Don Corleone y asociados

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Hacia el final de la tercera parte de El Padrino hay una escena de apariencia placentera que transcurre en el jardín de una decadente mansión rural siciliana. Cuatro o cinco hombres hablan quedamente.
Al verla uno puede asociarla con una reunión de viejos amigos en una casa de campo, una apacible tarde de primavera: un encuentro amable.
Influido por la actualidad, también puede uno contemplarla como un grupo de poderosos de la economía y la política en un ambiente de aspecto relajado, analizando asuntos mundiales de transcendental importancia: una reunión peligrosa.
En realidad la escena, de diálogo brillante, forma parte de una de las secuencias que desencadenan el final de la cinta, con su fatal desenlace.
En ese momento de la película Michel Corleone, que persigue limpiar su imagen y darse un lugar social respetable, ha logrado alcanzar una oscura alianza con cardenales, banqueros y políticos. Gentes acostumbradas a traicionar sus pactos y cuyas intrigas empujan al hijo de Don Vito a defenderse de los componentes de ese forzado consorcio con una ineludible vendeta. La tradición obliga.
Para planificarla reúne a unos pocos incondicionales, con los que en una sosegada conversación fraguan el crimen. Durante la charla uno de los cabecillas lanza una pedrada que no admite réplica: “la política es la delincuencia”.
Tales palabras no responden a una duda moral, ni a un resto ético. No es tampoco una justificación. Es la respuesta a una petición de cautela por parte de uno de los presentes, ya que hay políticos implicados. Pero es a la vez una afirmación fuerte: mafia y política comparten el tronco común del delito.
Ese diálogo mafioso, breve y magistral, además de impagable es actual: la sicilianización del mundo, como vaticinaba Leonardo Sciascia, ha terminado por implantarse con rotundo éxito.
La imposición de la crisis económica ha quedado teñida de ese color desvaído que Coppola supo darle a su película y que la hace reconocible e inolvidable desde la primera imagen. No es el color de Sicilia, es el color de la mafia, del peligro, de la corrupción, de la familia y de sus entrañables y terribles afectos.
La maravillosa banda sonora que Nino Rota compuso para El Padrino recuerda, en algunos momentos, a cientos de personajes de ésta época, a la que ya puestos en vena fílmica, podríamos darle un nombre justo, prestado de otra gran película de gánsteres, “Camino a perdición”, de Sam Mendes.
Un buen guión del género lo es, sin duda, el desastre financiero que nos arrojaron encima: se construyó con un discurso amenazante y extorsionista, al que sólo le faltó la voz rota y ronca de Don Vito. El chantaje económico se planteó en términos cuatreros: la bolsa o la vida. Una elección a todas luces, al menos para las nuestras, imposible.
Imposible elegir la bolsa si el precio a pagar es la vida, puesto que se pierden ambas. Así que por el bien de todos, por si teníamos dudas al respecto y porque paternalmente nos “protegían”, los padrinos se quedaron con la bolsa, gracias a lo cual hemos llegado a creer, por incautos, que conservaríamos las vidas.
Pero los actuales Corleone y asociados, que poseen inteligencias sobradas sobre estos asuntos, sabían que esa elección era una falsa disyuntiva y actuaron en consecuencia. Previamente se apropiaron de nuestras bolsas, ahora se están queriendo quedar también con nuestras vidas y con nuestra libertad.
Para no quedarnos como simples figurantes de esta película de pesadilla en la que nos han metido a la fuerza, con directores ineptos y productores corruptos, no nos queda otra que estar atentos a los que se erigen como protectores, seguir cuidadosamente sus movimientos y no olvidar nunca la
la sentencia de Saúl Bellow: “Inexorablemente, las personas más peligrosas buscan el poder”.

 

 

 

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