Una nueva ingravidez

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Después de numerosos intentos siempre abandonaba la lectura de los libros de Julian Barnes. De eso hace bastantes años.
Desde entonces Barnes ha envejecido. Y yo también, claro. Supongo que su escritura ha cambiado, del mismo modo que han cambiado mis gustos literarios.
Recientemente llegó a mis manos, “Niveles de vida”, obra de Barnes publicada hace dos o tres años. La leí hasta el final. Empecé a querer al escritor.
Poco después apareció “El ruido del tiempo”. Espléndido, como el anterior.
Ricamente documentada, la narración cuenta la atormentada historia de Shostakóvich  y las tremendas contradicciones creativas del músico, bajo la influencia del temido régimen estalinista. No lo tuvo fácil  Shostakóvich, dividido entre la libertad que le reclamaba su potencia creativa, y la sumisión artística que le exigía la dictadura soviética.
De la lectura de “El ruido del tiempo” volví otra vez a “Niveles de vida”, sobrecogido por la desaparición definitiva de mi madre.
Duelo con duelo. Recurrí a Barnes buscando el capítulo que el autor escribió en pleno duelo por la muerte de su mujer, donde deja constancia de su sufrimiento, del sin sentido de la vida, pero también del suceso banal de la muerte. “No es otra cosa que el universo cumpliendo su cometido”.
Le llevó tres años la escritura de ese breve relato. Tres años de despedida. Muchos, si se tienen más sesenta. Pocos, cuando el trayecto de vida compartido han sido más de treinta.
Asombra la sencillez con la que escribe lo que, una vez leído, parece obvio: “Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas y, si funciona, se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había.”
No son matemáticas. Es otra cosa.
Julian Barnes pierde, con el fallecimiento de su compañera, el resultado no calculable de esa suma, lo que el entrecruzamiento de ambas vidas, la de ella y la de él, había engendrado: un trozo común, único e irrepetible, compuesto por un pedazo de ella y un pedazo de él. Con su muerte ese anudamiento se deshace y un soporte, irreemplazable para Barnes, desaparece.
La aflicción y una soledad hecha de silencios se apoderan del autor. La muerte, la muerta, son temas tabú, no aptos en la vida social, se finge que no existen, se mantienen a una cómoda distancia. No habla de su mujer con los amigos, sólo de modo alusivo, eufemístico. A nadie interesa. Es el mentiroso be happy en funcionamiento.
Sin embargo, su memoria, sus pensamientos, sus movimientos, los hechos cotidianos de su vida, andar por una calle, oír una música, abrir una puerta, coger un libro, tomar un café, todo está conectado con el recuerdo de su mujer. No tiene otra salida para su duelo más que la escritura y el auxilio  inapreciable de sus sueños. Lo que no es poco.
De manera un tanto freudiana, como si se encontrase en un proceso analítico, su angustia le lleva a preguntarse por la elaboración del duelo y sobre su final, al que no ve fin. No busca una respuesta estándar, ni un procedimiento pret a porter, tampoco un engañoso fármaco, busca una fórmula propia que no entrevé.
Escribe y sueña. Escribe sobre la pérdida, sobre el dominante luto que todo lo empaña. Sueña con su mujer viva, con lo que hacían juntos. Tras varios años, un sueño le anuncia ese final sobre el que se venía preguntando. “Como los buenos finales, no lo vi venir”: Están felices, haciendo sus cosas habituales, de repente ella se da cuenta de que eso no es posible, que tiene que ser un sueño, “porque ahora ella sabía que estaba muerta”.
Ese sueño marcó un punto de inflexión, un giro.  El duelo tiene salida pero no tiene recompensa. Ni compensación. Ni sustituto de lo perdido. Simplemente se pasa a un nuevo estado. “Es el universo cumpliendo su cometido, y somos nosotros el cometido que cumple”.
Imaginamos, escribe Barnes al final de su escrito, que hemos combatido la aflicción, “que hemos sido resueltos, superado la tristeza, restregado la herrumbre de nuestra alma, y lo que en verdad ha ocurrido es que la aflicción se ha desplazado a otro sitio,  ha cambiado su propósito.”
Lo que en realidad sucede, continúa, es que en alguna parte se ha levantado una brisa y volvemos a ponernos en movimiento.
Y, entonces, desde la llanura del suelo, reaparece una antigua ingravidez: otra vez tomamos vuelo. Y con ese ligero viento comenzamos una nueva ficción.

2 comentarios en “Una nueva ingravidez

  1. Buenísimo este artículo…. Enhorabuena !!!
    Escribes muy bien sobre la pérdida, el duelo, la muerte y la vida, temas tabú…
    Pero también lo que se lee en este artículo y en la escritura del autor que mencionas es una auténtica, única y exclusiva historia de amor, me parece.
    Chapeau!!!!
    Me lo llevo a mi biografía en face para poderlo compartir….
    Gracias

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