Humani corporis fabrica

¡Llegaron! Es el título de la última obra de Fernando Vallejo. Hacía años que no me daba el placer de leer un libro suyo. Cuando lo publicaron enseguida pensé en comprarlo, pero después lo olvidé. Un paseo por la Feria del Libro de Madrid, la pasada primavera, me lo devolvió gracias a mi amiga Marina quien, al pasar juntos por una de las casetas, lo vio y me preguntó si lo había leído.
Leer un libro de Vallejo equivale al encuentro con un torrente incontenible de palabras admirablemente engranadas. Su escritura arrastra al lector en el torbellino de esa especie de asociación libre con la que parece escribir: dicho sea en el sentido freudiano: hable, diga lo que se le ocurra, no se contenga, déjese llevar por sus palabras. Cosa, por demás, nada fácil, dada la potente compuerta censora que crea la represión inconsciente.
Asociación libre, decía, arrolladora, capaz de oscilar desde el más grande desaliento a la más disparatada, inesperada y desenfrenada ocurrencia, invariablemente maliciosa, irreverente, que hace diana en una verdad concerniente a la condición humana. Mejor dicho, en lo peor de la condición humana, “la horda bípeda”, donde el escritor colombiano hurga con sorprendente facilidad.
Ese modo suyo de relatar, dejando en libertad el encadenamiento de palabras en su decir, entreteje recuerdos, ideas y anécdotas, consiguiendo una frescura y una agilidad que alienta la lectura. En muchos momentos le agradeces el humor de sus osados delirios que logran arrancarte la carcajada.
No deja rincón de su vida sin remover: las referencias autobiográficas son permanentes, como en gran parte de su obra. Cualquier ámbito de la existencia sobre el que repare, familia, política, religión, cultura, Colombia o la “barbarie llamada civilización”, pasan por el molinillo audaz de su escritura.
¡Llegaron! Era el grito de angustia, la voz de alarma cuando el coche de sus padres, abarrotado de niños, arribaba de vacaciones al campo, a la apacible casa familiar de los abuelos.
Los recuerdos infantiles están teñidos de una nostalgia indisimulada, que rápidamente sacude con la crítica, la ironía o la desesperanza.
Sus relaciones más intensas son de amor-odio. Las diatribas contra la religión y contra Cristo, son propias de un creyente fuertemente decepcionado, desengañado, no de un ateo. En este sentido no se ha ahorrado esfuerzos, basta leer la inmensa invectiva de su ensayo La puta de Babilonia: sobre la historia del cristianismo y la Iglesia católica. No deja títere con cabeza en un devenir de siglos.
Igualmente arremete contra lo que considera otra de las degradaciones de la especie bípeda: la decencia o la honestidad formarían un oxímoron estruendoso al asociarlas a la clase política.
Vallejo se mueve entre el rencor y la ternura. En ¡Llegaron! inventa un interlocutor al que habla en un lugar metafórico: un avión extraviado, que primero lo aleja y después lo acerca a su destino. Un destino tan deseado como detestado, y en cualquier caso irremediable: no sólo su destino vital que vislumbra en el momento de su envejecimiento, sino su patria, su mala patria, dice, que lo obligó a separarse de ella, patria miserable espeta, país monstruoso, insiste por todos lados. No es que enaltezca otros.
La metáfora, con la que sobrevuela por todo el relato, “es una de las propiedades del alma”. Y, diría yo, el latido de este libro: su estructura, la interlocución, su discurso, su hablar a otro que escucha, y que indefectiblemente resuena con una inacabada sesión de análisis. O más aún: con un periplo psicoanalítico que comienza con un expectante ¡Llegaron! y acaba con un sentido “se fueron”, evocador de un mundo perdido plagado de numerosas ausencias, pérdidas, separaciones e irreversibles adioses.
“Odio a los médicos”, escribe. “A usted, doctor, lo exceptúo por su condición de médico del alma, el tejido más deleznable de la humani corporis fabrica de que hablaba Vesalio, un tejido que no excreta, el único, el más limpio pero el más sucio. Ejemplos de deyecciones del alma: un discurso de político o una encíclica de papa”.
Puro Vallejo.

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