Pereira buscaba a Tabucchi que estaba buscando a Pessoa

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Terminas de leer un libro, y con el sabor aún de la lectura, le buscas un lugar en una estantería donde quedará por tiempo indefinido. En ese momento imaginas que conoces ese libro. Pasan los años y esa idea persiste. Te equivocas. Inadvertidamente el libro se ha ido alejando de ti, se ha vuelto otro. Tú tampoco eres el mismo.
En otras lecturas que haces es posible que encuentres referencias sobre ese libro. Creerás entenderlas. Te equivocas otra vez. Si aceptas tu error el libro comenzará a llamarte, te avisará de su presencia y lo colocarás en la lista imaginaria de lecturas pendientes.
Una vez decides leerlo te espera una sorpresa: descubrirás un texto nuevo. Distinto al que recuerdas. Sucede con cierta frecuencia.
En un momento mío particular en que El libro del desasosiego me convocaba, se me interpuso -felizmente y sin menoscabo de Pessoa- Sostiene Pereira, y fui a buscarlo a la estantería.
La lectura fue doblemente grata al imaginarme todo el tiempo a un Pereira encarnado por un magistral  Mastroianni.
En un breve comentario a su novela, sostenía Tabucchi que después de una de sus primeras visitas a Lisboa, adonde fue buscando las huellas de Pessoa, el pessoaiano Pereira se le empezó a aparecer de manera un tanto indecisa, dándole señales  difusas y borrosas.
Inicialmente Tabucchi no le prestaba demasiada atención. Pero Pereira, que resultó ser más tenaz de lo que pudiera pensarse, continuó visitándolo en ese espacio de tiempo previo al sueño que era cuando el escritor cavilaba sobre sus personajes. Pereira, que andaba a la búsqueda de autor, logró conquistarlo para su causa.
Tabucchi le tomó cariño y comenzó a dejarlo hablar, a escuchar su historia, sus dudas, sus miedos, sus preocupaciones, su alarma ante los inesperados avatares que Pereira llegó a vivir en los oscuros tiempos del Portugal salazarista.
Solitario, viudo, nostálgico, infeliz, cardiópata, obeso, con el alma ahogada por la tanta carnosidad que la rodeaba y lejos de otros momentos periodísticos más notorios, Pereira andaba perdido en un triste trabajo de cronista cultural para un panfletario y anodino periódico lisboeta.
Hundía allí su pesadumbre, dando la espalda a la muy adversa  realidad circundante, arrojando al olvido su capacidad de discernimiento, abandonando su patrimonio intelectual. Y ese estado de Pereira, que no el sujeto Pereira, durante la lectura se me convierte de golpe  en metáfora de la banalidad del mundo actual, en metáfora de esa actitud de indiferencia humana frente al mal ajeno que este sistema hábilmente ha sabido  inocular.
Su plana cotidianeidad la compartía con el retrato de su fallecida esposa, única compañía que le importaba. De manera un tanto automática hablaba a ese retrato, signo de ausencia: palabras inútiles en su boca, dichas al vacío causado por una existencia extinguida e irreemplazable.
La foto venerada de Pereira, clisé central que respiraba –sostenía Pereira, te hace pensar en la foto que tú, con secreto anhelo, guardas de la persona querida tuya ida de la vida, a la que miras buscando una señal, la devolución de una mirada imposible sabiéndola imposible, es la foto que tienes cerca como testigo y recuerdo de lo que una vez fuiste, que te evoca la eterna ausencia, el desaparecido tiempo común, la insalvable separación entre la vida y la muerte. Y esa foto, la fuerza de su presencia, te das cuenta, acaba matando los recuerdos, los gestos y las miradas, la voz y los dichos, las ocasiones y los acontecimientos. Acaba matando la memoria que quieres conservar. Porque ese instante robado al tiempo, ese retrato que se convierte en único se va tragando una ingente multitud de otros instantes, a la vez que la imagen se va volviendo hierática, inexpresiva,  muda, de una quietud infinita, y termina por no decir nada y no angustiar, hasta que logra tapar todo lo que había que tapar. Tal vez sea ésta su función.
Toda vida es una tentativa, creo haber leído en Borges. Pareciera que Pereira –y tengo la impresión de haber dejado de seguir a Tabucchi hace un rato- tuviera la voluntad de renunciar a su tentativa, de enterrarla con su mujer o sepultarla bajo la dictadura infame de Oliveira de Salazar.
Pero en el núcleo de su declive, de su renuncia, el sujeto Pereira bulle. Ese sujeto, él mismo, es su mayor desasosiego. El deseo arde en un cuerpo que no responde, decía un octogenario Samuel Beckett. Ese no vivir, esa alteración íntima, es lo que le impide a Pereira instalarse en una vida que era un morir continuo. Y por eso fue posible un encuentro por el que se dejó llevar y que lo lanzó a una cadena de acontecimientos que lo pusieron en la senda de su deseo.
Y como quería salir del anonimato, dejar de ser extranjero en todas partes y dar un grito al mundo, Pereira buscó a Tabucchi que estaba buscando a Pessoa, y Tabucchi lo escuchó y le prestó su escritura, y a cambio  ayudó a Tabucchi a  encontrar el espíritu pessoaiano por las cuestas, plazas, rincones y cafés de Lisboa, y Tabucchi pudo así escribir el entrañable relato que tituló Sostiene Pereira.

Francisco Cervilla

 

 

2 comentarios en “Pereira buscaba a Tabucchi que estaba buscando a Pessoa

  1. Me ha encantado leer este texto Y lo he seguido con lav emoción de ir coincidiendo . Me ocurre lo que dice con respecto a determinadas lecturas a las que recurro despues de tiempo y cómo por casualidad y es una sensacion de reencuentro y hallazgo dificil de explicar.

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