Quincallería sucia del corazón

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Me comenta mi amiga M, ocasional venero de descubrimientos literarios, que está leyendo la última novela del mexicano Guillermo Arriaga. Me lo cuenta dando por hecho que sé de quién habla.
No conozco a Guillermo Arriaga, suelta mi garganta.
Semanas después esa novela, “Salvaje”, se encuentra en todas las estanterías y todas las mesas de todas las librerías del país.
Mi desconocido escritor me provoca una momentánea sensación de ignorancia que pretendo salvar anotando mentalmente su nombre, para más tarde informarme sobre él.
Ahora sé que Arriaga comparte nombre con la Ciudad chiapaneca de los Vientos. Y sé que Eolo, dios de los aires, las brisas y los vientos, lo visita regularmente. Y presiento que durante esas visitas, Arriaga, puede volverse un vendaval, una ventisca devastadora, un torbellino que revoluciona lo que le rodea, un relámpago que relumbra e ilumina.
Con su nombre guardado en mi cabeza encontré, en uno de mis paseos por La Central de Callao en Madrid, dos obras suyas: un generoso volumen y un pequeño libro de relatos. Para probar elegí éste último, resultando su lectura un sorprendente sorbo, similar a un poderoso tequila que tragas de un golpe.
En la solapa del librito venía una fotografía del autor, con aires de cowboy, que enseguida reconocí y que yo había atribuido, desde hace tiempo, a otro escritor, el también mexicano Álvaro Enrigue. Esta fotografía me indicaba anteriores aunque olvidadas noticias de Arriaga.
Busqué más pistas revisando números antiguos de la revista Quimera, hasta encontrar un ejemplar de más de diez años, en el que le hacían una entrevista (mínima). Seguramente leída en aquella ocasión y, a continuación,  liquidadas de la memoria entrevista y nombre, a la vez que su imagen se la endosaba a otro. Está claro que no quería saber nada de él.
Vuelta a leer tras ese largo período de tiempo, las respuestas sugieren que Arriaga se encontraba, en aquel momento, aquejado de lo que Robert Walser llama mal de orgullo o, quizás, se encontrase, quién sabe, en pleno huracán.
Su queja, por la falta de reconocimiento a su obra, se tornaba menosprecio hacia su entorno literario. Y su reivindicación adoptaba un modo de autosuficiencia que conseguía empañar el indudable valor de sus afirmaciones acerca de la literatura y el cine. Tal vez fuesen éstas las causas de mi olvido. La proclamada importancia sobre su escritura, la infatuación, me alejó de la probable lectura.
No siempre se consigue diferenciar la persona de su genio creativo. Más bien, los prejuicios tienden a anudarlos.
Del autor en cuya escritura se reconoce algo particular que  conmueve la propia subjetividad, se suelen esperar las excelencias que a cada cual le dictan los hechizos de sus ideales.
Decía Auden que no es necesaria una relación entre la “actitud moral” de un creador y el valor estético de sus obras. Afirmaba que todo artista sabe que las fuentes de su arte se hallan en lo que Yeats llama “la quincallería sucia del corazón”: en sus momentos de lujuria, sus odios, sus envidias.
Sin embargo, en algunas ocasiones cuesta aislar una obra admirada del rechazo que logra  suscitar la persona que la alumbró, sobre todo si su existencia está demasiado cerca en el tiempo.
Mejor una prudente distancia. En eso el psicoanálisis es sabio. El analista apenas presta atención al ruidoso trajín de la persona que acude a sesión para, así, poder llegar a escuchar lo que anida en el núcleo de su ser.
Del artista importa no el barullo que lo acompaña, ni las prestancias que se le atribuyen, sino su genio creativo, ese genio que lo lleva, dicho sea con palabras de Arriaga, a caminar por esa zona de vitalidad y conflicto impresionantes que forma la frontera con el abismo, donde no existe la voluntad sino la creación y donde el arte es artificio.
No obstante la afirmación del gran Auden, hay un momento ineludible que conecta ética y estética: cuando el escritor consiente en entregarse al genio, cuando se presta al deseo que lo lleva al viaje solitario e incierto por esa región limítrofe referida por Arriaga, y donde los polisílabos se han desprendido de su significado, las palabras se han vuelto huidizas, el sentido no logra encadenarlas y la soledad se instala con apabullante solidez.
Ese territorio en el que no existe La Garantía, si es que alguna vez existió en algún lugar, resuena con ese mundo sin Dios, descrito por uno de los errátiles personajes de Arriaga, un mundo en el que “las cosas, los hombres, los animales se mueven solos. A este caos es a lo que llamamos vida… una pérdida de tiempo”.
Acaso sólo se trata de soportar eso. Arreglárselas con la quincalla y  fabricarse un artefacto para atravesar esa babel que llamamos vida.

 

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