Solo

Compra con anécdota en la librería La Central de Callao. Busco, sin encontrarlo, un libro recién publicado. Me dirijo al punto de información donde un joven librero lo trae rápidamente. El nombre del autor lo anima y me comenta su entusiasmo por la obra en cuestión. Añade que acaba de salir un libro, breve, de otro autor, cuya lectura le ha impactado. Va a por él: “Solo” de Strindberg. Lléveselo, me dice con ganas. Le hago caso y me llevo mis dos ejemplares.
Empiezo con Strindberg, de quien apenas conozco nada, salvo retazos sueltos de alguna pieza teatral.
Los momentos sencillos y luminosos del texto, que me recuerdan ligeramente a Walser, se alternan con tramos densos de una escritura desprendida, creo, de los conflictos subjetivos del escritor.
Las relaciones con los otros aparecen como un inconveniente, una complicación de la vida, una maraña configurada desde la infancia, que intenta poner a distancia. Muestra su pesimismo con el género humano, al que observa con mirada detenida, y del que se aísla sin vanidad y sin desinterés. No se excluye el autor de esa visión desesperanzada.
En su monólogo interior piensa y escribe que las palabras que se dicen, acaban pasando factura. Se refiere al mal-decir, a la maledicencia, a la tergiversación del lenguaje. Esa factura que llega es la deuda contraída con uno mismo. Es el malestar que surge cuando se suelta la lengua y se la deja ir enloquecida con la injuria, la ofensa y el desprecio. Es la culpa por haber dejado enmugrecer la responsabilidad sobre los propios dichos. Es, en definitiva, la congoja que se presenta cuando abandona, quien la tiene, la posición ética -rareza actual- que implica creer en la palabra como lugar donde habita el sujeto y donde un deseo noble puede transitar.
Pero esa factura no es para todos. Hablamos de personas subjetivamente responsables con los acontecimientos de su existencia, para quienes los otros -hechos de palabras, al fin- no son bultos que transportar, estorbos que sortear o afines a los que manejar. No son meros objetos de los que impúdicamente gozar.
Strindberg, en “Solo”, se aleja, hasta donde puede, de las convenciones de las relaciones sociales y elogia la soledad. La suya: en ella siente el placer de oír el silencio y las voces nuevas que en él pueden aparecer. Los otros no son el enemigo, al contrario los contempla muy atentamente, quizás tratando de encontrar en ellos rastros de lo propio perdido.
En la contraportada del libro puede leerse una conmovedora decisión: “Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mi mismo mi dieta espiritual. No tengo que ver a mis enemigos en mi propia casa, sentados a mi mesa, ni escuchar en silencio mientras alguien se burla de lo que yo más estimo… En una palabra soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías. No he sido nunca un tirano, lo único que he pretendido es dejar de ser tiranizado, cosa que no soportan las personas tiránicas. Al contrario, siempre he odiado a los tiranos, y esto es algo que los tiranos no perdonan”.
Existen sobradas constancias, los tiranos no perdonan. Y los hay por doquier: en lo público y en lo privado. Son los autoproclamados inocentes, víctimas o ignorantes de las propias tropelías, en una especie de centrifugado mental, que no hace sino confirmar grotescamente el proverbio francés: “Qui s’excusa, s’accuse”.
Abandonar al tirano (al amo particular), zafarse de lo peor de la vida, y sé que esto suena fuerte, tiene sus dificultades pues ese acto te adentra en la soledad.
Mi agradecimiento al joven librero por su entusiasta recomendación.

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