Surrealismo político

Si lo pueden hacer difícil no lo van hacer fácil. Como regidos por esta máxima, los líderes políticos, ratificados en sus posiciones y recogidos en su profundo ser, vuelven a la casilla de salida, tras haberse enrocado en unas llamadas líneas rojas que los confinan a su restringido espacio.
En el PP dicen que no las tienen. Ni falta que les hacen. Han logrado contar con una estructura antisísmica: son inamovibles. Salvo para regresar al pasado y bucear en el derecho laboral del siglo XIX (si tal cosa existió) con el fin de incorporarlo al del siglo XXI.
Las mismas caras, los mismos actores y el mismo guión, repiten en unas elecciones después de haber devuelto la papeleta para que sean los potenciales votantes los que se salten las cacareadas líneas rojas, en el caso de que las tengan. Si no se mueven ellos que se mueva el pueblo.
El espectáculo, si es que lo hay, es el efecto de repetición, y la repetición la señal de un fracaso. Es de suponer que los que mandan en la cosa saben -mal asunto sería que no lo supieran- que cualquier encuentro es deficitario respecto a las expectativas o las aspiraciones de lo que habría que encontrar o conseguir. Y que el encuentro, cuando se produce, se salda con una pérdida. Sólo así podrá haber alguna ganancia.
Los hay que de pérdidas no quieren saber nada. Son los que roban, pero también los que se extravían al tocar una parcela de poder, por pequeña que sea, cometiendo tropelías de muy diversa índole en relación a los otros: prebendas, privilegios, abusos jerárquicos, infatuaciones, arrogancias, moralinas, petulancias y llamativas jactancias, tras las cuales suele haber un gélido desierto. ¡Ay jefecillos, jefecillos! Aprendices de brujo, con qué facilidad declináis de vuestra profesión!
Ante ellos (de abajo arriba) bien viene aquella frase de cine en boca de un sabio y derrotado general: “Siempre fuimos gente honorable, pero servimos a hombres corruptos”.
En los últimos meses los responsables de los partidos han interpretado un mal remake de “El ángel exterminador”, de Luis Buñuel.
Recuerdo el argumento. Un grupo de personas distinguidas son invitadas a una cena en una gran mansión. Sorpresivamente el personal de servicio se va marchando de la fiesta, a la vez que van surgiendo momentos de tensión entre los invitados. Pasado un tiempo alguien anuncia que ya es hora de marcharse, otros, que opinan igual, se impacientan porque el primero no se marcha. En realidad, todos quieren ya abandonar la velada. Pero ninguno se va. Nadie deja la habitación y parece que por una extraña razón no pueden salir de ella, aunque nada lo impide. Una barrera invisible los confina en el salón. Buscan razones, excusas para no marcharse con tal de no cruzar el umbral de la sala. Finalmente invitados y anfitriones deciden pasar allí la noche. La noche se convierte en días, y los días en un absurdo cautiverio en el que paradójicamente se traspasan otras barreras, las que marcan las reglas de convivencia y se dejan en libertad las envidias, los celos, el caos, la acritud y la angustia.
En el exterior se produce una gran expectación por la reclusión de los moradores de la casa.
El desenlace tiene lugar cuando todos vuelven a la posición y actitud idénticas al momento en que comenzó el encantamiento. Volver al tiempo anterior. Sin embargo, el observador sabe que tras el encierro los personajes ya no son los mismos, no pueden serlo. Las señoriales apariencias son burdo disfraz.
La película termina con un oficio religioso de agradecimiento por el fin de la surrealista prisión y con la imagen de un rebaño de borregos dirigiéndose al templo.
La primera y última imagen de la obra, es una tentación pensarlo, abrochan entre sí. Puesto al desnudo el distinguido grupo, su secreto oculto aparece al final: son la tropilla de corderos. Es lo que son o lo que gustan provocar. Así, en blanco y negro. Sin color y sin entusiasmo.

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