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Habla, memoria

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Paseo por la feria del libro de Madrid. En una de las casetas encuentro una biografía recién publicada sobre María Teresa León, gran olvidada en vida y en muerte, cuya portada capta mi atención:”Palabras contra el olvido”.
Nada mejor para rescatar a la autora de “Memorias de la melancolía” que las palabras. Esas mismas que al final de su vida le huyeron, cuando el olvido devoró su memoria y el lenguaje se le ausentó.
La vida enseña que lo que ha sido existencia viva, real, desaparece como un aliento, se esfuma como una suave brisa sin más posibilidad de presencia que el recuerdo que la conserva en la memoria, donde el olvido acecha.
Palabras, memoria y olvido, entrelazados, organizan las vías por las que discurre el sujeto.
Cuando Nabokov publicó su autobiografía la llamó “Habla, memoria”. El título escogido indica la manera en que el escritor tomó su memoria: como un tercero, una alteridad a la que se dirigía con una petición: dime, cuenta, háblame de mí.
Bastó que se pusiera a escribir para que la memoria filtrara sus recuerdos, encadenados o no, las palabras se organizasen sobre el papel  y el autor construyera un hermoso libro de relatos puntuados por los olvidos, las omisiones y la fabulación.
Suponiéndole a su memoria un saber olvidado, Nabokov, la hizo hablar mediante la escritura.
Escribir/crear es un acto casi mágico, fortuito, nuevo cada vez, que  impulsa al escritor a rastrear los límites del lenguaje, a arañar con las palabras el telón de la memoria hasta llegar a sus fronteras: el vacío, el olvido, lo indescifrable. Lo impulsa, diría Vila-Matas, a explorar tenazmente el abismo.
Sabiéndola imprescindible, constituyente del sujeto, Freud afirmaba que la memoria no es fiable, atravesada como está por los túneles que cavan el deseo, el placer y su más allá, los síntomas psíquicos, los recuerdos encubridores, la represión, el silencio, los capítulos censurados y tachados de la propia historia.
Frágil, insolvente y necesaria prestamista de recuerdos, la memoria es un tesoro inexacto de huellas, una aproximación enredada en las raíces desordenadas de la existencia que se extienden desde las oscuridades que llamamos origen. Lugar tapiado con la ficción, la leyenda, el mito.
La memoria es, no obstante, el registro de la existencia en el que el hombre busca su identidad, o lo que se entiende por ella. Y allí residen el significado y sentido de su vida.
Que sea registro no la convierte en archivo estático de acontecimientos o experiencias del pasado del que se pueda recuperar lo que se precise. La memoria, como la vida, se mueve.
El pasado se perdió para siempre, lo que existió ya no existe más, y la memoria cuenta una reconstrucción de ese pasado con las claves del momento presente, según los derroteros de la subjetividad de cada sujeto, a la vez que dirige su mirada hacia el futuro.
Y con esa tramoya, el hombre, fabricante de palimpsestos, va elaborando su historieta. Esa narración que lee, borra, repite, construye hasta el fin de sus días, que es cuando la novela acaba. Sólo la muerte, señalaba Vila-Matas hace unos días, termina la novela.
El hombre está hecho de palabras y la memoria son palabras. Así pues, nada mejor que las palabras contra el olvido, pero palabras también para el olvido: para remar hacia el presente, como decía Felisberto Hernández, para salir del tic tac del reloj, del desierto, de la neblina, para poder apartar la gélida y árida ventana que un insondable instante abre y agujerea la vida.

Francisco Cervilla

 

Quincallería sucia del corazón

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Me comenta mi amiga M, ocasional venero de descubrimientos literarios, que está leyendo la última novela del mexicano Guillermo Arriaga. Me lo cuenta dando por hecho que sé de quién habla.
No conozco a Guillermo Arriaga, suelta mi garganta.
Semanas después esa novela, “Salvaje”, se encuentra en todas las estanterías y todas las mesas de todas las librerías del país.
Mi desconocido escritor me provoca una momentánea sensación de ignorancia que pretendo salvar anotando mentalmente su nombre, para más tarde informarme sobre él.
Ahora sé que Arriaga comparte nombre con la Ciudad chiapaneca de los Vientos. Y sé que Eolo, dios de los aires, las brisas y los vientos, lo visita regularmente. Y presiento que durante esas visitas, Arriaga, puede volverse un vendaval, una ventisca devastadora, un torbellino que revoluciona lo que le rodea, un relámpago que relumbra e ilumina.
Con su nombre guardado en mi cabeza encontré, en uno de mis paseos por La Central de Callao en Madrid, dos obras suyas: un generoso volumen y un pequeño libro de relatos. Para probar elegí éste último, resultando su lectura un sorprendente sorbo, similar a un poderoso tequila que tragas de un golpe.
En la solapa del librito venía una fotografía del autor, con aires de cowboy, que enseguida reconocí y que yo había atribuido, desde hace tiempo, a otro escritor, el también mexicano Álvaro Enrigue. Esta fotografía me indicaba anteriores aunque olvidadas noticias de Arriaga.
Busqué más pistas revisando números antiguos de la revista Quimera, hasta encontrar un ejemplar de más de diez años, en el que le hacían una entrevista (mínima). Seguramente leída en aquella ocasión y, a continuación,  liquidados de la memoria entrevista y nombre, a la vez que su imagen se la endosaba a otro. Está claro que no quería saber nada de él.
Vuelta a leer tras ese largo período de tiempo, las respuestas sugieren que Arriaga se encontraba, en aquel momento, aquejado de lo que Robert Walser llama mal de orgullo o, quizás, se encontrase, quién sabe, en pleno huracán.
Su queja, por la falta de reconocimiento a su obra, se tornaba menosprecio hacia su entorno literario. Y su reivindicación adoptaba un modo de autosuficiencia que conseguía empañar el indudable valor de sus afirmaciones acerca de la literatura y el cine. Tal vez fuesen éstas las causas de mi olvido. La proclamada importancia sobre su escritura, la infatuación, me alejó de la probable lectura.
No siempre se consigue diferenciar la persona de su genio creativo. Más bien, los prejuicios tienden a anudarlos.
Del autor en cuya escritura se reconoce algo particular que  conmueve la propia subjetividad, se suelen esperar las excelencias que a cada cual le dictan los hechizos de sus ideales.
Decía Auden que no es necesaria una relación entre la “actitud moral” de un creador y el valor estético de sus obras. Afirmaba que todo artista sabe que las fuentes de su arte se hallan en lo que Yeats llama “la quincallería sucia del corazón”: en sus momentos de lujuria, sus odios, sus envidias.
Sin embargo, en algunas ocasiones cuesta aislar una obra admirada del rechazo que logra  suscitar la persona que la alumbró, sobre todo si su existencia está demasiado cerca en el tiempo.
Mejor una prudente distancia. En eso el psicoanálisis es sabio. El analista apenas presta atención al ruidoso trajín de la persona que acude a sesión para, así, poder llegar a escuchar lo que anida en el núcleo de su ser.
Del artista importa no el barullo que lo acompaña, ni las prestancias que se le atribuyen, sino su genio creativo, ese genio que lo lleva, dicho sea con palabras de Arriaga, a caminar por esa zona de vitalidad y conflicto impresionantes que forma la frontera con el abismo, donde no existe la voluntad sino la creación y donde el arte es artificio.
No obstante la afirmación del gran Auden, hay un momento ineludible que conecta ética y estética: cuando el escritor consiente en entregarse al genio, cuando se presta al deseo que lo lleva al viaje solitario e incierto por esa región limítrofe referida por Arriaga, y donde los polisílabos se han desprendido de su significado, las palabras se han vuelto huidizas, el sentido no logra encadenarlas y la soledad se instala con apabullante solidez.
Ese territorio en el que no existe La Garantía, si es que alguna vez existió en algún lugar, resuena con ese mundo sin Dios, descrito por uno de los errátiles personajes de Arriaga, un mundo en el que “las cosas, los hombres, los animales se mueven solos. A este caos es a lo que llamamos vida… una pérdida de tiempo”.
Acaso sólo se trata de soportar eso. Arreglárselas con la quincalla y  fabricarse un artefacto para atravesar esa babel que llamamos vida.

 

Una nueva ingravidez

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Después de numerosos intentos siempre abandonaba la lectura de los libros de Julian Barnes. De eso hace bastantes años.
Desde entonces Barnes ha envejecido. Y yo también, claro. Supongo que su escritura ha cambiado, del mismo modo que han cambiado mis gustos literarios.
Recientemente llegó a mis manos, “Niveles de vida”, obra de Barnes publicada hace dos o tres años. La leí hasta el final. Empecé a querer al escritor.
Poco después apareció “El ruido del tiempo”. Espléndido, como el anterior.
Ricamente documentada, la narración cuenta la atormentada historia de Shostakóvich  y las tremendas contradicciones creativas del músico, bajo la influencia del temido régimen estalinista. No lo tuvo fácil  Shostakóvich, dividido entre la libertad que le reclamaba su potencia creativa, y la sumisión artística que le exigía la dictadura soviética.
De la lectura de “El ruido del tiempo” volví otra vez a “Niveles de vida”, sobrecogido por la desaparición definitiva de mi madre.
Duelo con duelo. Recurrí a Barnes buscando el capítulo que el autor escribió en pleno duelo por la muerte de su mujer, donde deja constancia de su sufrimiento, del sin sentido de la vida, pero también del suceso banal de la muerte. “No es otra cosa que el universo cumpliendo su cometido”.
Le llevó tres años la escritura de ese breve relato. Tres años de despedida. Muchos, si se tienen más sesenta. Pocos, cuando el trayecto de vida compartido han sido más de treinta.
Asombra la sencillez con la que escribe lo que, una vez leído, parece obvio: “Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas y, si funciona, se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había.”
No son matemáticas. Es otra cosa.
Julian Barnes pierde, con el fallecimiento de su compañera, el resultado no calculable de esa suma, lo que el entrecruzamiento de ambas vidas, la de ella y la de él, había engendrado: un trozo común, único e irrepetible, compuesto por un pedazo de ella y un pedazo de él. Con su muerte ese anudamiento se deshace y un soporte, irreemplazable para Barnes, desaparece.
La aflicción y una soledad hecha de silencios se apoderan del autor. La muerte, la muerta, son temas tabú, no aptos en la vida social, se finge que no existen, se mantienen a una cómoda distancia. No habla de su mujer con los amigos, sólo de modo alusivo, eufemístico. A nadie interesa. Es el mentiroso be happy en funcionamiento.
Sin embargo, su memoria, sus pensamientos, sus movimientos, los hechos cotidianos de su vida, andar por una calle, oír una música, abrir una puerta, coger un libro, tomar un café, todo está conectado con el recuerdo de su mujer. No tiene otra salida para su duelo más que la escritura y el auxilio  inapreciable de sus sueños. Lo que no es poco.
De manera un tanto freudiana, como si se encontrase en un proceso analítico, su angustia le lleva a preguntarse por la elaboración del duelo y sobre su final, al que no ve fin. No busca una respuesta estándar, ni un procedimiento pret a porter, tampoco un engañoso fármaco, busca una fórmula propia que no entrevé.
Escribe y sueña. Escribe sobre la pérdida, sobre el dominante luto que todo lo empaña. Sueña con su mujer viva, con lo que hacían juntos. Tras varios años, un sueño le anuncia ese final sobre el que se venía preguntando. “Como los buenos finales, no lo vi venir”: Están felices, haciendo sus cosas habituales, de repente ella se da cuenta de que eso no es posible, que tiene que ser un sueño, “porque ahora ella sabía que estaba muerta”.
Ese sueño marcó un punto de inflexión, un giro.  El duelo tiene salida pero no tiene recompensa. Ni compensación. Ni sustituto de lo perdido. Simplemente se pasa a un nuevo estado. “Es el universo cumpliendo su cometido, y somos nosotros el cometido que cumple”.
Imaginamos, escribe Barnes al final de su escrito, que hemos combatido la aflicción, “que hemos sido resueltos, superado la tristeza, restregado la herrumbre de nuestra alma, y lo que en verdad ha ocurrido es que la aflicción se ha desplazado a otro sitio,  ha cambiado su propósito.”
Lo que en realidad sucede, continúa, es que en alguna parte se ha levantado una brisa y volvemos a ponernos en movimiento.
Y, entonces, desde la llanura del suelo, reaparece una antigua ingravidez: otra vez tomamos vuelo. Y con ese ligero viento comenzamos una nueva ficción.

Libres de presencia humana

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Cuenta Sebald que, en la segunda mitad del siglo XVIII, las élites gobernantes de Inglaterra buscaban rodear sus mansiones y casas de campo de un terreno amable para la vista.
Tales proyectos sólo podían llevarse a cabo transformando profundamente la tierra y entrometiéndose en la vida de comunidades enteras, forzadas a reasentarse en nuevos emplazamientos.
A veces era necesario trasladar casas de labor, caminos, carreteras y colonias completas, de forma que desde la casa señorial pudiera contemplarse un paisaje y una naturaleza libres de cualquier presencia humana.
En el texto de Sebald, “libres de cualquier presencia humana”, no es la alusión a un lugar idílico, es la metáfora que esconde la crueldad que el hombre es capaz de infligir.
La anécdota remite a la barbarie del hombre contra el hombre. Al avasallamiento. A la tiranía. Hechos por los que Sebald se encontraba fuertemente marcado tras el pasado nazi de su padre, oficial de la Wehrmacht, y por los bombardeos de los aliados sobre su país de origen, Alemania. El holocausto, afirmaba, siempre estaba presente en su cabeza y operaba como una sombra que oscurecía todo lo que escribía.
La dura posguerra le acarreó a Sebald, desde su primera infancia, la pérdida y el  desarraigo, y éstos un incurable exilio personal, “el doloroso sentimiento de estar unido a aquello de lo que, de forma irrevocable, se sabe uno ya separado”.
La presencia, la ausencia, la vida y la muerte son temas que impregnan su obra. La ausencia evocadora de la muerte, pero también de la vida.
Emigrado de sí mismo, Sebald parece buscarse allí donde la existencia de otros se extinguió, en un espacio común imposible entre la vida y la muerte. Del ser humano le interesa la huella reveladora de su ausencia.
En “El paseante solitario”, un texto sobre Walser, pequeña joya editada hace tiempo por Siruela, escribe: “El secreto de la existencia humana en general consiste en su total superfluidad”.
Sobre esa futilidad, sobre ese absceso de la naturaleza, Sebald, se demora en su obra y va desgranando lo que le resulta relevante de  la condición humana, su capacidad destructiva y creativa, pero también su intranscendencia, su nimiedad y su influjo en la decadencia sobrevenida de la civilización.
El olvido que provoca el vacío de quienes se han ido marchando conmueve a Sebald. Su prosa apacible, delicada y reposada confiere a los deshabitados parajes por los que solitariamente pasea y a los objetos triviales en los que repara, y a los que ya nadie presta atención, el valor, siquiera momentáneo, que tuvieron alguna vez. Con su mirada primero, y su escritura después, convierte los rastros de extinguidas presencias humanas en ausencias. Busca no al hombre que está presente sino al que está ausente. El eco de quien una vez estuvo y ya no está más.
Huérfanas de quienes en una ocasión las atesoraron, las cosas superfluas, absurdas e inútiles, se ganan su aprecio por el hecho de que un día pertenecieron a alguien que las eligió, las conservó y logró que fueran transmitidas durante generaciones, hasta que el manto implacable del tiempo y las torceduras de las historias familiares las hicieron devenir en señal de ruina silenciosa, en disolución de una forma de vida, quedando abandonadas a la intemperie en un desolado territorio o en un desvencijado rincón de una desguarnecida casa.
Sebald, como Walser, otro exiliado, era un paseante. Y como Walser, un observador, ávido oteador del mundo circundante. Confesaba que no sabía si su marcha, su caminar continuo, era un beneficio o un tormento.
Probablemente ambos estados se alternasen, o tal vez se mezclasen, empujado por su deseo de encaminar sus pasos hacia las soledades abrumadoras que divisaba en el horizonte con el fin de indagar sobre su irreparable estado o acerca de antiguas catástrofes acaecidas. Y en aquellas lejanías no puedo dejar de ver, cuando lo leo, el abismo del imposible retorno de lo perdido.
Desarraigado, exiliado sin país, un sin fe separado de toda bandera, su anhelo hunde ahí sus raíces. Por eso, en Sebald, irrumpe el denostado sentimiento de la nostalgia, o la peligrosa melancolía, pero también aflora, en este escritor exquisito, una irrebatible ética de la escritura ante la fragilidad humana: sus palabras son el murmullo que llena de vida lo que, robado al futuro, se había entregado al olvido y suprimido de la historia.
La metafórica “libres de cualquier presencia humana”, tiene las peores connotaciones posibles: el rechazo y la supresión de sujetos, grupos y comunidades no gratas. Perturbadores del paisaje que deslucen la amable vista. La actualidad lo muestra cada día.
Y recuerda a quienes confunden la patria con la  simplista idea de un territorio en el que permanecer a salvo, ignorantes de que cuanto más hablan de la patria más la destruyen y más se alejan de ella.
“Una palabra, escribe Walser, tiene que recorrer el largo camino que va desde el cerebro al papel”.
Hoy, para algunos, poderosos muchos de ellos, el trayecto entre sus ideas y sus hechos es tremendamente breve, ya que entre medias apenas hay nada, cuando no una densa maldad. Y es tan corto ese camino que, en muchas ocasiones, estremece. Tal vez les falte el recorrido de una palabra esencial.

 

Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba

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Una tarde del pasado mes de agosto, con el fuego saliendo del granito que cubre la plaza que tengo enfrente y las escasas posibilidades de callejear en un Madrid casi cerrado, me recluyo en mi casa.
El invento de internet, utilizado en dosis homeopáticas, resulta un buen auxilio para la ociosidad y de paso una ayuda para dispersar algunos concentrados productos mentales que vagan a sus anchas dentro de mí.
Así que internet como disolvente, aunque sea un poco.
Despreocupado, pues, me puse en mi ordenador a consultar la programación teatral para la temporada de este invierno. En el Teatro de La Abadía me encontré con una de las sorpresas de la tarde. Una novedad pensé: en noviembre se iba a representar El año del pensamiento mágico, célebre novela de Joan Didion. Por un temor, carente ya de fundamento, a no conseguir entradas, las compré en aquel momento.
Mis previsiones al respecto, que no son muchas, se estrellan por lo habitual contra las de unos amigos que conocen, con sorprendente exhaustividad, la cartelera teatral y cinematográfica de Madrid. No hay obra de teatro, por más alternativa que sea, que desconozcan o no hayan ido. Ella posee la habilidad para entrar por cualquier resquicio web y localizar en un instante lo que le interesa, pero por más que le pregunto no termina de confesarme cómo hace lo que se me ha convertido en curiosidad. Cuando días atrás le comenté que estuve en el Abadía viendo El año del pensamiento mágico, me contestó que ya la habían visto la temporada pasada en El Español.
De modo que para desconcierto mío, mi descubrimiento, mi primicia, era una reposición del año anterior y yo no me había enterado de nada. Seguramente, cuando tuve que estar atento, me encontraba en ese grado de dispersión que se acompaña de una muy confortable distracción.
Hace unos pocos años había leído una crítica literaria sobre dos obras de la  escritora norteamericana: El año del pensamiento mágico y Noches azules. Pese a la distancia literaria existente entre ambos relatos el crítico los igualaba. Como leí el último no llegué a leer el precedente. Sólo lo hice unos días antes de ir a ver su representación teatral.
Para Joan Didion dos pérdidas irreparables supusieron dos libros, el primero por su marido y el segundo por su hija, escritos en ese estado de soledad que acaece  cuando “eso sucede” y un trozo de vida queda perdido porque ya no forma parte de nada.
“Eso” fue el eufemismo del que Didion se sirvió para referirse a la muerte de sus seres más queridos e irreemplazables, cuyas ausencias se hacen interminables.
El día que “eso sucedió” acababa de volver, junto con su marido, del hospital en que se encontraba ingresada su única hija, de 37 años, en un estado de coma inducido. Se sientan a la mesa a cenar, él dobla la cabeza hacia adelante. Su corazón se ha parado. “La vida cambia en un instante”.
En la sala de urgencias la atiende un trabajador social que ella confunde con un médico. Le costó salir de su confusión: “Si te asignan un asistente social es que tienes un problema”, escribe con amarga ironía. En ese momento comenzó a entender, no a aceptar, que su marido había fallecido.
“Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”, escribió un año después de que “eso” sucediera la primera vez. Un año fue el tiempo que necesitó para comenzar a realizar el duelo por su marido. Para activarlo, para lidiar con el dolor, como ella misma dice. La enfermedad de su hija y sus propias resistencias personales le permitieron eludirlo.
El pensamiento mágico era la idea irracional de esperar la vuelta, de conservar zapatos, trajes y ropa, porque si él regresaba los iba a necesitar. Era volver a su casa con la insensata idea de que su marido la estaba esperando, y que iba a poder contarle hasta el último detalle del día.
Tras ese año cayó en la cuenta de que al dolor “hay que prestarle atención”, para poder continuar el trayecto de vida pendiente.
Un duelo hay que hacerlo. Resulta más inquietante la quietud que la angustia ante un acontecimiento de este alcance. A una muerte le siguen la tristeza, la depresión, la desesperanza, el sin sentido, el llanto. Eso hay que atravesarlo. Sufrimiento que un sector de la psiquiatría actual no quiere escuchar, ni presenciar y dónde Didion halló, inicialmente, la connivencia para mantener su afán de control, mediante el uso de medicamentos psicotrópicos que resecasen sus lágrimas y sofocasen su aflicción.
Un duelo, salvo excepciones, no es asunto médico.
Cuando lloramos por la muerte de un ser querido, escribe la autora con palabras en las que me reconozco,  lloramos también por nosotros mismos, por quienes ya no somos, por quienes hemos dejado de ser. También porque asoman las sombras de la transitoriedad.
Hay que dejar que quien un día partió de la vida se convierta sólo en un nombre, en una fotografía. Hay que dejar que se lo lleve el agua y el fuego y el viento y la tierra, hay que dejar que se convierta en una imagen, en una palabra, en un evanescente recuerdo.
Primero murió el marido. A los dos años murió la hija.
Se reprocha Joan Didion el desprecio que sintió por el llanto de la viuda de Dylan Thomas a la muerte de éste. No sabía aún, afirma, que “el dolor por la muerte de un ser querido carece de distancia, y llega en forma de oleadas que cancelan la normalidad de la vida”. Ráfagas de angustia que debilitan y desmoronan, a las que de entrada intentó neutralizar.
En el teatro de la Abadía, con el relato a medio leer todavía, iba reconociendo el monólogo a cargo de una sosegada Jeannine Mestre, y se me evidenciaba que la diferencia entre un texto escrito y un texto interpretado ponía de relieve acentos, matices y contenidos no conformes a los que mi subjetividad había subrayado.
Más allá del estilo de El año del pensamiento mágico, no muy afín a mis preferencias literarias, me sacudieron sus concisas y acertadas frases para recortar un determinado estado emocional, un recuerdo o una situación, y el testimonio, de indudable valor clínico, de lo que fue el proceso de duelo de Joan Didion.
Jeannine Mestre sale al escenario a ras de suelo, la tengo enfrente, a menos de tres metros y me dice, a mí, al público, estas palabras verdaderas, previas a su interpretación: “esto que voy a contarles puede pasarle a ustedes. Les va a pasar a ustedes”. Y comienza la función.

Francisco Cervilla

Pereira buscaba a Tabucchi que estaba buscando a Pessoa

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Terminas de leer un libro, y con el sabor aún de la lectura, le buscas un lugar en una estantería donde quedará por tiempo indefinido. En ese momento imaginas que conoces ese libro. Pasan los años y esa idea persiste. Te equivocas. Inadvertidamente el libro se ha ido alejando de ti, se ha vuelto otro. Tú tampoco eres el mismo.
En otras lecturas que haces es posible que encuentres referencias sobre ese libro. Creerás entenderlas. Te equivocas otra vez. Si aceptas tu error el libro comenzará a llamarte, te avisará de su presencia y lo colocarás en la lista imaginaria de lecturas pendientes.
Una vez decides leerlo te espera una sorpresa: descubrirás un texto nuevo. Distinto al que recuerdas. Sucede con cierta frecuencia.
En un momento mío particular en que El libro del desasosiego me convocaba, se me interpuso -felizmente y sin menoscabo de Pessoa- Sostiene Pereira, y fui a buscarlo a la estantería.
La lectura fue doblemente grata al imaginarme todo el tiempo a un Pereira encarnado por un magistral  Mastroianni.
En un breve comentario a su novela, sostenía Tabucchi que después de una de sus primeras visitas a Lisboa, adonde fue buscando las huellas de Pessoa, el pessoaiano Pereira se le empezó a aparecer de manera un tanto indecisa, dándole señales  difusas y borrosas.
Inicialmente Tabucchi no le prestaba demasiada atención. Pero Pereira, que resultó ser más tenaz de lo que pudiera pensarse, continuó visitándolo en ese espacio de tiempo previo al sueño que era cuando el escritor cavilaba sobre sus personajes. Pereira, que andaba a la búsqueda de autor, logró conquistarlo para su causa.
Tabucchi le tomó cariño y comenzó a dejarlo hablar, a escuchar su historia, sus dudas, sus miedos, sus preocupaciones, su alarma ante los inesperados avatares que Pereira llegó a vivir en los oscuros tiempos del Portugal salazarista.
Solitario, viudo, nostálgico, infeliz, cardiópata, obeso, con el alma ahogada por la tanta carnosidad que la rodeaba y lejos de otros momentos periodísticos más notorios, Pereira andaba perdido en un triste trabajo de cronista cultural para un panfletario y anodino periódico lisboeta.
Hundía allí su pesadumbre, dando la espalda a la muy adversa  realidad circundante, arrojando al olvido su capacidad de discernimiento, abandonando su patrimonio intelectual. Y ese estado de Pereira, que no el sujeto Pereira, durante la lectura se me convierte de golpe  en metáfora de la banalidad del mundo actual, en metáfora de esa actitud de indiferencia humana frente al mal ajeno que este sistema hábilmente ha sabido  inocular.
Su plana cotidianeidad la compartía con el retrato de su fallecida esposa, única compañía que le importaba. De manera un tanto automática hablaba a ese retrato, signo de ausencia: palabras inútiles en su boca, dichas al vacío causado por una existencia extinguida e irreemplazable.
La foto venerada de Pereira, clisé central que respiraba –sostenía Pereira, te hace pensar en la foto que tú, con secreto anhelo, guardas de la persona querida tuya ida de la vida, a la que miras buscando una señal, la devolución de una mirada imposible sabiéndola imposible, es la foto que tienes cerca como testigo y recuerdo de lo que una vez fuiste, que te evoca la eterna ausencia, el desaparecido tiempo común, la insalvable separación entre la vida y la muerte. Y esa foto, la fuerza de su presencia, te das cuenta, acaba matando los recuerdos, los gestos y las miradas, la voz y los dichos, las ocasiones y los acontecimientos. Acaba matando la memoria que quieres conservar. Porque ese instante robado al tiempo, ese retrato que se convierte en único se va tragando una ingente multitud de otros instantes, a la vez que la imagen se va volviendo hierática, inexpresiva,  muda, de una quietud infinita, y termina por no decir nada y no angustiar, hasta que logra tapar todo lo que había que tapar. Tal vez sea ésta su función.
Toda vida es una tentativa, creo haber leído en Borges. Pareciera que Pereira –y tengo la impresión de haber dejado de seguir a Tabucchi hace un rato- tuviera la voluntad de renunciar a su tentativa, de enterrarla con su mujer o sepultarla bajo la dictadura infame de Oliveira de Salazar.
Pero en el núcleo de su declive, de su renuncia, el sujeto Pereira bulle. Ese sujeto, él mismo, es su mayor desasosiego. El deseo arde en un cuerpo que no responde, decía un octogenario Samuel Beckett. Ese no vivir, esa alteración íntima, es lo que le impide a Pereira instalarse en una vida que era un morir continuo. Y por eso fue posible un encuentro por el que se dejó llevar y que lo lanzó a una cadena de acontecimientos que lo pusieron en la senda de su deseo.
Y como quería salir del anonimato, dejar de ser extranjero en todas partes y dar un grito al mundo, Pereira buscó a Tabucchi que estaba buscando a Pessoa, y Tabucchi lo escuchó y le prestó su escritura, y a cambio  ayudó a Tabucchi a  encontrar el espíritu pessoaiano por las cuestas, plazas, rincones y cafés de Lisboa, y Tabucchi pudo así escribir el entrañable relato que tituló Sostiene Pereira.

Francisco Cervilla

 

 

Todos los días llegan alguna vez

Ahora que supuestamente tengo tiempo, M, que conoce mis gustos literarios, me regala un mamotreto de libro, tal vez con la idea de rellenar la amplitud de mi recién estrenado tiempo libre, no sea que en su libertad el tiempo se escape o que por sus anchuras entren temidas luces de ocaso.
Es curioso cómo una vez que se tiene libre, suelto y en abundancia, ese tiempo tantas veces deseado parece convertirse en amenaza, causante potencial de angustiosos agujeros existenciales que necesariamente habría que tapar.
En realidad el tiempo, si es que existe, es quien te tiene a ti. Él manda. Arrasa. Te despoja. Te ignora. Cuando dejas de venderlo como si fuera tuyo,  y crees que te pertenece, te acercas al abismo de lo que no hay.
La aspiración humana a la inmortalidad se descompensa cuando, de repente, por cualquiera de las cortaduras de la vida, aparece la vertiente irreversible e imposible de desandar del tiempo. Y se descubre que la continuidad de un tiempo previsible, circular y constante, era solo ilusión.
Así, pues, como  supuesto antídoto a los efectos del tiempo me encontré frente a un grueso aunque prometedor volumen. Letra pequeña y algo más de setecientas páginas.
Preso de la idea de la temporalidad empujaba su lectura hacia el futuro,  pues se preveía larga. Ayudaba a la postergación la clasificación de novela histórica que lo acompañaba. Etiqueta simplista para esta obra: Noticias del Imperio.
Ficcionado unas veces, riguroso otras, la narración trata de un tiempo histórico. Malla sobre la que surge un fulgurante tiempo subjetivo, un estallido del personaje central que trastoca cualquier ordenamiento cronológico.
En esa pulsación temporal a la deriva, nada más comenzar la lectura, el obsequio se me convierte en regalo al descubrir la portentosa escritura del mexicano Fernando del Paso, Premio Cervantes 2015, de quien nada había leído anteriormente por desconocimiento.
El escritor abre el libro de un modo mágico dando voz a Carlota, Emperatriz de México, con un soliloquio susurrante, poético y subyugador, capaz de cautivar al lector, cuyos ojos se van deslizando página tras página, rodando en pos de las palabras metonímicas de María Carlota Amelia, escritas como un invisible hilo que tira del lector, y que del Paso dispara hacia el infinito.
La Emperatriz habla al Emperador, Maximiliano, muerto, vivo. Le pregunta, le requiere, le cuenta. Le da noticias, avatares históricos, fragmentos inconfesables de su intimidad.
Vive en la eternidad, fuera del tiempo a la vez que en todos los tiempos, atravesándolos a la búsqueda de los ecos más lejanos de su existencia, irremediablemente perdidos, inalcanzables. Y del Paso, a través de este personaje insólito, logra un prodigio: atrapa y estampa sobre el papel palabras que son agua, lluvia, aire, viento, luz y oscuridades. Palabras de  inasible huella.
Y en estos momentos míos de pérdida, de ausencia definitiva de mi madre, retengo un lamento de Carlota que me habla: “Me parece mentira que hayan pasado tantos años y que hayan llegado y se hayan ido todos esos días que parecía que nunca iban a llegar. Todos los días llegan alguna vez, aunque no lo creas y aunque no lo quieras y por más lejanos que parezcan. Y cuando llega el último día, el día de tu muerte, todos los días de tu vida se vuelven uno solo”.
Y en ese día en el que se suman todos los días el tiempo asoma su rostro y ves como se lleva inalterable a la persona querida y con ella lo que tú creías ser, porque dejas de estar vivo para quien traspasó ese último día y ya no puede pensarte nunca más. Y tú lo sabes. Sabes que un trozo tuyo, lo que fuiste, murió.

Humani corporis fabrica

” ¡Llegaron!” Es el título de la última obra de Fernando Vallejo publicada en nuestro país, y cuya lectura tenía pendiente desde hacía tiempo.
Leer un libro de Vallejo equivale al encuentro con un torrente incontenible de palabras admirablemente engranadas. La viveza de su escritura arrastra al lector en el torbellino de esa especie de asociación libre con la que parece escribir, dicho sea en el sentido freudiano: hable, diga lo que se le ocurra, no se contenga, déjese llevar por sus palabras.
Esa desenvoltura con el verbo forma parte del genio del escritor colombiano. Su libertad logra romper la potente compuerta censora que crea la represión inconsciente.
Vallejo es capaz de oscilar desde el más grande desaliento a la más disparatada, inesperada y desenfrenada ocurrencia, invariablemente irreverente, que hace diana en una verdad concerniente a la condición humana. O, se podría decir, en lo peor de la condición humana, “la horda bípeda”, como la llama, donde el autor hurga con sorprendente facilidad.
Ese modo suyo de relatar, dejando suelto el encadenamiento de palabras en su decir, entreteje recuerdos, ideas y anécdotas, consiguiendo una frescura y una agilidad que alienta la lectura. En muchos momentos el humor de sus osados y mordaces delirios logra arrancar la carcajada.
No deja rincón de su vida sin remover: las referencias autobiográficas son permanentes, como en gran parte de su obra. Cualquier ámbito de la existencia sobre el que repare, familia, política, religión, cultura, Colombia o la “barbarie llamada civilización”, pasan por el molinillo audaz de su escritura.
“¡Llegaron!” Era el grito de angustia, la voz de alarma cuando el coche de sus padres, abarrotado de niños, arribaba de vacaciones al campo, a la apacible casa familiar de los abuelos.
Los recuerdos infantiles están teñidos de una nostalgia indisimulada, que rápidamente sacude con la crítica, la ironía o la desesperanza.
Sus relaciones más intensas son de amor-odio. Las diatribas contra la religión y contra Cristo, son propias de un creyente fuertemente decepcionado, desengañado, no de un ateo. En este sentido no se ha ahorrado esfuerzos, basta leer la inmensa invectiva de su ensayo “La puta de Babilonia”: sobre la historia del cristianismo y la Iglesia católica. No deja títere con cabeza en un devenir de siglos.
Igualmente arremete contra lo que considera otra de las degradaciones de la especie bípeda: la clase política, cuya asociación a cualquier idea relacionada con la decencia o la honestidad formaría un estruendoso oxímoron.
Vallejo se mueve entre el rencor y la ternura. En ¡Llegaron! inventa un interlocutor, compañero de asiento en un imaginario avión extraviado, que primero lo aleja y después lo acerca a su destino. Un destino tan deseado como detestado, y en cualquier caso irremediable: no sólo su fin vital que vislumbra en el momento de su envejecimiento, sino la propia patria como final de viaje, la mala patria que lo obligó a abandonarla, patria miserable y país monstruoso, insiste por todos lados.
La metáfora, que define como “una de las propiedades del alma”, sobrevuela por todo el relato, y es, diría, el latido de este libro: su estructura, la interlocución, su discurso, su hablar a otro que escucha, y que indefectiblemente resuena con una inacabada sesión de análisis. O más aún: con un periplo psicoanalítico que comienza con un expectante “llegaron” y acaba con un sentido “se fueron”, evocador de un mundo perdido plagado de numerosas ausencias, pérdidas, separaciones e irreversibles adioses.
“Odio a los médicos”, le dice a su ficticio compañero de vuelo, psiquiatra a la sazón, “a usted, doctor, lo exceptúo por su condición de médico del alma, el tejido más deleznable de la humani corporis fabrica de que hablaba Vesalio, un tejido que no excreta, el único, el más limpio pero el más sucio. Ejemplos de deyecciones del alma: un discurso de político o una encíclica de papa”.
Puro Vallejo.

Francisco Cervilla
Madrid, 28 de julio, 2016

 

 

 

 

Surrealismo político

Si lo pueden hacer difícil no lo van hacer fácil. Como regidos por esta máxima, los líderes políticos, ratificados en sus posiciones y recogidos en su profundo ser, vuelven a la casilla de salida, tras haberse enrocado en unas llamadas líneas rojas que los confinan a su restringido espacio.
En el PP dicen que no las tienen. Ni falta que les hacen. Han logrado contar con una estructura antisísmica: son inamovibles. Salvo para regresar al pasado y bucear en el derecho laboral del siglo XIX (si tal cosa existió) con el fin de incorporarlo al del siglo XXI.
Las mismas caras, los mismos actores y el mismo guión, repiten en unas elecciones después de haber devuelto la papeleta para que sean los potenciales votantes los que se salten las cacareadas líneas rojas, en el caso de que las tengan. Si no se mueven ellos que se mueva el pueblo.
El espectáculo, si es que lo hay, es el efecto de repetición, y la repetición la señal de un fracaso. Es de suponer que los que mandan en la cosa saben -mal asunto sería que no lo supieran- que cualquier encuentro es deficitario respecto a las expectativas o las aspiraciones de lo que habría que encontrar o conseguir. Y que el encuentro, cuando se produce, se salda con una pérdida. Sólo así podrá haber alguna ganancia.
Los hay que de pérdidas no quieren saber nada. Son los que roban, pero también los que se extravían al tocar una parcela de poder, por pequeña que sea, cometiendo tropelías de muy diversa índole en relación a los otros: prebendas, privilegios, abusos jerárquicos, infatuaciones, arrogancias, moralinas, petulancias y llamativas jactancias, tras las cuales suele haber un gélido desierto. ¡Ay jefecillos, jefecillos! Aprendices de brujo, con qué facilidad declináis de vuestra profesión!
Ante ellos (de abajo arriba) bien viene aquella frase de cine en boca de un sabio y derrotado general: “Siempre fuimos gente honorable, pero servimos a hombres corruptos”.
En los últimos meses los responsables de los partidos han interpretado un mal remake de “El ángel exterminador”, de Luis Buñuel.
Recuerdo el argumento. Un grupo de personas distinguidas son invitadas a una cena en una gran mansión. Sorpresivamente el personal de servicio se va marchando de la fiesta, a la vez que van surgiendo momentos de tensión entre los invitados. Pasado un tiempo alguien anuncia que ya es hora de marcharse, otros, que opinan igual, se impacientan porque el primero no se marcha. En realidad, todos quieren ya abandonar la velada. Pero ninguno se va. Nadie deja la habitación y parece que por una extraña razón no pueden salir de ella, aunque nada lo impide. Una barrera invisible los confina en el salón. Buscan razones, excusas para no marcharse con tal de no cruzar el umbral de la sala. Finalmente invitados y anfitriones deciden pasar allí la noche. La noche se convierte en días, y los días en un absurdo cautiverio en el que paradójicamente se traspasan otras barreras, las que marcan las reglas de convivencia y se dejan en libertad las envidias, los celos, el caos, la acritud y la angustia.
En el exterior se produce una gran expectación por la reclusión de los moradores de la casa.
El desenlace tiene lugar cuando todos vuelven a la posición y actitud idénticas al momento en que comenzó el encantamiento. Volver al tiempo anterior. Sin embargo, el observador sabe que tras el encierro los personajes ya no son los mismos, no pueden serlo. Las señoriales apariencias son burdo disfraz.
La película termina con un oficio religioso de agradecimiento por el fin de la surrealista prisión y con la imagen de un rebaño de borregos dirigiéndose al templo.
La primera y última imagen de la obra, es una tentación pensarlo, abrochan entre sí. Puesto al desnudo el distinguido grupo, su secreto oculto aparece al final: son la tropilla de corderos. Es lo que son o lo que gustan provocar. Así, en blanco y negro. Sin color y sin entusiasmo.

Mejor escéptico que cínico (o trepa)

Es mejor seguir siendo escéptico que volverse cínico, escribe Günter Grass en “Es cuento largo”, su complejo libro sobre la caída del muro de Berlín.
La afirmación, a bote pronto, resulta auténtica. Una de esas frases que de vez en cuando sueltan los buenos escritores y resuenan como algo verdadero: mejor escéptico que cínico.
Del cinismo somos tan autores como víctimas. Tolerado y sostenido socialmente es uno de los principales ingredientes de la condición humana de esta época. Germen de la corrupción.
Organizado por una arquitectura mental narcisista, inmune y ciego a cualquier crítica propia o ajena, el provecho personal es lo prioritario para el cínico: toma al otro semejante como objeto que puede utilizar a su antojo, para su propio beneficio y satisfacción.
Hasta no hace muchos años ese era el funcionamiento normal del trepa, el cual se encargaba de enmascararlo: estaba mal visto. Ahora, conforme se ha ido aceptando, se llama ambición legítima. El cínico contemporáneo se autoriza a serlo. Se contradice, dice, se desdice: no importa, todo vale. Su abanico es -por usar un eufemismo reciente, ya expirado- transversal, de izquierda a derecha.
El escéptico, por su parte, es alguien que, tras cierto recorrido, se mantiene a distancia. No vive en la certeza de un saber cerrado, fuente de pre-juicios y dogmatismos. Los otros no suelen ser instrumentos que estén ahí para su goce particular. Se le confunde con el pesimista, categoría considerada negativa a la que se le opone el “hay que ser positivo”. Fórmula estándar repetida hasta la saciedad, que no es sino la propuesta de una ficcioncilla, un engaño, para aguantar un poco más.
El “sé positivo” generalizado -banal, reduccionista y simplificador- debió salir de algún laboratorio de ideas al servicio del discurso del amo para convertirse en consigna. Actúa como censura que intenta reprimir la indocilidad que puede suscitar la angustia derivada de una vida insatisfecha. Prescribe silenciar lo que no se aviene al sistema y domar los síntomas que provoca el malestar en la cultura.
El eslogan adopta múltiples formas: es el sentido común, al que apela el ministro Guindos, para que continúen las amputaciones infligidas; son las actividades comunitarias pseudo progres que borran la singularidad de los sujetos, propuestas en determinadas áreas de la administración; es la dictadura de las estadísticas en el ámbito de la administración pública, donde prima la cantidad sobre la calidad (en esto la denominada nueva política ha envejecido vertiginosamente); es el aplastamiento de los criterios técnicos por los planes personales, ideológicos o de réditos partidistas; es incluso, el disfraz para cubrir la bochornosa ausencia de generosidad política.
Como cada quien lleva su policía íntima, más o menos permeable al orden establecido, el lema triunfa. Triunfo de la alienación del sujeto. Calla la vida, calla el deseo, escribe Günter Grass en la narración citada.
El cinismo se intensifica según se sube en la jerarquía social, con su cortejo sintomático: corrupción, prevaricación, impunidad, prepotencia. Según se baja en poder adquisitivo las manifestaciones cambian: eres un hortera o un cutre. Así lo expresaron respectivamente Mario Conde o Rita Barberá, quienes contaron, como tantos otros, de derecha a izquierda, con su corte correspondiente y el beneplácito social.
Simultánea a la escritura de estas notas, el azar me ofrece la lectura de un artículo elogioso de Miguel A. Aguilar sobre Juan Villoro, en su periódico Ahora. Se refiere el veterano periodista, no sin irritación, a los chorizos embutidos en distinguidas tripas como “gusanos nunca metamorfoseados en mariposas, impregnados de ese sentimiento tan nuestro que los alemanes denominan Schaenfreude y que podríamos traducir como goce indisimulado del mal o de las carencias ajenas”.
Fenomenal descripción del cínico actual, manufacturado por las élites políticas y económicas, y que ya comienza a surgir –quién lo iba a decir- en el movimiento político opuesto a la casta que emergió del 15-M.
G. von Rezzori, allá por los setenta y sin andarse por las ramas, describe a los cínicos-trepas como cortesanos sin corte, “arribistas y lameculos, gente llena de ambición y de servilismo para con los de arriba, y de arrogancia y altivez para con los de abajo, pero siempre conmovedoramente solícitos y agradablemente serviciales”. Vivo retrato.
Para Lacan el escepticismo es una forma de sostenerse el hombre en su existencia que no pasa por la apropiación o el atropello del semejante, posición que no deja de ser una ética. El escéptico ante la duda que lo bloquea sólo tiene como salida su deseo particular, o de lo contrario queda perdido en su laberinto.
El escéptico proviene de una creencia en el otro, de una expectativa en el ser humano, al que intenta no juzgar; el cínico procede de la incuestionable reafirmación de su yo, de inamovibles planteamientos personales, propio de posiciones totalitarias y requiere de una fuerte dosis de canallería: se le sufre cada día.
Si no fuera por eso, por el sufrimiento, por la amargura que el cinismo de Occidente ocasiona a tantos cientos de miles de personas, los hechos de la vida no tendrían la consistencia ni el peso que tienen. A fin de cuentas, como dice Sebald, el secreto de la existencia humana consiste en su total superfluidad.