Libres de presencia humana

imagescamxr5lm-11

Cuenta Sebald que, en la segunda mitad del siglo XVIII, las élites gobernantes de Inglaterra buscaban rodear sus mansiones y casas de campo de un terreno amable para la vista.
Tales proyectos sólo podían llevarse a cabo transformando profundamente la tierra y entrometiéndose en la vida de comunidades enteras, forzadas a reasentarse en nuevos emplazamientos.
A veces era necesario trasladar casas de labor, caminos, carreteras y colonias completas, de forma que desde la casa señorial pudiera contemplarse un paisaje y una naturaleza libres de cualquier presencia humana.
En el texto de Sebald, “libres de cualquier presencia humana”, no es la alusión a un lugar idílico, es la metáfora que esconde la crueldad que el hombre es capaz de infligir.
La anécdota remite a la barbarie del hombre contra el hombre. Al avasallamiento. A la tiranía. Hechos por los que Sebald se encontraba fuertemente marcado tras el pasado nazi de su padre, oficial de la Wehrmacht, y por los bombardeos de los aliados sobre su país de origen, Alemania. El holocausto, afirmaba, siempre estaba presente en su cabeza y operaba como una sombra que oscurecía todo lo que escribía.
La dura posguerra le acarreó a Sebald, desde su primera infancia, la pérdida y el  desarraigo, y éstos un incurable exilio personal, “el doloroso sentimiento de estar unido a aquello de lo que, de forma irrevocable, se sabe uno ya separado”.
La presencia, la ausencia, la vida y la muerte son temas que impregnan su obra. La ausencia evocadora de la muerte, pero también de la vida.
Emigrado de sí mismo, Sebald parece buscarse allí donde la existencia de otros se extinguió, en un espacio común imposible entre la vida y la muerte. Del ser humano le interesa la huella reveladora de su ausencia.
En “El paseante solitario”, un texto sobre Walser, pequeña joya editada hace tiempo por Siruela, escribe: “El secreto de la existencia humana en general consiste en su total superfluidad”.
Sobre esa futilidad, sobre ese absceso de la naturaleza, Sebald, se demora en su obra y va desgranando lo que le resulta relevante de  la condición humana, su capacidad destructiva y creativa, pero también su intranscendencia, su nimiedad y su influjo en la decadencia sobrevenida de la civilización.
El olvido que provoca el vacío de quienes se han ido marchando conmueve a Sebald. Su prosa apacible, delicada y reposada confiere a los deshabitados parajes por los que solitariamente pasea y a los objetos triviales en los que repara, y a los que ya nadie presta atención, el valor, siquiera momentáneo, que tuvieron alguna vez. Con su mirada primero, y su escritura después, convierte los rastros de extinguidas presencias humanas en ausencias. Busca no al hombre que está presente sino al que está ausente. El eco de quien una vez estuvo y ya no está más.
Huérfanas de quienes en una ocasión las atesoraron, las cosas superfluas, absurdas e inútiles, se ganan su aprecio por el hecho de que un día pertenecieron a alguien que las eligió, las conservó y logró que fueran transmitidas durante generaciones, hasta que el manto implacable del tiempo y las torceduras de las historias familiares las hicieron devenir en señal de ruina silenciosa, en disolución de una forma de vida, quedando abandonadas a la intemperie en un desolado territorio o en un desvencijado rincón de una desguarnecida casa.
Sebald, como Walser, otro exiliado, era un paseante. Y como Walser, un observador, ávido oteador del mundo circundante. Confesaba que no sabía si su marcha, su caminar continuo, era un beneficio o un tormento.
Probablemente ambos estados se alternasen, o tal vez se mezclasen, empujado por su deseo de encaminar sus pasos hacia las soledades abrumadoras que divisaba en el horizonte con el fin de indagar sobre su irreparable estado o acerca de antiguas catástrofes acaecidas. Y en aquellas lejanías no puedo dejar de ver, cuando lo leo, el abismo del imposible retorno de lo perdido.
Desarraigado, exiliado sin país, un sin fe separado de toda bandera, su anhelo hunde ahí sus raíces. Por eso, en Sebald, irrumpe el denostado sentimiento de la nostalgia, o la peligrosa melancolía, pero también aflora, en este escritor exquisito, una irrebatible ética de la escritura ante la fragilidad humana: sus palabras son el murmullo que llena de vida lo que, robado al futuro, se había entregado al olvido y suprimido de la historia.
La metafórica “libres de cualquier presencia humana”, tiene las peores connotaciones posibles: el rechazo y la supresión de sujetos, grupos y comunidades no gratas. Perturbadores del paisaje que deslucen la amable vista. La actualidad lo muestra cada día.
Y recuerda a quienes confunden la patria con la  simplista idea de un territorio en el que permanecer a salvo, ignorantes de que cuanto más hablan de la patria más la destruyen y más se alejan de ella.
“Una palabra, escribe Walser, tiene que recorrer el largo camino que va desde el cerebro al papel”.
Hoy, para algunos, poderosos muchos de ellos, el trayecto entre sus ideas y sus hechos es tremendamente breve, ya que entre medias apenas hay nada, cuando no una densa maldad. Y es tan corto ese camino que, en muchas ocasiones, estremece. Tal vez les falte el recorrido de una palabra esencial.

 

4 comentarios en “Libres de presencia humana

  1. Como otras veces…es un placer leerte…me encanta el fondo que para mi resumen divinamente el pensamiento del autor comentado..Y la forma como siempre con una gran belleza…vamos lo vivo como un regalo para el espíritu…

  2. Me parece extraordinario su artículo, recoge no sólo contenidos de Sebald sino también su tono, su calma. Gracias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>