Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba

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Una tarde del pasado mes de agosto, con el fuego saliendo del granito que cubre la plaza que tengo enfrente y las escasas posibilidades de callejear en un Madrid casi cerrado, me recluyo en mi casa.
El invento de internet, utilizado en dosis homeopáticas, resulta un buen auxilio para la ociosidad y de paso una ayuda para dispersar algunos concentrados productos mentales que vagan a sus anchas dentro de mí.
Así que internet como disolvente, aunque sea un poco.
Despreocupado, pues, me puse en mi ordenador a consultar la programación teatral para la temporada de este invierno. En el Teatro de La Abadía me encontré con una de las sorpresas de la tarde. Una novedad pensé: en noviembre se iba a representar El año del pensamiento mágico, célebre novela de Joan Didion. Por un temor, carente ya de fundamento, a no conseguir entradas, las compré en aquel momento.
Mis previsiones al respecto, que no son muchas, se estrellan por lo habitual contra las de unos amigos que conocen, con sorprendente exhaustividad, la cartelera teatral y cinematográfica de Madrid. No hay obra de teatro, por más alternativa que sea, que desconozcan o no hayan ido. Ella posee la habilidad para entrar por cualquier resquicio web y localizar en un instante lo que le interesa, pero por más que le pregunto no termina de confesarme cómo hace lo que se me ha convertido en curiosidad. Cuando días atrás le comenté que estuve en el Abadía viendo El año del pensamiento mágico, me contestó que ya la habían visto la temporada pasada en El Español.
De modo que para desconcierto mío, mi descubrimiento, mi primicia, era una reposición del año anterior y yo no me había enterado de nada. Seguramente, cuando tuve que estar atento, me encontraba en ese grado de dispersión que se acompaña de una muy confortable distracción.
Hace unos pocos años había leído una crítica literaria sobre dos obras de la  escritora norteamericana: El año del pensamiento mágico y Noches azules. Pese a la distancia literaria existente entre ambos relatos el crítico los igualaba. Como leí el último no llegué a leer el precedente. Sólo lo hice unos días antes de ir a ver su representación teatral.
Para Joan Didion dos pérdidas irreparables supusieron dos libros, el primero por su marido y el segundo por su hija, escritos en ese estado de soledad que acaece  cuando “eso sucede” y un trozo de vida queda perdido porque ya no forma parte de nada.
“Eso” fue el eufemismo del que Didion se sirvió para referirse a la muerte de sus seres más queridos e irreemplazables, cuyas ausencias se hacen interminables.
El día que “eso sucedió” acababa de volver, junto con su marido, del hospital en que se encontraba ingresada su única hija, de 37 años, en un estado de coma inducido. Se sientan a la mesa a cenar, él dobla la cabeza hacia adelante. Su corazón se ha parado. “La vida cambia en un instante”.
En la sala de urgencias la atiende un trabajador social que ella confunde con un médico. Le costó salir de su confusión: “Si te asignan un asistente social es que tienes un problema”, escribe con amarga ironía. En ese momento comenzó a entender, no a aceptar, que su marido había fallecido.
“Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”, escribió un año después de que “eso” sucediera la primera vez. Un año fue el tiempo que necesitó para comenzar a realizar el duelo por su marido. Para activarlo, para lidiar con el dolor, como ella misma dice. La enfermedad de su hija y sus propias resistencias personales le permitieron eludirlo.
El pensamiento mágico era la idea irracional de esperar la vuelta, de conservar zapatos, trajes y ropa, porque si él regresaba los iba a necesitar. Era volver a su casa con la insensata idea de que su marido la estaba esperando, y que iba a poder contarle hasta el último detalle del día.
Tras ese año cayó en la cuenta de que al dolor “hay que prestarle atención”, para poder continuar el trayecto de vida pendiente.
Un duelo hay que hacerlo. Resulta más inquietante la quietud que la angustia ante un acontecimiento de este alcance. A una muerte le siguen la tristeza, la depresión, la desesperanza, el sin sentido, el llanto. Eso hay que atravesarlo. Sufrimiento que un sector de la psiquiatría actual no quiere escuchar, ni presenciar y dónde Didion halló, inicialmente, la connivencia para mantener su afán de control, mediante el uso de medicamentos psicotrópicos que resecasen sus lágrimas y sofocasen su aflicción.
Un duelo, salvo excepciones, no es asunto médico.
Cuando lloramos por la muerte de un ser querido, escribe la autora con palabras en las que me reconozco,  lloramos también por nosotros mismos, por quienes ya no somos, por quienes hemos dejado de ser. También porque asoman las sombras de la transitoriedad.
Hay que dejar que quien un día partió de la vida se convierta sólo en un nombre, en una fotografía. Hay que dejar que se lo lleve el agua y el fuego y el viento y la tierra, hay que dejar que se convierta en una imagen, en una palabra, en un evanescente recuerdo.
Primero murió el marido. A los dos años murió la hija.
Se reprocha Joan Didion el desprecio que sintió por el llanto de la viuda de Dylan Thomas a la muerte de éste. No sabía aún, afirma, que “el dolor por la muerte de un ser querido carece de distancia, y llega en forma de oleadas que cancelan la normalidad de la vida”. Ráfagas de angustia que debilitan y desmoronan, a las que de entrada intentó neutralizar.
En el teatro de la Abadía, con el relato a medio leer todavía, iba reconociendo el monólogo a cargo de una sosegada Jeannine Mestre, y se me evidenciaba que la diferencia entre un texto escrito y un texto interpretado ponía de relieve acentos, matices y contenidos no conformes a los que mi subjetividad había subrayado.
Más allá del estilo de El año del pensamiento mágico, no muy afín a mis preferencias literarias, me sacudieron sus concisas y acertadas frases para recortar un determinado estado emocional, un recuerdo o una situación, y el testimonio, de indudable valor clínico, de lo que fue el proceso de duelo de Joan Didion.
Jeannine Mestre sale al escenario a ras de suelo, la tengo enfrente, a menos de tres metros y me dice, a mí, al público, estas palabras verdaderas, previas a su interpretación: “esto que voy a contarles puede pasarle a ustedes. Les va a pasar a ustedes”. Y comienza la función.

Francisco Cervilla

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