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Costa Digital

Felicia Hall
(La mirada del otro) / Tomás Hernández

Este artículo fue publicado el Lunes, 4 de julio de 2016.
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De eso trata este libro de Felicia Hall. De cómo somos percibidos en nuestro vivir cotidiano por un observador que habla otra lengua, ha crecido en un país lejano y ha vivido en otras tradiciones y costumbres. Cómo de extrañas y desconcertantes pueden resultar nuestras maneras de convivencia para esa mirada igualmente ajena para nosotros.

    “Se fue el moral” cuenta dos historias; la de Felicia, Andrew y su familia y la de quienes en este rincón, único, acabaron siendo sus amigos y su otra familia española. Esta primera historia, la de Felicia, la vamos conociendo por las cartas que la madre escribe a sus hijos. ninguna lleva fecha. No es necesario; esas cartas son sólo un recurso para introducir la segunda historia, la de las personas que vivían aquí cuando Felicia y Andrew llegaron y las  que fueron conociendo después, año a año.
    Así una breve carta o capítulo puede servir para hablar, por ejemplo, del rígido ritual del luto en La Herradura  y en la España de aquellos años.

    “Querida familia: ¿Recordáis cuando llegamos a España y veíamos a muchas señoras de luto? Era el año 1969. Las señoras llevaban pañuelos negros, vestidos negros, jerséis negros, y media negras, y los hombres una corbata negra y un brazalete negro”.

    Ese recurso, inventar un observador extraño que se sorprende con las cosas que a los nativos les parecen naturales y cotidianas, lo usaron antes, entre otros,  Monstesquieu que coloca a un persa despistado en la agitada vida social del París del XVIII. En España lo imitó el coronel Cadalso, que murió en el cerco de Gibraltar e imaginó a un vecino de Marruecos paseando por aquella España que se debatía entre la Ilustración y el fervor apasionado por aquel rey desilustrado y traidor que fue Fernando VII. El persa de Montequieu y el marroquí de Cadalso escriben cartas, llenas de extrañeza y asombro, a sus familiares y amigos. Como Felicia, sólo que Felicia es real, es nuestra amiga y vuelca su corazón en este libro. Felicia no critica, intenta comprender a las personas mientras se marravilla cada día, lo sigue haciendo, de la belleza que la rodea. Lo mismo hizo Gerald Brenan, “don Gerardo”, en Las Alpujarras. A diferencia de Cadalso, Felicia Hall cede la voz a los personajes. Ellos hablan de aquella Herradura lejana y desaparecida a través de sus recuerdos o mediante testimonios directos.

    Así cuenta la llegada de la familia Hall al puerto de Málaga a finales de 1969:

    “Mi querida familia: Llegamos a España en noviembre de 1969. Desembarcamos del Cristóforo Colombo, un barco italiano en Málaga y, no sé por qué nos demorábamos y perdimos el tren hacia Madrid, en el cual habíamos pensado viajar. Papá tenía un puesto nuevo en Madrid, pero no teníamos casa.
    Desembarcamos en Málaga, madre, padre, 4 hijos, un perro, un ratón blanco mascota, 9 maletas y 5 baúles de equipaje. No hablábamos el idioma, aunque habíamos tenido algunas clases en Boston antes de embarcar y aunque habíamos estudiado, todos, con discos y un tocadiscos durante el viaje”.

    De las dos historias que se enhebran en “Se fue el moral” la que más me ha sorprendido es la primera, las cartas. No es momento este para entretenerse mucho hablando del libro, ya lo veréis cuando lo leáis, pero hay en esas cartas pasajes llenos de una belleza ingenua, “naive”, me comentó Almudena cuando leíamos el libro.

    “Hoy, en primavera, la sierra me parece verde, verde, verde.
    Hemos tenido bastante agua y el campo está lleno de flores silvestres y las colinas parecen suaves”.

    O este: “Esta tarde tenemos un cielo claro, podemos ver hasta Málaga al oeste. Por todo el horizonte hay bandas de color, bandas de oro, oro y verde, rosa y azul, oro y melocotón, encima de un perfil de sierra color morado oscuro y un mar azul oscuro. No he visto nunca antes una puesta de sol tan hermosa.
    Puede ser que la inspiración que sentía Pepe Gámez (José María Gámez) para pintar venía de haber visto una hermosura como esta”.

    Tengo subrayados bastantes pasajes como estos, pero tampoco se trata de leer aquí el libro. Pero sorprenden, ¿verdad? Felicia Hall es licenciada en filología inglesa y esa literatura está llena de escritores viajeros. Me acordaba, subrayando estos párrafos del libro, del paisano de Felicia, el poeta de Massachusetts Henry David Thoreau y su veneración por la naturaleza.

    La otra historia es la de La Herradura de hace medio siglo, desde La Punta de la Mona a Cerrogordo, desde los baños en La Caleta hasta las fiestas en los cortijos del Serbal.

    Recoge este libro las consecuencias de los dramáticos sucesos de la guerra civil, las bodas con los novios engalanados a lomos de mulas y caballos, los chambaos de entonces, las copas en El Salao, las puestas de sol, el martilleo de los motores de las mamparras que salían a pescar, los fandangos que son alegres como los verdiales malagueños, porque el arte no entiende de fronteras ni límites, y, sobre todo, están las personas muchas de las cuales acabarían siendo amigas de Felicia y Andrew, la entrañable y querida por todos, Loli Orellana; Rosa, que a todos nos acoge y nos trata tan bien en su estudio-huerto; Pepe Gámez, del que ya hemos hablado, Los Prieto Moreno, la azarosa vida de Pepe Palacios, hijo, las hermanas  Garciolo (Tere, María José, Isabel) de las que habla su madre con orgullo, modestia y admiración por sus titulaciones.

    En fin, leed el libro; os va a encantar. Os traerá recuerdos, rostros, lugares que ya no existen, tradiciones perdidas, fiestas, pero no es un libro de nostalgias, es una página bellamente escrita de la pequeña historia de un pequeño rincón que tiene la suerte de tener entre sus vecinos a Felicia Hall… y a Andrew también, por supuesto.

Tomás Hernández

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