Mejor escéptico que cínico (o trepa)

Es mejor seguir siendo escéptico que volverse cínico, escribe Günter Grass en “Es cuento largo”, su complejo libro sobre la caída del muro de Berlín.
La afirmación, a bote pronto, resulta auténtica. Una de esas frases que de vez en cuando sueltan los buenos escritores y resuenan como algo verdadero: mejor escéptico que cínico.
Del cinismo somos tan autores como víctimas. Tolerado y sostenido socialmente es uno de los principales ingredientes de la condición humana de esta época. Germen de la corrupción.
Organizado por una arquitectura mental narcisista, inmune y ciego a cualquier crítica propia o ajena, el provecho personal es lo prioritario para el cínico: toma al otro semejante como objeto que puede utilizar a su antojo, para su propio beneficio y satisfacción.
Hasta no hace muchos años ese era el funcionamiento normal del trepa, el cual se encargaba de enmascararlo: estaba mal visto. Ahora, conforme se ha ido aceptando, se llama ambición legítima. El cínico contemporáneo se autoriza a serlo. Se contradice, dice, se desdice: no importa, todo vale. Su abanico es -por usar un eufemismo reciente, ya expirado- transversal, de izquierda a derecha.
El escéptico, por su parte, es alguien que, tras cierto recorrido, se mantiene a distancia. No vive en la certeza de un saber cerrado, fuente de pre-juicios y dogmatismos. Los otros no suelen ser instrumentos que estén ahí para su goce particular. Se le confunde con el pesimista, categoría considerada negativa a la que se le opone el “hay que ser positivo”. Fórmula estándar repetida hasta la saciedad, que no es sino la propuesta de una ficcioncilla, un engaño, para aguantar un poco más.
El “sé positivo” generalizado -banal, reduccionista y simplificador- debió salir de algún laboratorio de ideas al servicio del discurso del amo para convertirse en consigna. Actúa como censura que intenta reprimir la indocilidad que puede suscitar la angustia derivada de una vida insatisfecha. Prescribe silenciar lo que no se aviene al sistema y domar los síntomas que provoca el malestar en la cultura.
El eslogan adopta múltiples formas: es el sentido común, al que apela el ministro Guindos, para que continúen las amputaciones infligidas; son las actividades comunitarias pseudo progres que borran la singularidad de los sujetos, propuestas en determinadas áreas de la administración; es la dictadura de las estadísticas en el ámbito de la administración pública, donde prima la cantidad sobre la calidad (en esto la denominada nueva política ha envejecido vertiginosamente); es el aplastamiento de los criterios técnicos por los planes personales, ideológicos o de réditos partidistas; es incluso, el disfraz para cubrir la bochornosa ausencia de generosidad política.
Como cada quien lleva su policía íntima, más o menos permeable al orden establecido, el lema triunfa. Triunfo de la alienación del sujeto. Calla la vida, calla el deseo, escribe Günter Grass en la narración citada.
El cinismo se intensifica según se sube en la jerarquía social, con su cortejo sintomático: corrupción, prevaricación, impunidad, prepotencia. Según se baja en poder adquisitivo las manifestaciones cambian: eres un hortera o un cutre. Así lo expresaron respectivamente Mario Conde o Rita Barberá, quienes contaron, como tantos otros, de derecha a izquierda, con su corte correspondiente y el beneplácito social.
Simultánea a la escritura de estas notas, el azar me ofrece la lectura de un artículo elogioso de Miguel A. Aguilar sobre Juan Villoro, en su periódico Ahora. Se refiere el veterano periodista, no sin irritación, a los chorizos embutidos en distinguidas tripas como “gusanos nunca metamorfoseados en mariposas, impregnados de ese sentimiento tan nuestro que los alemanes denominan Schaenfreude y que podríamos traducir como goce indisimulado del mal o de las carencias ajenas”.
Fenomenal descripción del cínico actual, manufacturado por las élites políticas y económicas, y que ya comienza a surgir –quién lo iba a decir- en el movimiento político opuesto a la casta que emergió del 15-M.
G. von Rezzori, allá por los setenta y sin andarse por las ramas, describe a los cínicos-trepas como cortesanos sin corte, “arribistas y lameculos, gente llena de ambición y de servilismo para con los de arriba, y de arrogancia y altivez para con los de abajo, pero siempre conmovedoramente solícitos y agradablemente serviciales”. Vivo retrato.
Para Lacan el escepticismo es una forma de sostenerse el hombre en su existencia que no pasa por la apropiación o el atropello del semejante, posición que no deja de ser una ética. El escéptico ante la duda que lo bloquea sólo tiene como salida su deseo particular, o de lo contrario queda perdido en su laberinto.
El escéptico proviene de una creencia en el otro, de una expectativa en el ser humano, al que intenta no juzgar; el cínico procede de la incuestionable reafirmación de su yo, de inamovibles planteamientos personales, propio de posiciones totalitarias y requiere de una fuerte dosis de canallería: se le sufre cada día.
Si no fuera por eso, por el sufrimiento, por la amargura que el cinismo de Occidente ocasiona a tantos cientos de miles de personas, los hechos de la vida no tendrían la consistencia ni el peso que tienen. A fin de cuentas, como dice Sebald, el secreto de la existencia humana consiste en su total superfluidad.

Un comentario en “Mejor escéptico que cínico (o trepa)

  1. Sí mejor escéptico, que cínico. Distancia para ver y analizar lo que ocurre alrededor. Abrir interrogantes, en ese saber establecido e incuestionable, disfrazado de verdad absoluta.

    Creo que no es casual que las primeras actuaciones de los cínicos cuando llegan al poder, recaigan sobre la cultura, la educación y, una vuelta de tuerca más, la sanidad. Esta última para aterrorizar con la enfermedad y la muerte. El miedo es la mejor herramienta para doblegar voluntades.

    Deben hacerse con un ejército de personas dispuestas a sostenerlos, encubrirlos mirando para otro lado o esperando su oportunidad.

    En uno de sus cuentos Chéjov escribía: “La arbitrariedad, la grosería, la ignorancia, el engreimiento, la mediocridad, el burocratismo, rasgos de la filosofía de los “señores”, engendran en las personas educadas en esta “psicología” de esclavos: adulación, incultura, atraso, obcecación y sometimiento”.

    Era el siglo XIX. No se ha avanzado nada en absoluto.

    Su artículo retrata y señala la impunidad de estos cínicos. Gracias.

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