Claustro de hechizo

Amanece. La ladera del monte que tengo frente a mí desciende suave hacia el río Duero. Detrás aparecen, empujados por el sol, colores rojizos, dorados, violetas y azules. En el cielo algunas altas nubes deshilachadas han resistido el viento nocturno. El tiempo es frío. Preludio del invierno que llega.
Ese cerro de nombre lúgubre por el que despunta el día dio título a una de las leyendas de Bécquer: “El Monte de las Ánimas”. Aquellos parajes inspiraron al poeta sevillano y los pobló de seres imaginarios atrapados en un mundo de sombras.
Amaneceres como este se convierte en una promesa, cuando además lleva añadido una visita, no por repetida menos anhelada. A los pies de la colina donde se encuentra el lugar en que me alojo, oculto aún por la penumbra, se encuentra, solitario, el claustro románico de San Juan de Duero. La oscuridad acentúa su condición yerma, deshabitada. Sus ruinas soportan siglos de noches desiertas.
Arrebatado de cubiertas, su claustro formado por arcadas dispares, y sobre todo sus enigmáticos arcos entrecruzados, me evocan, cada vez que lo visito, a quienes lo construyeron. Las marcas de los canteros o el lenguaje escultórico de sus capiteles, instructivo y amenazador, son como un saludo a la eternidad.
Gerardo Diego le dirigió poéticas palabras: “Tu enigma, tu cruzada te dejó puro” “¿Te levantó el techado ángel cojuelo. O quedaste inconcluso, criatura perfecta, como estás, abierto al cielo?”
Por ese claustro anduvo Machado. Entre los muros bajos de sus arcos se sentó durante los descansos de sus paseos por la orilla del Duero. Cerca, el camino hasta el monasterio de San Polo, atravesado por un corto y estrecho túnel, tras el cual arranca la alameda machadiana del paseo ribereño hasta la ermita de San Saturio, encaramada al monte. Mirando al río, desconfiada de él.
Cruzando el puente medieval, se sube a la ciudad, donde asediadas por el tráfico y acorraladas por el adoquinado común que despersonaliza pueblos y ciudades, se encuentran dos joyas del románico, San Juan de Rabanera y Santo Domingo, cuya rica fachada principal desafía la austeridad soriana.
Espero a que el sol suba y caliente, si puede, la tierra castellana. Bajo, por fin, a la ribera del río, cubro la distancia hasta San Juan.
En este día invernal, a tan temprana hora, el vacío de visitantes funciona como un hechizo. La fantasía quisiera, momentáneamente, echar una mirada sobre las olvidadas existencias transcurridas dentro de los muros del monasterio que antiguamente cobijaba al claustro. Por sus crujías parecen rondar fantasmas centenarios perdidos entre las piedras talladas del románico. Sus galerías están surcadas por la vida en comunidad, por el trasiego de los años de convivencia, tejidos de complicidades, celos, rivalidades, deseos apagados, apetitos reprimidos, transgresiones de la regla monástica. Esas ruinas oyeron las voces de sus antiguos moradores.
Hasta allí se acercaban, y se acercan hoy, peregrinos, caminantes, gente errante sin destino, consumistas temáticos. Vidas buscándose en los más insólitos lugares.
El último hálito del último habitante alimenta el misterio del abandono de San Juan, de su hermético vacío, su designio perdido. Tras los definitivos pasos finales por sus estancias, aquel postrero morador se alejó, entregando el lugar hospitalario, levantado en tierra de repoblación, a la fauna y vegetación de la ribera.
Tal vez subiera al monte aledaño, una noche fría de un primero de noviembre, buscando el aliento de los remotos monjes guerreros, el resuello de los antiguos hidalgos castellanos. O tal vez esperase la llegada del brioso héroe becqueriano dispuesto a recuperar el pañuelo azul de su dama.
Con su gesto detuvo el tiempo y selló la historia. Y mientras los siglos fueron deslizándose sobre todos ellos, volviéndolos más irreales, más inasibles, más nada.

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