Bajeza póstuma y actual

Un amigo me envía por correo electrónico la recomendación de varias películas, entre ellas The Imitation Game (Descifrando Enigma). Le debo a él y al cine el descubrimiento de un personaje que desconocía: Alan Turing. Probablemente haya leído, sin retenerlo, su nombre en algún texto de psicoanálisis y lenguaje. Compruebo en algunos escritos que los eruditos en Lacan sí que lo conocen.
Más allá de su historia, incluidas las distorsiones del guión, Turing toma altura en la pantalla gracias a la potente interpretación del actor inglés que lo encarna: Benedict Cumberbatch.
La película abarca tres períodos de su vida (instante de ver, tiempo de comprender y momento de concluir) en un flash-back cuyas discontinuidades no rompen la lógica argumental. Sólo al final se puede entender la aportación de Turing a la humanidad.
Doctor en matemáticas, durante la Segunda Guerra Mundial, fue contratado por el gobierno británico como criptógrafo con el objetivo de descifrar los códigos de la máquina Enigma, utilizada por los mandos del ejército alemán y poder revelar, de ese modo, la estrategia nazi. Al éxito de su labor se le atribuye la salvación de catorce millones de vidas. Se calcula que adelantó en dos años la derrota de Hitler.
Su trabajo, considerado “secreto de estado”, fue ignorado durante largo tiempo salvo por algunos políticos de alto rango y unos pocos colegas. Finalizada la contienda Turing volvió a la enseñanza y la investigación. Su excepcional participación en la guerra permaneció en el anonimato, quedando los honores y la gloria, cómo no, para el enaltecimiento de los grandes políticos del momento.
En 1952 fue detenido por mantener relaciones homosexuales y, aquellos que le debían inmensa gratitud, le robaron la vida: aniquilaron su ser. Se le condenó a la castración química. Dos años más tarde se suicidó. Tenía 41 años de edad.
El manto de silencio sobre la repercusión extraordinaria del servicio a su país, contrasta brutalmente con el griterío escandalizado y el murmullo zumbante, como panel de abejas, de los moralistas de la época. Almas bellas ocupadas en denunciar los considerados desórdenes ajenos, permaneciendo ciegas a la propia iniquidad.
A poco que se explore en su biografía se descubre que Turing fue una figura fundamental del siglo XX por su contribución a las matemáticas, la lógica simbólica, la física y la informática. Se le considera el precursor de los actuales ordenadores y el primer teórico de la inteligencia artificial.
Sesenta años más tarde el Parlamento británico le otorgó el indulto por los “delitos cometidos”, no sin el esfuerzo de la comunidad científica que reivindicaba su memoria. La vileza de su condena quedó redoblada con el perdón ulterior: no sólo llegó tarde, contó además con la oposición de sectores políticos conservadores.
No hay justicia póstuma. Nada ni nadie le puede restituir a Turing el sufrimiento que padeció. El indulto tiene el valor simbólico de corregir el oprobio, de desautorizar retroactivamente una ley cruel. Pero ese mismo acto de absolución tardía deja al descubierto la capacidad del alma humana para la ingratitud, y evidencia la facultad del hombre para relegar sus deudas al olvido, e incluso saldarlas con el rencor.
Tal vez no pueda ser de otra manera. Cada día se envía gente al sacrificio. Existe constancia, permanentemente actualizada, de lo que dice Bellow: “El alma del otro es una selva oscura.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>