Humani corporis fabrica

” ¡Llegaron!” Es el título de la última obra de Fernando Vallejo publicada en nuestro país, y cuya lectura tenía pendiente desde hacía tiempo.
Leer un libro de Vallejo equivale al encuentro con un torrente incontenible de palabras admirablemente engranadas. La viveza de su escritura arrastra al lector en el torbellino de esa especie de asociación libre con la que parece escribir, dicho sea en el sentido freudiano: hable, diga lo que se le ocurra, no se contenga, déjese llevar por sus palabras.
Esa desenvoltura con el verbo forma parte del genio del escritor colombiano. Su libertad logra romper la potente compuerta censora que crea la represión inconsciente.
Vallejo es capaz de oscilar desde el más grande desaliento a la más disparatada, inesperada y desenfrenada ocurrencia, invariablemente irreverente, que hace diana en una verdad concerniente a la condición humana. O, se podría decir, en lo peor de la condición humana, “la horda bípeda”, como la llama, donde el autor hurga con sorprendente facilidad.
Ese modo suyo de relatar, dejando suelto el encadenamiento de palabras en su decir, entreteje recuerdos, ideas y anécdotas, consiguiendo una frescura y una agilidad que alienta la lectura. En muchos momentos el humor de sus osados y mordaces delirios logra arrancar la carcajada.
No deja rincón de su vida sin remover: las referencias autobiográficas son permanentes, como en gran parte de su obra. Cualquier ámbito de la existencia sobre el que repare, familia, política, religión, cultura, Colombia o la “barbarie llamada civilización”, pasan por el molinillo audaz de su escritura.
“¡Llegaron!” Era el grito de angustia, la voz de alarma cuando el coche de sus padres, abarrotado de niños, arribaba de vacaciones al campo, a la apacible casa familiar de los abuelos.
Los recuerdos infantiles están teñidos de una nostalgia indisimulada, que rápidamente sacude con la crítica, la ironía o la desesperanza.
Sus relaciones más intensas son de amor-odio. Las diatribas contra la religión y contra Cristo, son propias de un creyente fuertemente decepcionado, desengañado, no de un ateo. En este sentido no se ha ahorrado esfuerzos, basta leer la inmensa invectiva de su ensayo “La puta de Babilonia”: sobre la historia del cristianismo y la Iglesia católica. No deja títere con cabeza en un devenir de siglos.
Igualmente arremete contra lo que considera otra de las degradaciones de la especie bípeda: la clase política, cuya asociación a cualquier idea relacionada con la decencia o la honestidad formaría un estruendoso oxímoron.
Vallejo se mueve entre el rencor y la ternura. En ¡Llegaron! inventa un interlocutor, compañero de asiento en un imaginario avión extraviado, que primero lo aleja y después lo acerca a su destino. Un destino tan deseado como detestado, y en cualquier caso irremediable: no sólo su fin vital que vislumbra en el momento de su envejecimiento, sino la propia patria como final de viaje, la mala patria que lo obligó a abandonarla, patria miserable y país monstruoso, insiste por todos lados.
La metáfora, que define como “una de las propiedades del alma”, sobrevuela por todo el relato, y es, diría, el latido de este libro: su estructura, la interlocución, su discurso, su hablar a otro que escucha, y que indefectiblemente resuena con una inacabada sesión de análisis. O más aún: con un periplo psicoanalítico que comienza con un expectante “llegaron” y acaba con un sentido “se fueron”, evocador de un mundo perdido plagado de numerosas ausencias, pérdidas, separaciones e irreversibles adioses.
“Odio a los médicos”, le dice a su ficticio compañero de vuelo, psiquiatra a la sazón, “a usted, doctor, lo exceptúo por su condición de médico del alma, el tejido más deleznable de la humani corporis fabrica de que hablaba Vesalio, un tejido que no excreta, el único, el más limpio pero el más sucio. Ejemplos de deyecciones del alma: un discurso de político o una encíclica de papa”.
Puro Vallejo.

Francisco Cervilla
Madrid, 28 de julio, 2016

 

 

 

 

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