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De Nuria (1932) a Miravet (2006), pasando por Sau (1979): Cataluña bordea la secesión (1) / José María Sánchez Romera

Este artículo fue publicado el Viernes, 9 de agosto de 2019.
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    El desastre de 1.898 abrió definitivamente las puertas de la historia a los recién nacidos nacionalismos hispánicos, el vasco y el catalán, en su pretensión de separarse de España. La pérdida de los últimos vestigios coloniales marcó un punto de inflexión en nuestra historia que generó un intenso debate intelectual, dio lugar al nacimiento de la generación del 98, que pretendió explicarse qué había pasado. Con escasa perspectiva histórica, con un exceso de peso del presente sobre el pasado, un grupo de intelectuales de la época concluyó que España había sido una especie de error en sí misma, una concepción deforme que había conducido al colapso total. Una idea tan elemental como que no podía haberse perdido tanto de no haber sido antes un inmenso imperio, no encontró hueco en las disgresiones noventayochistas. Ningún imperio ha sido eterno y basta solo recordar la admiración por los logros de Roma para comprender la absurda cicatería con que algunos españoles de notable trayectoria intelectual han valorado y valorannuestra historia.

En Cataluña un nacionalismo de contenido básicamente económico va evolucionando hacia un nacionalismo político identitario donde España ya no sólo sirve de mercado cautivo al que sojuzgar imponiendo aranceles elevadísimos a los productos que vienen de fuera para evitar la competencia con la producción catalana (textil sobre todo). El nacionalismo de finales del XIX y principios del XX promueve ya la existencia de instituciones propias para tomar decisiones políticas en su territorio marcando rumbos distintos a los del resto de España.Prat de la Riba, Maciá, Cambó, Companys, con distintas identidades e intensidades,impulsaron esa nueva concepción política de Cataluña al margen de España. Así, en poco más de treinta años, se había creado “el problema catalán” como si de algo secular se tratara y a la primera oportunidad, con el advenimiento de la Segunda República, convirtieron su apoyo al nuevo régimen en la ocasión perfecta para que se aprobara el Estatuto de autonomía, llamado de Nuria. Pese a lo que pudiera parecer, la norma autonómica fue objeto de fuertes debates en el Congreso de los Diputados, en la Segunda República no había Senado, y finalmente se aprobó el 29 de septiembre de 1932 y estuvo en vigor hasta el 5 de abril de 1.938.

Con la instauración de la democracia, se restableció la Generalidad encarnada por el histórico dirigente Josep Tarradellas, otrora dirigente radical de Esquerra Republicana, pero al que los años habían convertido en persona dialogante y equilibrada que llegó a entender que los maximalismos traen conflictos que a nadie benefician y que el nacionalismo es el germen de muchas guerras como Europa pudo constatar en los años 40. En parecidas circunstancias que las de los años 30, la recién nacida democracia española en los finales de los 70, decide abordar la solución del “problema catalán”, básicamente concebido por el nacionalismo como la negación histórica por parte del “centralismo castellano” de la identidad catalana. Una identidad sustentada por una lengua propia y unas instituciones que deberían llevar aparejadas importantes esferas de decisión propia en el ámbito de la región catalana, concebida por el nacionalismo más o menos independentista, como una nación, más allá de concretar con el “Estado Español” su articulación con el mismo. No hace falta decir que tal articulación desde la perspectiva nacionalista debía ser lo más desarticulada que se pudiera lograr.Así las cosas, las Cortes Españolas aprueban el Estatuto de Autonomía, llamado de Sau, el 12 de diciembre de 1.979,luego reformado por el Estatuto de Miravet en 2.006. La supresión por el Tribunal Constitucional de unos cuantos artículos de esta reforma estatutaria sirvió como decorado que justificaba la desafección de Cataluña hacia España.De todo lo anulado por el Tribunal Constitucional el punto caliente fue que no aceptó un poder judicial independiente para Cataluña que era, además de inconstitucional, tanto como conceder de hecho y de derecho la impunidad legal al nacionalismo. No era otra cosa lo que se buscaba y de no ser por esa razón, a qué venía tanto agravio. Cómo una mayoría de las Cortes Española aprobó semejante dislate sería tema de otra reflexión.

DE NURIA (1932) A MIRAVET (2006), PASANDO POR SAU (1979): CATALUÑA BORDEA LA SECESIÓN (y 2)

Lo acaecido en fechas recientes ya resulta más “familiar” por actual y todos conocemos más o menos los pormenores de los sucesivos avatares que el proceso secesionista catalán ha sufrido. Lo más paradójico es que el asunto catalán se ha convertido en una cuestión ideológica que divide a derechas e izquierdas españolas, análisis que debe hacerse en torno a cuestiones de alianzas de poder más que otra cosa, pero que pone en la tesitura a algunos de explicarnos cómo se cabalga sobre un tigre, cosa que no aclaran porque sencillamente no pueden. Pero lo trascendental es cómo se ha planteado la cuestión desde la órbita nacionalista, devenida ya en independentista de forma abierta. Según exponen su postura, la legalidad constitucional y la realidad histórica de la que la Constitución Española procede debe ser superada por una nueva legalidad nacida de una voluntad constituyente del pueblo catalán, el cual como ente soberano debe decidir cómo el territorio que conforman las cuatro provincias se relaciona con el resto de España, con el Estado Español según su terminología. ¿Qué mayor demostración, dicen, de democracia que permitir a la gente que se exprese en tal sentido?.Algunos dicen que no ceder al menos en parte ante ello da alas al separatismo. Estas cuestiones contienen todas falacias que no conviene pasar por alto.

El primer lugar,desde un perspectiva jurídica, el territorio que conforman las cuatro provincias catalanas es de soberanía de España, no es territorio ocupado, no es una colonia (no existe por tanto ningún derecho legal de autodeterminación) y sus habitantes son catalanes en tanto que españoles y como tales pueden residir en una parte u otra del territorio nacional sin que su transitoria vecindad catalana entrañe ningún tipo de permanencia obligada o de origen. Ello significa que esa voluntad constituyente puede alterarse de forma continua porque los catalanes como españoles son libres y gozan del derecho de cambiar su residencia a otro lugar de España sin otro requisito que su propia voluntad.

En segundo lugar, el planteamiento esconde otra grave distorsión de la verdad que tiene que ver precisamente con la democracia. Cataluña no es el independentismo ni son los independentistas. El planteamiento nacionalista nace de usurpar la representación de todos los catalanes por una parte de los mismos. Cataluña tiene más de siete millones de habitantes y dos millones votan al independentismo, los cinco millones restantes desaparecen de la contemplación democrática de los secesionistas tal y como si literalmente no existieran.

En tercer lugar lo que significó el Estatuto como esfuerzo colectivo de entendimiento y empatía hacia quienes deseaban ver reconocidos sus postulados. Una de las trampas dialécticas del nacionalismo es esa de que nada malo hay en hablar, que el diálogo es lo bueno y que ante ellos siempre se aparece la cerrazón del “Estado Español”. Pero lo que esconden esas expresiones es que sus invitaciones a dialogar siempre es para avanzar en sus objetivos nacionalistas, por supuesto nunca en sentido contrario y menos aún para preservar los derechos de los no separatistas como por ejemplo el de escolarizarse en castellano. Y lo que niega esa insatisfecha pulsión dialogante del nacionalismo es que tal diálogo ya se produjo y se llamó Estatuto, donde unos comprendían los aspectos genuinos de Cataluña y otros aceptaban la realidad histórica y legal de esa parte de España. Precisamente lo que ha roto el nacionalismo ha sido el diálogo que dio lugar a un acuerdo entre españoles, en pos de la imposición del relato político de una parte.

Y cuarto y último, el secesionismo no ha crecido hasta el 47 o el 48% a causa de negarle al nacionalismo sus postulados. Han sido éstos al no ver colmadas sus aspiraciones políticas quienes han arrastrado a sus bases y votantes hacia el independentismo. En Cataluña se ha seguido votando más o menos como antes, la cuestión es que quienes representan esos votos los usan para la causa secesionista en beneficio de sus objetivos políticos que no representan desde luego a la mayoría de los catalanes. Y cuando gobiernan, a la vista está, no lo hacen para todos los catalanes sino para los separatistas. ¿Es posible creer que si llegaran a tener todos los resortes del poder iban a respetar a los disidentes?. ¿Es posible creer que en el escenario de una Cataluña independiente, el secesionismo iba a permitir un referéndum para volver a la unión con España?. Hasta la mayor de las ingenuidades tiene sus límites.

Sostenidos por tales argumentos, los líderes independentistas llegaron al famoso “procés” que culminaron en las disparatadas jornadas que se vivieron en los meses de septiembre y octubre de 2.017. Las contravenciones de la ley, la exaltación del victimismo y una sentimentalización casi pueril nos han llevado tanto a los españoles residentes en Cataluña como al resto, a una situación enquistada y por ello absurda por no reconocer su fracaso. Lejos de ver las consecuencias nefastas, y especialmente para los catalanes, que han tenido estos acontecimientos, se renueva el desafío a la legalidad y a la historia. La astracanada de Prat de Molló, desde donde Maciá planeó invadir España en 1.926 para declarar la independencia de Cataluña, tuvo al menos un espíritu épico, aunque no por ello dejó de ser ridículo. Pero el espectáculo de unos dirigentes promoviendo la secesión mientras recaban de modo incesante el sostén económico del Estado que quieren demolercon el objetivo de mantener la tensión separatista, a fuer de cínico,es más grotesco aún que lo de Maciá.

La unión es un bien moral que trae además ventajas materiales para todos. No se puede relativizar algo que concierne al conjunto de los españoles en el plano humano y económico. Los lazos afectivos se verían sustituidos por prejuicios y la libertad de movimiento de personas y bienes por fronteras y aranceles. El idioma común que hermana a las personas por la discriminación lingüística. La libertad científica y cultural por el adoctrinamiento y la manipulación intelectual. Urgen estadistas, sobran trapisondas.

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4 comentarios a esta noticia

  1. esenciadel68 dice:

    9 agosto, 2019 a las 23:26

    Magnifico artículo ..

  2. James dice:

    11 agosto, 2019 a las 8:25

    Excelente artículo que prestigia a Costa Digital

  3. Marla dice:

    11 agosto, 2019 a las 14:13

    Un artículo lleno de obviedad, carente de análisis que ofrezca alguna nueva perspectiva.

  4. manolo ng dice:

    15 agosto, 2019 a las 15:55

    que buen articulo planteado.
    que buen candidato se perdio el pp. TRINI no le llega ni a la suela de los zapatos.

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