extremera.

    Felicito al equipo directivo, Antonio Martín Olid, Antonio Cantudo, Ana Pastora Jurado, Paz Santiago y a los organizadores de esta gala de apertura y, sobre todo, a los alumnos que la hicieron posible, como siempre.

Tomás Hernández