Esta tierra es mía

Hace unos días encontré por casualidad, en un canal secundario de televisión, una memorable película de Jean Renoir: “Esta tierra es mía”. A pesar de haberla visto varias veces y de que su emisión estaba bastante avanzada, me quedé a verla con ganas, pues aún faltaba lo mejor, el alegato final del genial Charles Laugthon, en cuyo transcurso transforma al timorato personaje que encarna en un arriesgado defensor de la libertad.
La historia se desarrolla en una pequeña localidad francesa durante la ocupación nazi. Laugthon encarna el papel de un profesor tímido, acomplejado y cobarde, secretamente enamorado de una compañera valiente, Maureen O’Hara. Ésta tiene un hermano que pertenece a la resistencia y trabaja en una fábrica propiedad del novio (Georges Sanders) del personaje que interpreta O’Hara.
Con algunas películas pasa como con algunos libros, cuando vuelves a ellas te pueden sorprender descubriendo cosas que anteriormente no habías advertido. Viendo una película de 1943, de golpe, encuentras un discurso y unos diálogos que no han perdido vigencia.
En este caso el asunto no deja de ser siniestro. Hay una escena que presenta una visión muy normalizada de los nazis, o lo que es lo mismo, del mal.
En su despacho, el empresario (G. Sanders) mantiene una conversación con un oficial alemán, la autoridad. Es un encuentro cortés. El empresario, a fin de cuentas, hace negocios con los nazis. El oficial alemán, hombre educado, le pide colaboración e información que le permita capturar a los saboteadores de la resistencia. Solicita ayuda y a la vez expresa que ellos quieren ayudar a los franceses. Prueba de su buena fe, es que podrían gobernar todas las instituciones y no lo hacen.
Gentilmente, el militar germano, le está pidiendo obediencia y, en caso de no conseguirla, amenaza con ejercer su poder para obtenerla.
Ante el chantaje el empresario termina por decir que no le gusta la ocupación. Tampoco a mí, responde el oficial, expresando a continuación su satisfacción porque puedan entenderse, ya que ambos luchan por el fin de la guerra para poder tener una Europa unida en la paz, y sólo entonces, le dice, podrá su país y los hombres como usted recuperar la dignidad y el honor.
Este breve diálogo de la película te reenvía de inmediato al tiempo actual, y recuerda la intimidación de la prepotencia infligida: de los países ricos del norte, con Alemania a la cabeza, a los países pobres del sur, con Grecia hoy en la diana. O la soberbia de los gobiernos con sus ciudadanos: basta con mirar alrededor.
Resuenan igualmente las exigencias explícitas de sumisión, acatamiento, órdenes, ultimátum, en una terminología militar más propia de la guerra, o de espíritus dictatoriales, indiferentes al sufrimiento ajeno. No obstante, en Europa se emplea el guante blanco, trajes de Armani, Zegna o Dior. La violencia, por supuesto, es sin armas. Se utiliza la agresión económica.
En esta escena metafórica de la película el representante del poder se mezcla con los dichos que le llegan del otro jerárquicamente inferior y se apropia de ellos, con el fin de pulverizarlos y alterar su significado. Es la peor vertiente de la retórica, que hace del lenguaje el instrumento con el que tapar la realidad. Maestría de la estrategia política. La nadería puede agotar el diccionario aunque la inmensidad cabe en una palabra.
La película muestra que cuando se pierde la autoridad moral, el poder se ejerce por la fuerza, con imposiciones. Se vuelve arbitrario, opresivo. Sólo vale la ley del más fuerte.
Nos hemos acostumbrado a padecer el ejercicio de un poder separado de la ética. En esa escisión, la acción política ha quedado degrada a la gestión de un discurso economicista, y la ética ha sido reducida a una lista muerta de valores inmutables sobre el bien general, útil para agitar en el parloteo del mercado electoral.
La alocución final de Laugthon no es el canto a una bucólica libertad, es una reivindicación de la historia, de las propias raíces, una forma de entender la vida y habitar el mundo. Es un recordatorio de los derechos humanos. Un grito contra la usurpación. Un determinado modo de estar con los otros.
Tengo un sobrino, menor de cuatro años, que me cuenta, mejor dicho me informa, lleno de alegría por su descubrimiento, que vivimos en la tierra. Para él la tierra es el lugar en el que se encuentra en cada momento, y en ese lugar cabe todo el mundo. Esa es, o debiera ser, la tierra: una forma de concebir la civilización, vuelta anacrónica por el cinismo y el canalleo actual, que hace negocio de todo, enreda lo público con lo privado, roba por doquier y, por si fuera poco, ha demostrado ser letal.

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