Desprecio

No hay una forma adecuada de planificar la vida ni tampoco de vivirla: sólo un montón de formas inadecuadas. De tal manera se expresa Richard Ford por medio de uno de sus personajes de ficción, con el cual va desgranando sus reflexiones sobre la vida. Y sobre la vejez. Ese “siguiente nivel de vida” en que dice encontrarse, ironizando con su expresión sobre los eufemismos que el discurso actual, intoxicado por lo políticamente correcto, utiliza para evitar nombrar las cosas -lo rechazado- por su nombre común, vuelto peyorativo, insulto, a fuerza de prejuicios.
El sustantivo vejez, como tantos otros, ha sido aplastado por diferentes denominaciones que sucesivamente han ido cediendo su lugar a una ristra de términos que no terminan de esconder la idea que encierran, ni tampoco consiguen desterrar el miedo que suscita. En la vejez: declive biológico y muerte. No hay escondite lingüístico. Sólo artificio.
Lo políticamente correcto, loable aspiración estética, raya con la banalidad o la estupidez cuando es puro maquillaje y carece de un pensamiento que lo sustente, o bien con la canallada fraudulenta, manipuladora, cuando adolece de una ética que lo acompañe, es decir, de un deseo personal que permita aceptar, o al menos impida rechazar y despreciar, lo que se experimenta como anomalía desemejante en los otros.
Del mismo modo, oponerle la grosería o la vejación muestra la posición cínica de nuestro tiempo, además de constituir una villanía y una obscenidad.
El convencimiento, por parte de algunos, de estar en el conocimiento de la verdad va escoltado por la omnipotencia y el desprecio, vomitado sobre el otro diferente desde la excelencia de su preciado yo. Ignoro el registro en el que se asienta el académico Azúa.
Para los antiguos romanos, desprecio e injuria eran equivalentes, siendo la injuria un grave delito castigado por la ley.
Séneca relacionó la injuria ofensiva con ilustrativos estados del ser humano, inalterables desde entonces: el orgulloso humilla con el desprecio. El rico con la altanería. El envidioso ataca con su maldad. El impertinente con la torpeza de su vocerío. El encarado con el apodo insultante. El cínico con venenosa ironía. El vanidoso afrenta con su mentira y su falso semblante. El impúdico con súplicas y ofertas necias. El cobarde difama. El iracundo provoca constantemente. El intruso te ofende en tu propia casa.
Ningunas de esas modalidades de canibalismo humano son incompatibles entre sí. Más bien se agrupan y suelen ir asociadas al infatigable afán del hombre por apoderarse del prójimo para someterlo. Sea en la vida pública, sea en la vida privada. Tanto da.
La existencia se llena de mugre cuando se cede a esa tentación. Y el sujeto cae en la profundidad borboteante de sus interioridades, desde donde expele lo que ha consentido convertir en basura injuriante, despreciativa, segregativa o discriminatoria.
No es verdad, escribe G. von Rezzori, que el hombre descienda del mono: el mono es un hombre que ha retornado a su estado natural por vergüenza de su condición humana.
No extraña, pues, esta oscilación que va de las filigranas hechas con el lenguaje para ocultar lo real de la vida en general, y la vileza tumorosa de la política en particular, a la impudicia que enseña aquello que debería permanecer oculto bajo un digno velo de silencio acompañado de su oportuno mutis.
Pero qué podemos esperar. La suave indulgencia con los corruptos y la oscura tolerancia con la crueldad no dejan de ser el reflejo de la impunidad que pretendemos para nosotros mismos. A fin de cuentas componemos un montón de formas inadecuadas. Ni siquiera somos monos.

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