Una visita al Reina Sofía
Publicado por Francisco Cervilla - 22/01/10 a las 09:01:07 pm
La lectura de un comentario de Estrella de Diego sobre una exposición que había visitado en el Reina Sofía, despertó mi curiosidad e interés por la obra expuesta. Hasta allí me desplacé el pasado domingo y, cosa inhabitual, pude disfrutar de un recorrido tranquilo, así como tomarme el tiempo suficiente para apreciar las obras que más llamaban mi atención.
Desde hace años visitar un museo o una sala de exposiciones requiere grandes dosis de paciencia, cuando no cierto grado de masoquismo. El arte, y la cultura en general, ha entrado en el circuito del consumo de masas, ese agujero negro que todo se lo traga. Y se da la paradoja de que sacar esa actividad humana de los reductos elitistas en los que se encontraba, para acercarla a la mayor parte de la sociedad, produce su quiebra. Contradicciones del sistema.
El éxito actual de los museos contiene el germen de su fracaso, pues las grandes aglomeraciones impiden contemplar sosegadamente la obra que mas te atraiga o te atrape, ya que la atención está puesta en otro lugar, en esquivar al vecino, en buscar un buen sitio para mirar o en evitar la cabeza o cuerpo (en ese momento bulto para ti) que te impide una vista completa de la pieza que intentas admirar, y la mirada, por tanto, se desplaza irritada del objeto maravilloso hacia la persona cuya presencia quisieras borrar, como si uno mismo no estuviera también incordiando con la suya propia al prójimo.
Pero no es el caso. Ajenas a la multitud de la Thyssen, el Prado, el propio Reina Sofía, o la recién inaugurada exposición sobre el Impresionismo de la Fundación Mapfre, ajenas, decía, a todo ese barullo, varias salas de la planta cuarta del Reina Sofía acogen las espléndidas obras de los artistas León Ferrari y Mira Schendel, procedentes del Moma de Nueva York.
La muestra reúne a dos creadores contemporáneos que nunca colaboraron entre sí y que exploraron, sin embargo, terrenos comunes: la confluencia entre las artes plásticas y la escritura, cuyo resultado es, en una parte de la obra expuesta y que fue la que mayor impresión me produjo, la sustitución del dibujo por el lenguaje escrito.
Mira Schendel entre la opacidad de los colores de sus telas -que evocan íntimos desiertos- y la claridad de su obra con nylon, ofrece su dilatada exploración del lenguaje y la letra.
León Ferrari asombra con sus cuadros de escrituras pintadas, de imposible lectura algunos, como Carta a un general -qué escribir o cómo hacerlo a un general de omnímodo poder- o el imponente Cuadro escrito, considerado su obra maestra, en el que despliega su discurso explícito de protesta, lleno de ironía, de escritura apretada, con líneas y letras que buscan la forma.
Divierte la notable paráfrasis sobre Noé, Relecturas de la Biblia, culminada con una sobrecogedora frase: y nada puede hacer Dios contra la vida, que me recuerda aquello que escribió ese otro iconoclasta, Fernando Vallejo, en una de sus dolidas obras: los hombres somos una pesadilla de Dios, que es loco.
Crítico con el poder, en su producción mezcla política, religión y fanatismo para indagar las raíces de la violencia, la intolerancia y la crueldad humanas. En ese sentido impresionan los collages de su serie La civilización occidental y cristiana, en los que señala las contradicciones de la cultura y la moral de Occidente. Consigue hacer del arte una herramienta de denuncia contra la opresión del hombre, de ahí que alterne su creación abstracta con realidades concretas en las que puede manifestar con toda claridad su pensamiento.
Una exposición sorprendente de un artista extraordinario.
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