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Costa Digital

El método del discurso / José María Sánchez Romera

22 de junio del 2019

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Algunos, de forma paradójica, desde el materialismo histórico, profesan la misma suerte de fe que los cristianos cuando atribuyeron a Jesucristo la multiplicación de unos pocos panes y peces con los que alimentó a una muchedumbre que lo seguía. Desde la concepción sacralizada del sector público como gran distribuidor de la riqueza (cómo crearla es un problema que suelen soslayar), creen, y demostrado está lo contrario hasta el hartazgo, que se pueden cobrar altos impuestos, limitar los medios de creación de riqueza y disfrutar a la vez de entornos casi idílicos en los que todo el mundo tendrá de todo sin sacrificar nada. Los creyentes en la fe materialista sostienen que sólo unos cuantos privilegiados verán mermados sus millonarios beneficios para que el resto de la sociedad mejore sus condiciones de vida mediante la obtención de salarios sociales, ayudas públicas, grandes vías de comunicación, becas, subvenciones, educación gratuita de calidad, sanidad de primer orden y una interminable lista de comodidades que saldrían de esa inagotable faltriquera. Todo eso es una fantasía, como todo el mundo sabe o debiera saber, porque la experiencia ha desmentido una y otra vez tales ensueños (o mentiras), aunque ese discurso siempre suena muy bien, genera ilusiones en la sociedad y decir ese tipo de cosas resulta, salvo llevarlo a la práctica, lo más sencillo del mundo. Sobre todo porque ¿quién va a ponerse en contra de ello?. Si alguien dice “yo quiero que todo el mundo tenga una vivienda digna”, resultará imposible “a priori” negar la bondad de tan justo deseo. Pero la realidad de los medios limitados para necesidades ilimitadas se acaba imponiendo con la misma contundenciaque la ley de la gravedad actúa sobre quien salta al vacío pensando que volará.


Las llamadas políticas de gasto, que sólo pueden salir de altos y generalizados impuestos, y del endeudamiento público que pagarán las generaciones futuras (¿nos hemos preguntado qué pensarán de nosotros por dejarles semejante “regalo”?), lo que hacen es secuestrar el esfuerzo privado, tomar prestado lo que pagarán otros y distribuir riqueza no en lo que los millones de actos individuales de tipo económico conforman, sino en lo que deciden las élites políticas. Y tales élites políticas no deciden sólo en función del interés público sino también en función del suyo propio si ese interés tiene que ver con la renovación de la confianza de los electores, naturalmentesi hablamos de una democracia. Si hablamos de un régimen autoritario y/o populista añadiremos el componente de la más absoluta arbitrariedad. Por tanto no tienen por qué ser la recaudación y el gasto público excesivos las resultantes más genuinas del ejercicio democrático, sino que pueden ser los menos democráticos de los actos políticos, por cuanto limitan el libre uso de la riqueza generada por los administrados, aun cuando sea el producto de unas normas adoptadas en el marco de instituciones democráticas. Por tanto no hay mayor expresión de libertad que dejar en manos de cada individuo la decisión de lo que hace con la mayor parte posible de los bienes de que dispone y de las rentas que produce de forma legítima.


En Almuñécar, como en toda España, hemos celebrado hace escasas fechas elecciones municipales, ya se ha conformado un gobierno y éste tiene la tarea de afrontar la renovación de las bases para la prosperidad de nuestra ciudad. Si algo resulta evidente es que el modelo que hemos conocido hasta hace poco está agotado o al menos no podrá recuperarse ni de lejos al nivel que animaba nuestra economía. Esa tarea tiene que venir respaldada por unos objetivos claros y una búsqueda de consenso en el modelo de ciudad que acoja el mayor número de voluntades de los almuñequeros. Gobernar es un acto de responsabilidad y sacrificio, por tanto nada más alejado de una idea de ejercicio que no sea encontrar el bien común. Lamentablemente en nuestra amplia geografía los actos plenarios de constitución de algunos ayuntamientos se han visto salpicados de escenas que más se parecían a las tópicas celebraciones que hacen los agraciados del día 22 de diciembre que a esa noción de responsabilidad aneja a la obtención de un cargo público. Puede que esas actitudes no sean mayoritarias, pero puede también que una mayoría de los electores así lo perciba y eso cuestiona la propia democracia.


Pero, asumidas las dos premisas anteriores, responsabilidad en el gobierno y búsqueda de consenso social y político, no siendo fácil la conjunción de ambas premisas, pues las cosas no se obtienen sólo con quererlas, datos muy preocupantes van a pesar sin duda como una losa. Estar entre las ciudades con renta per cápita más baja de España, la más baja de la provincia, por detrás de Loja, correlato de una evidente ralentización, o algo más, económica, y la pérdida de población, no son la mejor clave de bóveda para iniciar un proyecto. Pero Almuñécar tiene potencialidades pendientes de traducir en actividad económica y que más pronto que tarde deberán ponerse en condiciones de contribuir al bien común a partir de la iniciativa privada. Es cierto que hay un debate soterrado entre algunos sectores de carácter “conservacionista” que son muy transversales políticamente, con razones perfectamente comprensibles, y otros grupos sociales que buscan un mayor dinamismo económico atendiendo al hecho cierto de un decrecimiento que se ha ido haciendo patente con el paso del tiempo.


Admitidas ambas realidades sociales, es forzoso reconocer la trascendencia de la conservación de elementos originales de la ciudad que la conecten con su pasado y su historia, lo que llamaríamos su esencia, pero igualmente ese afán de preservación no puede conducir a la paradoja del que muere de hambre extasiado en la contemplación de sus riquezas por no querer hacer uso de ellas. Entre concebir nuestra ciudad como una especie de “parque jurásico” o permitir un caos desarrollista que todos concebimos como una distopía, está la ordenación mesurada y productiva, con más vocación horizontal que vertical, vegetal, dotando fuentes de riqueza que a su vez conviertan en inmune nuestra identidad. Es posible el equilibrio sin destruir lo importante con el progreso económico que constituye el motor del progreso social. La actividad económica tiene como efecto inseparable la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía y dentro de ello, subrayo de forma deliberada, el que la carga impositiva no dependa sólo de los tributos que pagan los residentes o personas con intereses en la ciudad, sino que puedan aliviarse esas cargas por vía de los ingresos generados por la inversión, el impulso público a la modernización del tejido económico y la facilidad para crear negocios. Residenciar en el IBI, por ejemplo, la fuente principal que nutra el presupuesto municipal es una grave rémora para el bienestar de las rentas bajas y medias que viven y trabajan en nuestra ciudad o han depositado aquí una parte de su patrimonio. Es pues más justo diversificar el origen de los ingresos que permiten al sector público su necesario y correcto funcionamiento.


Es cierto que en determinadas etapas, lejanas y menos lejanas, se han cometido errores en el desarrollo urbano cuyo análisis excede los motivos de estas líneas. Pero con la misma objetividad debemos aceptar que el miedo a equivocarnos no puede paralizar el avance de la ciudad so pena de convertirnos en gárgolas inmóviles cuya única función es evacuar agua, del mismo modo que una sociedad estática sólo puede aspirar a un estéril drenaje del paso del tiempo mientras agoniza.


El futuro no existe, pero no habrá porvenir para una sociedad que no progresa, del mismo modo que el presente no puede ser sólido sin defender lo que siglos anteriores nos han legado. Las necesidades materiales sólo pueden subvenirse creando riqueza y ésta no proviene sólo de las palabras impresas en documentos oficiales, esas palabras deben prefigurar que el esfuerzo y el trabajo serán idóneos para dar frutos y no rémoras para los ciudadanos. Los que ya han doblado el cabo de su existencia quizá no deban a sus hijos tanto como materialmente quieren darles a diario y sí un horizonte más despejado para las vidas de quienes han de sucederles.

José María Sánchez Romera.