Todos los artículos de: Francisco Cervilla

De pestilencias, fechorías y nuevos monstruos

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Con intuición premonitoria Saul Bellow escribía, en 1965, que la vida de los ciudadanos se estaba convirtiendo en una empresa comercial. En su opinión esa era una de las peores interpretaciones que, en toda la historia, se le había dado al sentido de la vida humana. La vida del hombre no puede ser un negocio. Pero ese desiderátum era la constatación de una realidad imparable.
Aunque el hombre, de las formas más viles, siempre ha sido objeto de transacción para otro hombre, nunca hasta ahora, con el sistema capitalista, había sido tomado de manera general como pieza mercantil de lucro. Una mercancía manufacturada según convenga al momento socioeconómico.
Las voces fustigadoras de quienes encarnan el dicho sistema, amos políticos y empresariales, como si fuesen ajenos e inocentes del naufragio actual, piden la conjunción del PP y PsoE, so pena de un nuevo apocalipsis. Atrapados en sus contradicciones necesitan de nuevo la confianza de una sociedad que han dejado cianótica, y a muchos de sus individuos desahuciados o en condición de marginación social.
De la prepotencia y la arrogancia, de la especulación desalmada, de la impunidad, el nepotismo, el expolio y la estafa, así como de las complicidades y permisividades, se pasa a la inquietud y, en algunos casos, al pánico por el auge de Podemos. Con la torpeza que los caracteriza, incluida la zafiedad, intentan ahora desacreditar al nuevo partido de todas las maneras posibles. Acostumbrados al aplauso y habituados sin pudor al autoelogio, en su hipocresía mantienen, cito a Lacan, “un discurso pestífero enteramente al servicio del discurso capitalista.”
Sólo del estrangulamiento largo y apretado de una ciudadanía que, hasta ese momento, se mostraba indiferente a lo que acaecía en las esferas del poder, ha podido surgir una formación política, con un discurso distinto para que los representantes del sistema se hayan visto forzados a hablar de regeneración. Resulta desalentador escuchar el empleo de miles de palabras que “sólo infectan e ignoran, emborronan y empeoran, avergüenzan y falsean y mutilan y oscurecen, y ensombrecen; en los labios y en el papel maltratadas por sus maltratadores; la característica de las palabras y sus maltratadores es la desvergüenza”. Escrito lo dejó Thomas Bernhard.
Así, pues, como la enmienda no existe (y parece que ni siquiera su propósito en el ámbito religioso y privado de los agentes protagonistas), el servicio al gran capital continúa. Nuevas fechorías nos esperan. Atentos, como dice Miguel A. Aguilar.
Igual que una reacción química, la unión espuria de economía y política ha producido una niebla tóxica y corrupta, que altera los sentidos y distorsiona la percepción de la realidad con el fin de apresar las voluntades.
De ello dio cuenta Naomi Klein en su libro sobre la doctrina del shock: un trauma colectivo produce una lesión psíquica que vuelve a los sujetos más sumisos y proclives a creer, y a seguir, a los líderes que afirman protegerlos. Ese tratamiento de choque es el que Friedman aconseja a los políticos a la hora de imponer medidas insufribles antes de que la gente recupere la lucidez perdida y pueda defender los valores que les quieren sustraer. El estado de confusión e impotencia que origina en la población facilita al poder político-financiero someterla a sus intereses. Todo suena como si estuviéramos viviendo en una fase de ese guión.
Bajo la caótica actualidad fluye un agua subterránea, un agua oscura sobre la que advierten expertos documentados y conocedores de una operación, de secreta elaboración, llamada Tratado de Libre Comercio entre EEUU y la UE, que se vende como el mayor mercado libre del mundo.
Despojadas ya de sus máscaras, enemigas evidenciadas de los ciudadanos, de la democracia, de las libertades individuales y en definitiva de la vida de las personas, las multinacionales occidentales urden, con la connivencia de los gobiernos, un inmisericorde plan. Ningún ámbito de la vida escaparía al dominio de los grandes grupos económicos. De prosperar, el pacto llegaría a englobar casi la mitad de la riqueza mundial.
Europa es cosa de Estados Unidos y en su intento de frenar el empuje chino, están dispuestos a repartirse el mundo por regiones con el fin de mantener su hegemonía mundial. Si el siglo XX fue el imperio de USA el XXI debe serlo también.
En su número de noviembre, Le Monde diplomatique, en un artículo sobre este asunto subraya que se trata de “un plan global que apunta a intensificar el compromiso, la influencia y el impacto de los Estados Unidos en las cuestiones económicas, diplomáticas, ideológicas y estratégicas de la región, con el fin de cortar las alas a China. Seiscientos asesores de Washington apoyan a los negociadores del tratado”, a ambos lados del Atlántico.
El Tratado incluye normativas comunes para todos los productos y servicios (subrayemos sanidad, educación, asistencias sociales), afectaría a la administración de justicia y a la soberanía de los Estados. Una lista, que Le Monde califica de infinita, modificaría normas nacionales y autonómicas en todo tipo de materias.
Una nueva regulación de la propiedad industrial e intelectual tendría, por ejemplo, consecuencias nefastas en el campo de la medicina. Los 20 años actuales sobre los derechos de patentes se quieren ampliar a los 120 años. Eso significaría, señala Le Monde, la desaparición de los medicamentos genéricos. Los métodos diagnósticos y quirúrgicos entrarían en el mismo saco, de forma tal que una operación de corazón o protocolos innovadores para la detección del cáncer y su tratamiento “estarían sometidos al pago de derechos por parte de los usuarios”. En la práctica la sanidad quedaría convertida en una industria privada, al margen de las necesidades sanitarias nacionales.
Se produciría una mayor desregularización para el sistema capitalista (esa que tanto se ha venido señalando como principal causa de la ruina actual) y que los ahora autodenominados regeneradores dicen que quieren regular. Desaparecerían las medidas de control de capitales, volviendo innecesarios los paraísos fiscales que, entonces sí, los podrían eliminar con una medida tan tramposa como inútil.
Acuerdos transnacionales respecto a la resolución de conflictos legales con los Estados, permitirían a las multinacionales refutar las decisiones de gobiernos legítimamente constituidos, si éstas resultasen perjudiciales para sus inversiones: podrían presentar sus quejas de modo directo a tribunales privados internacionales de arbitraje, normalmente compuestos por abogados de las mismas empresas.
Los grandes grupos económicos, con muchas y grandes puertas giratorias, verdaderos señores del planeta, quedarían en las orillas de la justicia y por encima de los Estados.
Imre Kerstész, escudriñador de las pulsiones letales del humano y gravemente quebrantado por ellas, escribe en su “Crónica del cambio”: “el mundo se destruye desde muy adentro, desde mucho más adentro de lo que es capaz de concebir la historia, sea con la razón, sea con la ciencia…” “La política -continúa más adelante- se ha convertido en crimen; el capital, en gran industria exterminadora de hombres; la ley, en regla para el juego sucio”.
Crónica del cambio y crónica de la actualidad también.
Para terminar con quien comencé, y puesto que la cosa va de citas, no puedo, ni quiero, sustraerme a ésta otra, fuerte, del gran Bellow: “Las artes del disfraz están tan desarrolladas que con toda seguridad uno se queda corto a la hora de cuantificar el número de hijos de puta con los que se ha tropezado.”
Extraída de Ravelstein. Novela que narra la historia del hombre que se jactaba de haber sido profesor de quienes dirigían la política mundial.

Sin indicios de vergüenza

Hace tiempo que dejé de escuchar las noticias por la mañana, con el ánimo de empezar el día de un modo tranquilo. Las sustituí por música, o por el silencio, que tampoco viene mal dado el ruido de todo género que nos asedia. A esa hora temprana mejor mantener la atención centrada en un buen afeitado que dure todo el día.
Sin embargo, llega el momento inevitable, irresistible, de encender el ordenador, abrir la prensa digital y leer los titulares, momento a partir del cual la actualidad, formada por la combinación de elementos que brotan en los innumerables e ilustres estercoleros repartidos por el país, es escupida por la pantalla como si padeciese una descomposición diarreica.
La calma desaparece. Comienza la alteración. Cierro las ventanas digitales convertidas en focos sépticos, intento centrarme en mi actividad pero un titular, una noticia me ronda, no me deja, vuelvo a abrir los periódicos una segunda vez para cerrarlos de nuevo, cerciorado de que lo insólitamente mezquino persiste, se enquista o aparece bajo una modalidad diferente.
El día ha comenzado. Es un verdadero festín: la crisis del ébola y su gestión; los insultos y el perdón posterior del consejero madrileño de sanidad; responsables institucionales que quisieran esterilizar a sus trabajadoras a la vez que se muestran ardientes defensores de la familia tradicional, lo que tendría sentido, la mujer con la pata quebrada y en casa: hala, a reproducirse; el obsesionado obispo de Alcalá con sus fantasmas sexuales particulares o el de San Sebastián que, en lo que parece un arrebato delirante, denuncia el marxismo instalado en el PP; las tarjetas negras, negrísimas devoradoras de los ahorros de los preferentistas; un extraterrestre llamado Arturo Fernández; el pequeño Nicolás y sus misteriosos soportes; la amenaza de una tercera crisis económica; la soberbia despreciativa del PP materializada en su silencio sobre las podredumbres internas; un Partido Español que hace años vació de significado las siglas identificadoras de su esencia: la S y la O; una IU obligada a hacer limpieza y con resistencia a depurar responsabilidades sobre la corrupción; unos más que execrables personajes sindicales. No estábamos preparados para todo esto. Al gusto, esta serie puede multiplicarse y empeorar, a lo visto, indefinidamente.
Cuentan, ignoro si será chiste, que estudiosos de la cosa pública aseguran que una evaluación de la moral en el manejo de los asuntos públicos daría un resultado significativamente negativo: en un alto porcentaje no se encontrarían indicios de vergüenza.
“Despreciamos a los que nos mienten, respetamos a los que dicen la verdad”, escribía Thomas Bernhard. Enunciado que hace difícil encontrar respetabilidad en la casta o clase política.
Como uno cree en el ser humano la capacidad de asombro no se agota. Pasa como con las ramas de cualquier árbol madrileño, un estupro, un insigne gánster, puede caerte encima cuando menos lo esperas.
En este clima de envilecimiento cínico, en el que tantos males irrumpen al mismo tiempo, la honestidad de la gente común con la que tratamos es un lenitivo, y según las afinidades personales hay figuras cuya potencia te ofrecen su complicidad al apuntar a verdades que consideras incuestionables.
Me sucede, a mí al menos, con la obra de Thomas Bernhard. Se acaba de representar en el Teatro La Abadía de Madrid la adaptación de su libro póstumo, “Mis premios”. Con sabiduría y humor Pep Tosar (director y actor) muestra la ironía punzante de Bernhard, su desaliento íntimo, sus contradicciones, su desesperanza sobre la existencia, y sus comentarios demoledores sobre las mascaradas de una autoridad engreída y encanallada, en la que nadie cree salvo sus adeptos.
Enemigo de los premios, en ocasiones, por necesidades económicas no tenía más opción, humillante, que aceptarlos. En uno de ellos, casi encogido en su butaca, escuchaba la perorata del ministro respectivo, del que pensó y luego escribió que “al terminar su discurso merecía una bofetada, pero recibió un fuerte aplauso”. Era la servidumbre voluntaria, esa cohorte patética inherente al que ostenta el poder.
Quizás detrás de mucho aplauso lo que existe realmente es el impulso reprimido de dar una sonora bofetada. Muchos se la han ganado a pulso y somos muchos los que anhelamos que un día la reciban, cívicamente claro. Y deseamos que esos “inmundos espíritus-como dice Ceronetti- que están embadurnando todo de tinieblas”, desaparezcan pronto o se reduzcan notablemente.

La película equivocada

En una reciente y abarrotada exposición sobre arte pop en el Museo Thyssen de Madrid, había en la última sala un cuadro de David Hockney titulado “Hombre en un museo (o estás en la película equivocada)”, en el que un hombre da la espalda a lo que parece una figura de la antigüedad egipcia reinterpretada, que a su vez mira a ese hombre.
A falta de la mirada del visitante queda la mirada del artista o de su obra ignorada. Irónico colofón de la exposición, ilustrativo de lo que suele suceder en este tipo de muestras.
Decía Marcel Duchamp, en una larga y célebre entrevista, que los museos le evocaban los cementerios. Albergan, afirmaba, la historia del arte de una época. Eso no quiere decir que sea lo mejor de su tiempo, incluso puede que sea lo más mediocre de esa época. Los cuadros, comentaba, pierden la lozanía y son mortales como los hombres. A fin de cuentas hay modas pasajeras y juicios que deciden qué debe figurar en un museo y qué no, excluyendo otros cuadros que hubiesen podido estar, de los que nunca se habló y que, por tanto, se omitieron. Un genio, continuaba, puede hacer tres o cuatro obras importantes en su vida, el resto es relleno cotidiano.
Según este criterio duchampiano al rigor mortis del museo habría que añadirle una ingente producción rutinaria puesta allí y conservada por los sucesivos sedimentos sociales.
Las exposiciones temporales, creadas para romper la rigidez museística y atraer un público diferente, mueren de éxito en manos de sus gestores al convertir tales muestras en un objeto de consumo más, en otro espacio de visita turística o un punto diferente de esparcimiento familiar.
Da igual El Greco, Goya o Warhol. Las campañas publicitarias de que se sirven los responsables institucionales reclaman una multitud de visitantes que se estorban entre sí e impide lo que sería el disfrute del evento.
Advertía Auden contra la glotonería cultural, de la que no se obtiene una mente más cultivada, sino una mente más consumista, sin olvidar que lo consumido se desvanece inmediatamente sin dejar huella.
Para alimentarse la creencia de saber lo que los otros quieren, o peor aún lo que los otros necesitan, los organizadores se basan en los números, aunque mejor sería decir consumen números: a mayor afluencia mayor es el triunfo. Los datos estadísticos funcionan como raíles por los que hay que seguir o hay que abandonar. A ellos quedan sometidos el resto de criterios.
Políticamente las cifras venden y, por tanto, mandan aunque sean tontas, o perversas al quedar ellas mismas como objetivo a alcanzar. Valen tanto para la propaganda como para el autoelogio. Sirvan para ello sanidad, educación, servicios sociales o cultura. Ámbitos arruinados además de reducidos a mercancía electoral, susceptibles de convertirse en plataformas para la petulancia política.
Por eso no pude evitar pensar, al leer las reflexiones de Duchamp sobre los museos, en las instituciones que nos representan, vueltas obsoletas a los pocos meses de haber sido elegidas, con una multitud de caras archiconocidas formando relleno alrededor de un líder que no suele ser un genio, y pendientes de las evaluaciones estadísticas sobre la gestión propia y la de los contrarios, a partir de las cuales construyen una realidad que nos quieren inyectar, mientras que, como en el cuadro de Hockney, dan la espalda a la vivimos. Es por eso que nos quedamos como la copia remasterizada de una pasmada figura egipcia y con la sensación de verlos metidos en la película equivocada y sin signo alguno de lozanía.

Propios demonios, diabólicos mayorales

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Me decía el otro día una escritora: las palabras que salen del dolor no mienten. Sin su permiso recojo aquí su dicho por el valor que contiene dado el contexto en el que se produce. A través del lenguaje, que a veces se presenta como una selva por la que transitar, trata de abrirse paso hacia aquello que un día le ocasionó una lesión vital.
Asumiendo una responsabilidad, para ella imprescindible, sobre su propia vida anhela saber sobre la causa de su malestar. Ha llegado a comprender que la raíz de su dolor no está en los otros sino en ella misma. La aceptación de ese hecho, tan difícilmente admisible, tan arduo, tan duro, la aleja no sólo de la mentira sino también del odio y del rencor al retirar de los otros la culpa de su aflicción o el suplicio de sus demonios internos. Esquivando cualquier disculpa se compromete, desde lo más íntimo de su ser, con su deseo y con sus actos a los que intenta poner palabras. A esta orientación personal Lacan la llamó posición ética.
Es fácil adivinar que a su naturaleza de escritora le añade, en este momento, la condición de psicoanalizada -o analizante, formulado en términos lacanianos. Se puede decir que no puede ir a más contracorriente de la época: ha tomado la lengua en su sentido más noble.
El escritor, igual que el analizante, sabe que las palabras no acuden con precisión a la memoria, por el contrario se escurren y ha de darse el trabajo de encontrarlas, siendo consciente de una inevitable fuga de partes de la cosa a capturar por el lenguaje. Ambos tienen la experiencia de no saber bien lo que van a decir hasta que lo han dicho, y llegan a decir y a escuchar “cosas que nunca habían sido dichas ni escuchadas”, como señala, nadie mejor que un poeta para advertirlo, W. H. Auden en un texto dedicado a las palabras.
Aclaremos: ni dichas ni escuchadas subjetivamente, pues no responden a lugar o estribillo común sino que surgen del propio decir. De ahí su carácter inédito y hasta gozoso. En ese proceso hay una ganancia de saber para el sujeto, elemento de escaso aprecio en el discurso actual.
En la orilla opuesta se encuentra el parloteo falaz, que consiste en lo que Auden llama práctica de la magia negra de las palabras, cuya técnica reside en hablar incesantemente para despojar a las palabras de sus significados, reducirlas a sílabas o sonidos verbales, en repetirlas una y otra vez hasta convertirlas en puro sonido y arrancarles todo sentido. “Palabras como comunismo, capitalismo, imperialismo, paz, libertad, democracia, han dejado de ser palabras, cuyo significado puede cuestionarse y discutirse, para convertirse en meros sonidos agradables o desagradables” según el reflejo de cada cual.
Esta taumaturgia de las palabras pretende tomar la lengua como un eco del chantaje financiero o una repetición de la propaganda política. “Repita conmigo”, que diría la señora Aguirre.
La magia negra de las palabras enferma a la palabra de forma que ni interrogue ni cuestione y, eso sí, sostenga la idea, inyectada sin complejos durante lustros, de que no hay mayor excelencia que intentar conseguir el máximo beneficio personal, aunque en su inercia esa apetencia desemboque en el pisoteo de los derechos de los otros, con indiferencia a las consecuencias. A la vista está: ese apetito se convierte con demasiada frecuencia en hambre devoradora causante del infierno de la mayoría.
En ese terreno del pensamiento único, fértil para el cínico y el canalla, aparecen la impunidad como un derecho, protegido por la adhesión social a los discursos en que se apoya; la convicción de estimarse una excepción; la certidumbre de considerarse intocable por los supuestos servicios prestados al bien común y la creencia, in extremis, en el indulto o la absolución -usemos, ya puestos, terminología religiosa dada la fe de muchos de los protagonistas- como expiación de la culpa. Cómplices no les faltan, ni fuerzas tampoco, puesto que ocupan el poder.

 

 

 

Vicios privados, beneficio público

Entre dardos y aforismos Guido Ceronetti dice que a los hombres de Estado -a los que habría que añadir, digo yo, mucho político, más de un gran empresario y algún que otro hombrecillo subido al escabel de alguna jefatura de poca monta- no hay que negarles ciertos placeres privados o ciertos vicios que no salgan del recinto de la intimidad. Entiéndase vicio, sin entrar en consideraciones morales, a la percepción negativa de procurarse cierto placer o a la obtención de una satisfacción considerada inconfesable.
El vicio, según Ceronetti, sería un acicate del poder. En la Inglaterra del XVIII se consideraba que los vicios privados de la aristocracia contribuían a la felicidad pública.
Deduzco de este razonamiento, no tan descabellado, que la pasión dedicada a goces secretos, no sólo mermarían las tentaciones de obtener satisfacciones propias a cuenta de lo público, sino que en buena parte dejaría libre de viscosidades personales la gestión de los asuntos de Estado. Hay que decir que el deleite oculto requiere su tiempo y entraña una fijación a un objeto para intentar compensar determinadas carencias, soslayando de ese modo la búsqueda de otros cauces diferentes.
Los virtuosos, a base de reprimir sus satisfacciones, no sólo logran torturarse a sí mismos sino que siempre se las apañan para conseguir martirizar a los demás y, cuando son poderosos, la crueldad, que es otra forma de satisfacción, se les escapa por todos los orificios del cuerpo. Concentrados en su virtuosismo permanecen mudos, ciegos y sordos. Los otros dejan de existir una vez convertidos en datos estadísticos.
Los atractivos del poder han cambiado, señala el polifacético autor italiano. Se han multiplicado los placeres para timoratos, bajo la forma breve y narcisista del gozo de efímeros objetos consumo.
Debilitado el vicio, el mayor peligro para el hombre público, es la fuerte atracción que sobre él ejerce el dinero, a lo que Ceronetti no considera placer ni vicio sino “una enfermedad repugnante”. En cuanto al dinero, dice furibundo, “hay que ser despiadados al controlar a los hombres públicos; hay que destituirlos, o meterlos en la cárcel, o mandarlos al patíbulo si son avaros.”
Patíbulos aparte, a falta de escondidas pasiones sobre las que volcar las exigencias pulsionales más irreductibles, el material humano del que habla Ceronetti se mueve en el registro de las relaciones especulares, en virtud de las cuales cada quien se piensa con derecho a gozar de lo que goza el otro, tendencia que implica el intercambio de prebendas en un sentido horizontal, es decir entre pares. Los semejantes de los hombres de Estado son los amos de los grandes emporios económicos, entre quienes se produce un comercio de recíprocos favores, engrasadas puertas giratorias, amnistías fiscales y generosas compensaciones económicas a los grandes grupos de presión. Ingredientes todos de corrupción y crisis.
Escribía Jules Renard en su Diario que siendo la política la dedicación más alta, los políticos habían logrado convertirla en la más baja. Suceso harto improbable sin la complacencia del discurso social.
Que ahora aparezca el término casta no es casual y si tanto ofende, tanto agravia y tanta oposición despierta es porque apunta al corazón de una verdad: la posición cínica y de privilegio a la que no se renuncia, aún a costa de que la gran mayoría pague lo que tenga que pagar.

 

Voto peregrino

En su trasiego viajero dedicado a la investigación de la condición y naturaleza humanas, Mr. Pickwick tuvo ocasión de observar la contienda electoral de una de las ciudades a las que lo llevó su curiosidad. Dejó debida cuenta de sus impresiones en los documentos redactados para su Club.
Según sus informes los candidatos rivales que optaban a obtener representación parlamentaria carecían de cualquier aspecto en común, salvo las palabras referidas a su electorado. Los votantes propios eran los más instruidos, sabios, generosos e independientes; los electores del adversario eran, por el contrario, sospechosos de “ciertas debilidades embrutecidas y cerdescas” que los desorientaban a la hora de otorgar su voto. 
Ambos prometían que “la industria, las manufacturas, el comercio y la prosperidad” serían su principal objetivo en este mundo. Del mismo modo aseguraban que en todo momento estarían al servicio de la comunidad, luchando por todo aquello que se les requiriera.
Al leer las caracterizaciones y las apreciaciones que hiciera Dickens, a través de su señor Pickwick sobre los políticos y la forma de hacer política de la época, no se encuentra distancia alguna con el momento actual. El arquetipo resiste sin problemas.
Mr. Pickwick podría levantar igual acta de la presente cotidianeidad: vuelven las pesadas y desprestigiadas repeticiones de siempre.
Reaparecen las consignas ensordecedoras que convocan la respuesta de la masa principal. Interesa fabricar masa, convertir las individualidades en masa, porque la masa hipnotiza, impide pensar, arrastra y aclama.
Por eso se ven los mismos lemas de otras veces y se agitan los mismos miedos. Nada cambia. Se oyen las mismas ideas, cuando se requiere que sean diferentes. Se escuchan las mismas voces, cuando se necesita que sean otras. Cada cual con sus gesticulaciones y sus tics; cada uno con su tos de casa, con un guión aprendido, pero no encarnado. Remachan, ahora, la importancia vital de tu participación.
A pesar de que en tantas ocasiones te lo hayan dejado hecho un guiñapo, tu voto -no tú- adquiere durante unos días una importancia crucial. Apelan a la responsabilidad de su uso aunque apenas existe correspondencia en la responsabilidad con que lo administran. 
El palabrerío presente no logra borrar una realidad que ha  reducido tu voto a la mercadería que usa el señorío económico y político para mantener su dominio, y al que durante la campaña electoral le dan el brillo de un preciado bien.  Conforme se acercan las elecciones su valor sube sin parar. Si fueran acciones y jugaras en bolsa sería el momento de venderlas.
El alza de ese voto, que cotiza brevemente en tiempo electoral, conlleva una depreciación programada con un funcionamiento análogo al de los movimientos especulativos de los tiburones financieros: para lucrarse suben las acciones en el momento oportuno. Será por similitud, por contagio o por servidumbre a los verdaderos amos que se prepara, según se dice y si no se trata de una broma macabra, una gran coalición post electoral entre los principales grupos del Ibex-35 y los dos partidos mayoritarios.
Ese voto a una lista cerrada, con nombres que jamás hubieras puesto porque los conoces de sobra o bien porque los desconoces, la retórica política lo hace equivaler a tu libertad y al ejercicio de la democracia. Eso ya, por sí solo, tendría un  peso inconmensurable. Pero sabes que esa equivalencia es falsa. Las actuaciones de aquellos que establecen ese paralelismo desmienten esa afirmación. Pura propaganda de los que mandan o quieren mandar, quienes tampoco creen, íntimamente, en las palabras que te dirigen: no dejan de ser una mera declaración de intenciones que pretenden provocar un efecto de sugestión.
El voto que te piden y que puedes dar, o no dar, deja de ser tuyo en el momento en que lo depositas en una urna. En ese instante esa papeleta, que te representa anónimamente, deja de tener relación con el anhelo por el que tú la entregas. Deja de pertenecerte y su dueño será irremediablemente aquél a quien la confiaste. Poco o nada la vinculará contigo porque lo que tú le has cedido se lo apropia, lo administra a su antojo, en la sombra, sin fidelidad alguna  a las palabras que te dirigió para obtenerla.
El nuevo dueño de tu voto se vuelve sordo, ciego. Ya no puede oírte, ni verte. No te reconoce. Antes te buscaba, ahora es inaccesible. Se rodea de paredes contra las que chocan las solicitudes o reivindicaciones que te animes a dirigirle. Valga como ejemplo la opaca Comisión de Peticiones del Congreso.
Si protestas te encontrarás enfrente, dominante, al líder a quien votaste clamando que te representa y agitará el voto que le diste, tu voto, para pretender desacreditar toda palabra tuya de desacuerdo o disidencia respecto a las decisiones suyas o de su partido, a quien se debe fundamentalmente, no a ti. Con ese voto tuyo en el que se legitima quiere deslegitimarte a ti, legislar contra ti, gobernar contra ti, si es necesario. El sentido de tu voto, usurpado, puede llegar a perjudicarte a ti, o a tu mujer, tu marido, tu hijo, tu hija, tu padre, tu amigo.
Como no creen en tu libertad de expresión, pretenden reducir tu palabra a ese trozo de papel impreso con el que votas cada cuatro años. Esa es tu constreñida libertad de expresión: con tu voto te quieren silenciar.
La urna en que  depositas tu voto se convierte en su ataúd, allí fenece. Por eso, su degradación y la perversión de la democracia. De ahí, que se haya vuelto un voto escéptico, un voto peregrino -viajero, extranjero, errabundo-  a la búsqueda de un destino digno -con ideas, deseos y empujes distintos- que no sea, de ninguna manera, el regalo de la abstención a los señores o señoras que se alternan en el poder, en muchos de los cuales el espíritu observador de Mr. Pickwick advertiría, seguramente, innegables intenciones cerdescas.

Remedios letales

Leo en Antonio Gamoneda un aforismo de Cioran: “Los hombres son tan estúpidos que, en vez de morir de sus males, eligen morir de sus remedios”. La cita bien podría servir de exergo en cualquier compendio sobre la historia de la humanidad. El hombre cada vez que quiere evitar sus más complejos problemas, sean particulares o generales, suele precipitarse sobre ellos.
Hay quien, ante situaciones complicadas, experimenta algo así como una llamarada interior que le lleva a pensar, incluso a decir, que se crece ante las dificultades; idea a la que se puede temer: el despeñamiento, propio o ajeno, está próximo.
En consonancia con una lógica de apariencia fatalista cada sujeto provoca lo que quiere evitar: existe constatación clínica de esta repetición. Los más temidos fantasmas son los que inevitablemente se convocan y hacia los que cada cual, sin remisión, se tira de cabeza.
La estupidez humana a la que se refiere Cioran alcanza tal grado de perfección que si una persona permanece atada a una máquina que mantiene su vida artificialmente y pretende desengancharse de ese artefacto que le resulta infernal, se convierte en un sujeto subversivo que atenta contra la ley.
Con la crisis económica a la que nos han condenado sucede algo parecido. Nos mantienen atados a un aparato financiero que sostiene nuestra existencia en estado de mórbida latencia a base de pócimas que ni nos curan ni nos matan. No en vano tomaron nuestros gobernantes la metáfora del órgano enfermo: contrajimos una enfermedad, eso decían, descubrieron los primeros síntomas, en eso insistían, hicieron el diagnóstico y sin pronóstico nos aplicaron sine die un tratamiento semi letal.
Nos dicen ahora que se ve la luz al final del túnel, será para los escogidos aunque seamos muchos los llamados, porque más que un túnel esto se asemeja a una oscura sima sin fondo.
Recalcan incansables, con las elecciones en el horizonte, que la macroeconomía va bien -es decir que los ricos son más ricos y los bancos más bancos, más grandes, más saneados- y que eso se notará pronto en la microeconomía, es decir, en el bolsillo de las personas, en la subsistencia, en la vida diaria. Primero los de arriba, luego los de abajo: según el principio cínico del funcionamiento contemporáneo, pues todos se habían creído el espejismo de estar arriba.
Esta máxima definitoria que rescata Gamoneda habría que reenviársela a los agentes del FMI, a los apoderados de la troika y a los gobiernos que nos gobiernan, con una nota adjunta: no es creíble que para salir de la crisis económica nos tengan que arruinar aún más, que para no quedarnos sin recursos económicos nos priven de ellos, que para no perder más puestos de trabajo los destruyan, que para tener mejor sanidad pública la privaticen y que para promover la igualdad en educación quiten las ayudas a quienes las necesitan.
Pero seguramente, avezados como son, ya conozcan esa acertada sentencia de Cioran, quien un mal día posiblemente la soplara a un oído tirano, que la conservó y la transmitió, en los tiempos en que el escritor rumano anduvo enfangado en aquella ola asesina que asoló Europa y de la que más tarde renegó.
Añade Gamoneda que esa estupidez es acorde con un mundo que confunde felicidad con mercado. Es el ardid del discurso capitalista: hacer creer que la felicidad existe y que, además, es una sustancia, un producto. Una manufactura que pasó de brote verde a luminaria de final del túnel. Luminaria tan cegadora para su entusiasmada clientela que, los mandamases de distintos partidos, tienen el impudor de colocar en sus listas electorales a políticos corruptos o sospechosos de serlo, convencidos que estúpidamente serán votados.

 

El trepa: breve galería cínica

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Ahora que Rajoy y Gallardón definen motu propio lo que es moderno y progresista y Anguita lo que es anticuado y retrógrado, sería de agradecer que algunos especialistas de la lengua echaran una mano a estos habituales destructores del lenguaje reconvertidos, de golpe, en inesperados peritos del mismo.
Hace ya tiempo que el Presidente, en las exploraciones lingüísticas en las que le adentra su oratoria, nos enseñó a distinguir las abstrusas categorías de lo bueno y lo malo. Ha depurado un sistema binario de opuestos, clásico ya en su retórica, con el que explica muchas de sus decisiones: lo bueno es bueno y lo malo es malo.
Como el uso del lenguaje es irremediable, cada cual se las compone con él como puede. Los políticos dan la impresión que se las arreglan de mala gana, debido a la tendencia de la lengua a desobedecer y dejar al propietario de la hendidura oral en evidencia en el momento más inoportuno, haciéndole decir lo que la boca intenta mantener silenciado. De ahí la inclinación del sector al mutismo, la elipsis, el plasma o al prefabricado lenguaje de madera.
A éste último, quién lo iba a decir, hay que agradecerle que existan palabras que se hayan apeado del discurso común, quedando libres de distorsión. En la medida en que triunfó la idea aberrante de que todos los políticos son iguales, algunos apelativos perdieron su vigor.
Un término, por ejemplo, que nunca hubiera debido perder su asiduidad es el adjetivo reaccionario, debido a la muchedumbre acreedora de él.
Otro término que tuvo su tiempo de gloria fue el sustantivo trepa. “Acción y efecto de trepar. Arribista”, según definición del María Moliner, donde si continuas leyendo encuentras: “Subir de categoría o posición social, económica, etc., una persona ambiciosa y poco escrupulosa en los medios que emplea para ello.”
Aquí por su actualidad, surge, obnubilando otras significaciones, la representación del corrupto y el delincuente económico, en cuyo caso la denominación se nos vuelve benigna, blanda, insuficiente. Para este material humano calzan bastante mejor los sustantivos pillaje, canalla o simplemente la expresión crimen organizado. Siendo España, dice Saviano, el paraíso europeo de todos ellos.
Pero no es esa mi dirección y sigo al trepa que me indica el Moliner.
Hubo una época (final de los 70, mediados de los 80) en que la figura del trepa adquirió un fuerte impulso al abrigo de la creación de los muy numerosos dispositivos políticos y sociales. Su hechura despertó, al menos en medios profesionales, un fuerte rechazo que funcionaba como contención. En aquel tiempo el trepa tenía que tomarse el trabajo de disfrazar sus motivaciones espurias.
Con los cambios sociales sobrevenidos y con la consolidación de la moral cínica en la que vivimos, el trepa logró eludir la mala opinión ajena al quedar instituida en aspiración legítima su apetito obsceno. Ya se sabe: la libertad democrática ha quedado confundida con el derecho al impudor y a al menoscabo ético.
El trepa -a diferenciar de aquel que por sus propios méritos y lícitos deseos logró llegar o aproximarse honradamente allí donde se propuso- campa hoy por sus respetos.
Su marco idóneo se lo facilita el manoseo del patrimonio público como feudo privado, en un formato que oscila de pequeño cortijo a gigantesco silo de corruptos.
La democracia se ha convertido descaradamente en una ficción. Ha devenido en un sistema de apariencias y formas en el que la máscara ha perdido su función de ocultar. Cuando eso sucede, cuando el disfraz se desbarata y enseña impasible la villanía y la sordidez que escondía detrás, se presenta uno de los lados siniestros de la existencia: como muestra basta comprobar la pandemia de licántropos que sufre la humanidad, que inexplicablemente permanece inerme.
En este entorno el trepa político florece: alimenta sus ansias de poder, maneja normas y leyes en su beneficio y busca prebendas vitalicias. Organiza su propio séquito con sus debidas sinecuras, en las que emerge otro tipo de arribista: el trepa de envoltura técnica. El profesional bisagra entre lo técnico y lo político. Esferas de imposible y pretendida fusión, que no de compleja articulación. El sometimiento de su criterio profesional al mandato político lo despoja de su autoridad científica que queda degradada en autoridad jerárquica, de la cual abusa para compensar la pérdida de su oficio. En ese acto queda entronizado como trepa.
Una vez abandonado su verdadero valor -su formación técnica- irrumpe su cobardía, que se pasea entre la servidumbre que presta a quien tiene instituido como amo y el despotismo que ejerce con aquellos que, en su imaginario, sitúa como sus administrados, de quienes suele ignorar sus derechos a la par que, cual Oblomov, desplaza hacia ellos sus propias obligaciones.
Le disgustan las quejas, se muestra optimista, oculta sus incertidumbres, agita el miedo y la inestabilidad laboral. Dado que su principal objetivo es conservar su puesto se apoya en la dictadura de la rentabilidad estadística. Vende la idea de que las soluciones a problemas esenciales no se producirían sin su eficaz gestión profesional, adueñándose así del mérito ajeno.
De tan rico perfil no se puede olvidar el halago. Su narcisismo se nutre de la adulación y gusta prodigarla en sentido ascendente. Pero el trepa, político o técnico, se pierde en la nebulosa región de las palabras lisonjeras servidas a granel y desconoce que el lenguaje puede ser el brillante vehículo de verdades veladas para el profano.
Si quienes habitan en los distintos estratos que ascienden hacia la cúspide jerárquica se vuelven sordos por la vanidad, no podrán escuchar el verdadero pensamiento que, en realidad, esconde las palabras del que les halaga. Tal vez no quieran saberlo.

11-M. Atocha. Un recuerdo

11 de marzo de 2004. Alrededor de las 7,30 de la mañana. Contrariamente a mi costumbre ese día tomo un autobús para ir al trabajo. Parada Glorieta de Carlos V, frente a la estación de Atocha. Al acercarme a mi punto de destino algo anormal sucede: gente asomada a las ventanas y balcones de sus casas, de golpe mucha neblina que no era sino humo y en la explanada de Atocha una multitud.
El primer pensamiento fue que la estación había sido desalojada por una amenaza de bomba.
7,50. Me bajo del autobús ante del Ministerio de Agricultura. Veo gente muy pálida, mujeres jóvenes se abrazan llorando, cientos o tal vez miles de personas desorientadas, muchas hablando por los móviles.
Me entero que una bomba ha estallado en un vagón de cercanías, que hay muertos y heridos. La angustia me da una sacudida. Diariamente sobre esa hora alguien de mi familia pasa en su metro por allí. La localizo, su tren está detenido en una estación anterior, aún no sabía nada del atentado.
Todavía se desconocía la magnitud del mismo. Lo peor está por llegar. Atocha, puerta de entrada a Madrid, se había convertido en la puerta del infierno.
A media mañana un caótico ejército de médicos forenses, psicólogos, psiquiatras, policía científica, trabajadores sociales, enfermeros…, de los servicios públicos, son concentrados en un pabellón habilitado en el IFEMA. Como profesional de la salud mental ese tumulto me traslada hasta allí y me convirtió, como a tantos otros, en testigo de intensos momentos de dolor, de desesperación y de angustia de familias enteras, de padres buscando a sus hijos, de un marido buscando a su mujer, de algún hijo buscando a sus padres.
No había palabras. En medio de la mudez cada cual buscaba una fórmula, una expresión que te permitiera anunciar una desaparición o una muerte. Cometido que se nos encomendó. Escuché, y recuerdo, el llanto silencioso, digno, de un padre, hombre mayor, rodeado de hijos, al enterarse de la muerte de una de sus hijas.
Me quedo con eso y con algunos otros testimonios de aquellos días.
Inmediatamente apareció la instrumentalización política del atentado y la basura mediática manipuladora que no tuvo en cuenta el horror y un sufrimiento que tenía rostros, nombres e historias personales, entorpeciendo y dañando el largo tiempo de duelo que requería la conmoción del universo simbólico y subjetivo de cada uno de ellos.
Me quedo, pues, con el recuerdo, no libre de emoción, de aquellas personas cuyas vidas fueron truncadas para siempre, sin poder olvidar la ofensa y la infamia sobreañadidas de que fueron objeto.

De junglas y alimañas

wislawaszymborska
El zopilote es un buitre negro, un carroñero que encuentra su comida gracias a una vista aguda que, cuando no le alcanza para ver la carroña, se limita a seguir a otros congéneres, cuyo sentido del olfato les permite encontrar alimento, y que luego les disputará. Dice Wislawa Szymborska que el zopilote carece de culpa.
Hemos descubierto que el zopilote, además, es un fondo de inversión libre que invierte en la deuda pública de una entidad debilitada o en bancarrota, generalmente países a los que previamente ha arruinado con la complicidad de los gobernantes de turno que igualmente disfrutan del festín.
La pantera negra es un cazador con especial habilidad para trepar. Acecha a sus víctimas desde la espesura de la jungla. Según Wislawa no tiene escrúpulos.
Estos últimos años su población se ha extendido por Europa y sus instituciones, especialmente por la Selva Negra, desde donde domina al resto de los animales del continente.
La piraña es un pez carnívoro, voraz, agresivo. Si pasa hambre se come a sus semejantes más débiles. El bicho no duda, afirma Szymborska, de la rectitud de sus acciones.
En estos tiempos ha adoptado la forma de gran directivo bancario, gánster en realidad, que ha usado las sucursales bancarias para quedarse con los ahorros de toda la vida de cualquier mortal que cruzase el umbral de las mismas. Alterna su apariencia con la del estafador de la política que chupa la sangre a todo aquel que le rodea, salvo a los suyos.
La serpiente de cascabel es la más venenosa de las serpientes. Su apariencia tranquila es falsa, puede atacar rápidamente. Sin titubeos, Wislawa Szymborska, afirma que esta peligrosa víbora se aprueba a sí misma sin ningún tipo de reservas.
Rivalizan con ella la lengua de algunos gacetilleros y habladores de los medios, cuya locuacidad funciona como una sustancia con la que pretenden anestesiar cerebros, voluntades y espíritus.
No les quedan a la zaga algunos jerarcas eclesiásticos que encarnan lo contrario de lo que pregonan: inoculan odio con la pócima de un verbo oscuro y amenazante.
El chacal es un depredador de costumbres nocturnas. Es ladrón y aprovecha la comida de otros animales cazadores. A Wislawa no le extraña que sea incapaz de autocrítica.
En la actualidad se muestra opaco, embaucador y traicionero. Engaña a todo el que se le acerca, sólo se tiene lealtad a sí mismo y únicamente le interesa el lugar donde coloca sus garras.
La langosta forma parte de la maldición bíblica. El lagarto es camaleónico y capaz de automutilarse para escapar del peligro. La triquina es un parásito. El tábano es un insecto de picadura dolorosa. Todos ellos, prosigue Szymborska, viven como viven y se alegran por ello.
Son como aquellos que nos esquilman y se ríen con autocomplacencia, por lo que también se asemejan a las hienas.
La ballena asesina es un superdepredador que se mueve por todos los océanos del mundo. Su enorme corazón, dice Wislawa Szymborska, es más bien liviano a pesar de su enorme peso.
Si pudiera se comería a todos los anteriores, pero entonces se quedaría sola y sin servicio.
Wislawa Szymborska quiso dedicarles un afilado poema, que no excluye al más sosegado ser humano:

El zopilote no tiene nada de qué culparse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
Las pirañas no dudan de la rectitud de sus acciones.
La serpiente de cascabel se da a sí misma aprobación sin reservas.

No existe un chacal auto-crítico.
La langosta, el lagarto, la triquina, el tábano
viven como viven y se alegran por ello.

El corazón de una ballena asesina pesa cien kilos
pero aparte de eso es más bien liviano.

No hay nada más animal
que una conciencia tranquila
en el tercer planeta a partir del Sol.