El duelo en tiempos obscenos

En la época de los realitys televisivos, cuyos participantes, en ausencia de pudor propio y ajeno, muestran los aspectos más íntimos de su vida, hablar de la muerte se ha convertido en un hecho obsceno.
La muerte, señala el historiador francés, P. Ariès, “se ha convertido en un tabú, en algo innombrable”. Igual que antiguamente sucedía con el sexo, no se debe hablar de ella en público, ni forzar a otros a hacerlo. El título mismo de este artículo aleja a eventuales lectores.
Pero el hombre, para hacerla soportable, inscribe la muerte en la vida. A ese proceso responde el tiempo de duelo. Dolor por una pérdida irreparable a la vez que desafío a la subjetividad.
En este contexto discursivo paradójico, de aspiración a una protésica felicidad, la censura social recae sobre el duelo, privando al sujeto en duelo de los recursos para restituir sus coordenadas simbólicas, quebrantadas por una pérdida irreemplazable. La farmacopea ocupa ahora su lugar.
No hablamos en términos absolutos. No es igual para todos. Para el artista, por ejemplo, su obra creativa puede ser la vía por la que tramitarlo.
Mucha literatura ha sido escrita bajo el tiempo del duelo.
El dolor de W.H. Auden, al fallecimiento de su compañero, palpita en su estremecedor Blues funerario, que adquirió notoriedad al ser recitado en una emotiva escena de la película Cuatro bodas y un funeral. El poeta puso palabras al agujero que se abrió en su existencia. Todo perdió sentido para él. En su poema clama por parar el tiempo, apagar el fulgor de las estrellas y silenciar la música, exige esconder la luna, derribar el sol, vaciar la inmensidad de los océanos o barrer los bosques En ese tiempo nada en el mundo le servía para nada, salvo el hecho mismo de escribir sobre el abatimiento de su universo.
Richard Ford se enfrentó a la muerte de su madre escribiendo sobre ella. Consiguió un relato contenido, cuidadoso con su intimidad y eficaz en su objetivo: recuperar del olvido la historia común, dejar testimonio de su existencia, retrasar la supresión de sus huellas -tan frágiles siempre- en este mundo. No escribe una novela sobre el mito familiar para taponar su duelo. Por el contrario, las preguntas del escritor sobre su madre y los atisbos de respuestas, rastrean el deseo que la habitó más allá de su papel materno. Algunas preguntas le quedan abiertas, sin posibilidad de conclusión.
Esa breve memoria sobre su madre, la que él contenía sobre ella, es una muestra de gratitud y respeto a la mujer que también fue. No sólo madre. O no toda madre. El deseo que la humanizó, y la humaniza para él, fue la condición para perderla. Entregarla a la muerte una vez muerta, aun sabiéndola insustituible.
Sólo ese acto, doloroso, dilatado y a la larga calmante, permite finalizar un duelo: cederle a la Parca lo que ha quitado.

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