Secuestros

Hay autores que al leerlos, su nombre y una parte de su obra, se te quedan pegados para siempre. Es una cuestión de índole particular que tiene que ver con las resonancias subjetivas que su lectura te produce.
Georges Perec -uno de los grandes escritores franceses del siglo XX- es de los que permanecen. En ocasiones la lectura de su obra puede resultar entrañable, amena, grave, pero también árida. Seca. Experimentador de la escritura, no es un autor complaciente. Mantiene despierto a su lector. Lo activa, lo moviliza, y literalmente lo empuja a rastrear en lo ya leído. Retroacciones que impulsa a quien lo lee a realizar su propia lectura y, así, reordenar los elementos del puzle que el ingenio de Perec ha creado.
Al modo de un arqueólogo, Perec, va recogiendo los restos de existencia perdidos que encuentra. Retazos, incluidos los propios, con los que construye lo mejor de su obra.
Las fracciones de historia que cuenta, a modo de rompecabezas, son igual que la vida, hecha a trozos, forjada de fragmentos que el ser humano intenta ensamblar, hilvanando unas relaciones y otras, armando los diferentes capítulos de la existencia en busca de una unidad armónica. Pero la división persiste. Se vive a cachos. La unidad, descubres tarde o temprano, es una entelequia. Y cada cual recompone las piezas a su manera. Esa fragmentación puede ser rica y fecunda, también brutal y aplastante. Depende.
En la biografía de Perec hay una fractura incurable: durante su infancia sus padres fueron víctimas del holocausto nazi. Esa salvaje amputación borró toda la memoria sobre su niñez. Los recuerdos eran, para él, porciones de vida arrancados al vacío. A través del acto de escribir intentaba reconstituir algo de ese agujero que lo atravesó.
“Lo indecible –escribe en “W”- no está escondido en la escritura, es lo que mucho antes la ha desencadenado”. En este indecible que escapa al lenguaje, y que con la escritura trata de rodear, quizás se encuentre la causa de su deseo de escritor.
En una de sus novelas, “El secuestro”, recrea artificialmente un indecible: infringió una mutilación a la lengua. Creó un desierto para una vocal. En el texto original francés no aparece la letra “e”. En la traducción española se optó por suprimir la vocal “a”.
El experimento literario de excluir una letra del alfabeto, convierte esa letra en el núcleo central de la obra, en una falta esencial, no obstante tratarse de un texto terminado, concluido por su autor.
Esa letra extirpada, no le falta a la novela, le falta al lector que la convierte en su objeto de deseo: quisiera encontrarla en cada línea, en cada frase, y en cada palabra busca la que, con su vocal “a” injertada, pudiera esconderse detrás.
El lector (podríamos decir el sujeto, el neurótico, o sea la gran mayoría) corre el riesgo de ir tras lo que experimenta como falta para… taparla. Esa letra muda lo mantiene a la expectativa ante un universo simbólico susceptible de ser mutilado en un elemento fundamental. Perspectiva, para algunos, sumamente molesta en la medida que ese universo está plagado de representaciones y de significados considerados inmutables, en los que se cree a pie juntillas.
Con este invento, Perec, rompe la comodidad que proporciona el sentido del lenguaje y pone en entredicho la idea, placentera, de creer comprender: ilusión obnubilante que adormece y, de la que él, tan tempranamente despertó.
Creer comprender es la tendencia humana que alimenta el desconocimiento, y que mantiene a determinados sujetos ciegos y sordos a lo que llega de los otros. Es vivir con una ausencia absoluta de dudas sobre sí mismos, en una especie de -auto- secuestro cuyo agente es el propio pensamiento. Todo un síntoma y todo un problema actual que convierten en indispensables a Perec y similares

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